Definiendo la neurodivergencia… y sus límites
Introducción
El regreso de tendencias ultraconservadoras alrededor del mundo ha representado un fortalecimiento de discursos capacitistas a nivel periodístico, intelectual e incluso político y médico (El Pensador Sereno, 2026; Stock, 2026). En un momento en que la representación y los esfuerzos de inclusión social de las personas discapacitadas ha incrementado su presencia en los espacios públicos y su atención médica, algunas personas en posiciones importantes ven esto como una “tendencia” de moda, una epidemia, o una señal de mala praxis médica (Amass, 2026; El Pensador Sereno, 2026a; Frith, 2026; Stock, 2026). Momentos así requieren una posición firme tanto de la comunidad científica como de los movimientos en apoyo a la discapacidad.
En este entorno, las
neurodivergencias son una de las discapacidades más atacadas en estos momentos,
en particular el espectro autista y el TDAH. Ambas están siendo señaladas por
un supuesto sobrediagnóstico que está patologizando conductas frecuentes y
normales entre otras personas (El Pensador Sereno, 2026a; Lester, 2026).
Mientras que, en el caso del espectro autista, se habla de la necesidad de
volver a los subtipos clásicos o establecer una nueva categorización (El Pensador
Sereno, 2026a; Frith, 2026), del TDAH se está incluso cuestionando su
existencia misma (Reppas, 2025; RCPsych, 2026). Esto obliga a hablar no sólo en
defensa de los diagnósticos de condiciones del neurodesarrollo, sino también de
un paradigma biopsicosocial de la neurodiversidad.
Por lo mismo, hablar de
la neurodiversidad implica tener una posición firme en torno a su definición,
las condiciones que la componen y, por supuesto, los límites de lo que se puede
considerar o no neurodiversidad. Esto es importante, pues con el apogeo de
redes sociales se han disparado el número de divulgadores sobre neurodiversidad
y, si bien en general hay un buen trabajo al respecto, también es frecuente que
algunos cometan errores a la hora de establecer una neurodivergencia, y todo lo
que implica. Debido a esto, una defensa apropiada de la neurodiversidad
requiere que tracemos unos criterios mínimos en torno a las neurodivergencias
que pueden componer esta diversidad en el desarrollo y las experiencias y
perspectivas que ofrece el cerebro humano.
¿Por qué se ha vuelto tan difícil hablar de neurodivergencia y neurodiversidad?
Imagen
tomada de Autiblog.
Las críticas en torno
al “sobrediagnóstico” y el autodiagnóstico de ciertas condiciones del
neurodesarrollo son, en parte, un reflejo del discurso reaccionario en contra
de lo que se consideran tendencias postmodernas de necesidades sociales que
permean en el discurso científico (Long, 2025; El Pensador Sereno, 2026b). Es
de notar, por ejemplo, que Katleen Stock, reconocida filósofa y activista
transexcluyente, replique el discurso del “contagio social” para explicar desde
el reconocimiento de la asexualidad hasta la presencia de mujeres
discapacitadas en el espacio público (Stock, 2026), pasando por supuesto por el
autismo. Y la verdad es que en todos los casos en que usa esta afirmación, la
evidencia que ofrece es sumamente débil o ya de plano inexistente.
Cuestión diferente son
afirmaciones de profesionales como Frith. Estos se basan en que la unión de los
diferentes subtipos de autismo dentro del diagnóstico del espectro autista (TEA)
acabó afectando la calidad de los procesos de diagnóstico, patologizando
conductas regularmente vistas entre personas neurotípicas (Amass, 2026; Frith,
2026). Nuevamente, y esto es un tanto desconcertante en particular de parte de
Frith -quien lleva años siendo una profesional del autismo-, sus temores
tienden a fundarse también sobre una incomprensión profunda de los criterios de
diagnóstico de condiciones neurodivergentes, y un rechazo a rasgos plenamente
establecidos bajo argumentos igualmente endebles. De hecho, informes
relacionados con el TEA y el TDAH han indicado que, en la actualidad, más que
excesos de diagnóstico enfrentamos un subdiagnóstico (Engelbretch, 2025;
Ahuvia et al, 2026).
Ahora, si este tipo de
discursos ignorantes hacen problemático hablar o divulgar acerca de
neurodiversidad, también existen problemas desde el propio movimiento
neurodiverso. Las luchas en torno a la inclusión de las personas discapacitadas
en espacios públicos y laborales, y los logros que se han alcanzado en estos
años, son tanto admirables como necesarias (Enna Global, 2026), y lejos de mí
está tratar de menospreciar sus logros. No obstante, al ampliar el alcance del
discurso de la neurodiversidad, no sólo ha abarcado más allá de su significado
original, sino que, al centrarse mucho en la identidad como eje, dejando de
lado el componente económico y estructural de la discriminación, ha acabado
también siendo cooptado y neutralizado en parte por la maquinaria capitalista,
por empresas que ejercen una inclusión superficial, la presencia de sesgos
capacitistas y neuronormatividad en la inclusión, el ignorar otros factores de
injusticia y discriminación, y la captura de las élites de las políticas de
identidad (Chapman, 2024; Enna Global, 2026). Es decir, una inclusión sin
cambios radicales en el modelo económico y social tenderá a toparse con los
límites de intentar desarrollar la justicia social dentro de dicho modelo.
Aparte de estos
problemas políticos, existe también la forma en que algunas personas divulgan
en torno a las neurodiversidades. A propósito de esto, hace poco hubo una
reacción por parte de defensores del “autismo profundo” como una etiqueta
válida (Nelson, 2026) a una entrevista realizada al actor Edward Norton en el
podcast Armchair Expert, donde supuestamente el famoso respaldaba dicha
etiqueta como el único diagnóstico válido de autismo. El problema es que Norton
no hizo nada remotamente parecido. Durante la conversación, el actor hizo
referencia como tal a dos aspectos que desde la propia comunidad neurodiversa
se han criticado por bastante tiempo de -por suerte sólo- algunos divulgadores
y activistas: el discurso de las neurodivergencias como condiciones con “súper
poderes”, y el hecho de usar la neurodivergencia como una excusa para todo tipo
de comportamiento, incluso algunos despreciables (Willingham, 2026).
Esto no es novedad. Por
un lado, aunque se reconoce la importancia de destacar que las personas
neurodivergentes tienen rasgos que, bajo ciertos escenarios y circunstancias,
pueden ser bastante útiles a nivel profesional y social, llamarlo “súper poder”
puede acaban invisibilizando un poco tanto las dificultades que enfrentamos día
a día, como a aquellos neurodivergentes con mayores necesidades de apoyo
(Chapman, 2024; Willingham, 2026), sin mencionar que es caer en el paradigma
capacitista de valorarnos por nuestra capacidad de integración al sistema
laboral (El Pensador Sereno, 2025a). Por el otro, las personas neurodivergentes
por lo general somos tan conscientes como cualquiera de nuestras acciones, y
podemos ser tan egoístas y crueles como un neurotípico dependiendo de nuestra
crianza y entorno (El Pensador Sereno, 2025b; Willingham, 2026); ni siquiera
aquellos con altas necesidades son imposibles de reconocer cuando hacen algo inapropiado
si se les educa y prepara bien.
Finalmente, algo que
también dificulta hablar con amplitud y precisión de la neurodiversidad es que
el TEA y el TDAH tienden a estar sobrerrepresentados o, mejor dicho, cuentan
con muchísima más difusión en redes sociales y discusiones en activismo de
neurodiversidad, de modo que la persona promedio puede llegar a creer que sólo
estas dos condiciones son neurodivergencias reconocidas. Esto no necesariamente
es culpa de los activistas como tal, sino más bien por cuestiones estadísticas
y de los algoritmos en redes sociales. Sin embargo, no deja de ser un problema
que entorpece la charla en torno a la neurodiversidad y las neurodivergencias.
Identificando una neurodivergencia
Hablar apropiadamente
de qué significa la neurodiversidad requiere, antes que todo, hablar con
propiedad de las neurodivergencias. Y este es un concepto que se puede hacer
confuso porque, mientras que algunos lo usan de una forma más específica, otros
lo aplican de un modo tan amplio que el propio concepto se puede desdibujar y decir
poco de lo que realmente es (Bellato et al, 2026). Por lo tanto, intentemos
desenredar la confusión.
Los conceptos básicos
para comprender son tres: neurotípico, neurodivergente, y neurodiversidad.
Una definición muy sencilla es que una persona neurotípica es aquella cuyo
desarrollo y funciones mentales o neurológicas son similares a lo que se
considera típico o “normal” dentro de nuestra sociedad, mientras que una neurodivergente
es aquella en la cual el mismo desarrollo y funciones difieren de esta
“normalidad” prestablecida (Whitehead-Smith, 2024; Shape Arts, 2026). Una persona
neurodivergente procesa la información y los estímulos externos en formas que
no son comunes a la mayoría de la población, lo cual es importante a tener en
cuenta cuando se intentan enmarcar dentro de los distintos modelos de discapacidad.
Cabe señalar, por supuesto, que se trata de un concepto descriptivo de origen
sociopolítico, no médico: no hay un diagnóstico de neurodivergencia, sino
muchas neurodivergencias reconocidas con diagnósticos clínicos (ReachLink,
2026).
Por su parte, neurodiversidad es un término más amplio, y por ello no tan fácil de definir. Nacido en 1994, en un artículo periodístico de Harvey Blume, pero introducido en el discurso popular por la socióloga Judy Singer, el concepto tiene al menos tres usos diferentes: el hecho fáctico de que existe una variación natural en el desarrollo neurológico, el pensamiento, el procesamiento de información y la experiencia del mundo, lo cual abarca tanto a neurodivergentes como neurotípicos; el paradigma o marco de la neurodiversidad, el cual señala que la discapacidad del individuo neurodivergente es resultado de una interacción entre sus características particulares y las condiciones del ambiente a su alrededor; y el movimiento de la neurodiversidad, es decir, el activismo político que busca mejorar los derechos y el bienestar de aquellas personas neurodivergentes (Dwyer, 2022; Shah et al, 2022; Helmond & Martensen, 2025).
Para efectos de este
ensayo, me centraré principalmente en la neurodiversidad como el primer
concepto, el que cada ser humano tiene un sistema nervioso particular con sus
capacidades y necesidades (Helmond & Martensen, 2025), a menos que deba
especificar alguno de los otros usos. Así mismo, es importante entonces no usar
neurodivergencia y neurodiversidad como si fuesen términos intercambiables,
pues es claro que abarcan cuestiones distintas, aunque relacionadas (Grant et
al, 2025). Es algo en lo que incluso divulgadores sobre el tema podemos caer.
Volviendo a la
neurodivergencia, ¿qué condiciones del neurodesarrollo son consideradas
neurodivergencias? Ese es un tema más complejo que el concepto de
neurodivergencia en sí. Típicamente, las listas no exhaustivas de
neurodivergencias incluyen, además del TEA y el TDAH, la dislexia, la
dispraxia, el síndrome de Tourette y otras discapacidades de aprendizaje como
la discalculia y la disgrafía (Beckner, 2025; HealthDirect, 2026). Una reciente
revisión sistemática encontró el término neurodivergencia asociado también a la
depresión, trastornos neurológicos de origen traumático, síndromes genéticos
como el síndrome de Down, discapacidad intelectual, trastorno bipolar,
dificultades de procesamiento sensorial, trastorno obsesivo compulsivo (TOC),
dificultades motoras, trastorno límite de personalidad (TLP), trastorno de
estrés postraumático (TEPT), y evitación de demanda patológica (EDP), entre
otras (Bellato et al, 2026).
¿Por qué se ven estas diferencias en cuanto al número de condiciones que son consideradas neurodivergencias? Bien, las discrepancias entre profesionales se deben a que se emplean tres marcos distintos de definición de neurodivergencia (no confundir con los marcos de la neurodiversidad), cada uno con diferentes criterios de demarcación, lo cual influye en lo que se reconoce como neurodivergencia: un marco estrecho, un marco moderado y un marco amplio (ReachLink, 2026). El marco estricto de la neurodivergencia la limita a aquellas condiciones clasificadas y reconocidas dentro del DSM-V, entre las cuales se encuentran el TEA, el TDAH, la dislexia, la discalculia, la dispraxia y el Tourette. Por su parte, el marco moderado de la neurodivergencia extiende la definición hacia otras condiciones que incluyen variaciones cognitivas y sensoriales, incluyendo así diferencias de procesamiento sensorial, hiperlexia y epilepsia. Finalmente, el marco amplio de la neurodivergencia lo lleva hasta condiciones de salud mental, comprendiéndolas como diferencias de base cerebral en vez de respuestas situacionales o psicológicas, lo cual incluiría el TEPT, el TOC y el trastorno bipolar.
Podemos ver, entonces,
que al hablar de neurodivergencias tenemos que considerar el marco que se está
empleando. Condiciones como el autismo, el TDAH y la dislexia son coincidentes
como neurodivergencias en los tres marcos, mientras que trastornos del ánimo
como la ansiedad generalizada o el trastorno depresivo mayor pueden ser reconocidos
en un marco más moderado o amplio, e ignorados por el marco estricto
(ReachLink, 2026). Cada uno difiere en los criterios que emplea, y tiene sus
fortalezas y debilidades, algo de lo que hablaremos después.
Parece más fácil decir
qué cosa no es una neurodivergencia, y, de hecho, en cierto modo lo es.
La neurodivergencia, claramente, no se trata sólo de ser autista o de atención
divergente, de modo que decir que una persona es neurodivergente no es sinónimo
de ninguna. Tampoco se pueden tomar rasgos de la personalidad como
neurodivergencias; si bien algunos son más frecuentes en personas
neurodivergentes, también hay gran variedad en personalidad y conducta. La
neurodivergencia tampoco es reconocerse como neurodivergente sin más, sin
tratar de buscar apoyo o consulta médica y psicológica para ampliar el
conocimiento propio (ReachLink, 2026). Y por supuesto, expandir el concepto de
neurodivergencia sin mucha precisión acaba afectando, sobre todo, a aquellos
por los cuales se construyó en primer lugar.
Errores comunes sobre el tema de la neurodiversidad
Como mencioné antes, un
problema frecuente cuando se habla de neurodiversidad y neurodivergencia es
usar ambos términos de forma intercambiable, como si fuesen equivalentes. De
manera similar a lo que ocurre cuando se intenta hablar de la discapacidad como
“capacidad diversa” -si bien el concepto de neurodiversidad es más
informativo-, esos intentos de crear una equivalencia acaban siendo
superficiales y hasta condescendientes (El Pensador Sereno, 2025c; ReachLink,
2026), puesto que la neurodiversidad es un concepto más bien poblacional,
no individual. Decir que soy neurodiverso, por ejemplo, en realidad no
le está diciendo nada a la persona con la que me comunico, porque todos
hacemos parte de la neurodiversidad; en contraste, cuando digo que soy
neurodivergente, la misma persona puede entender que mi funcionalidad y
procesamiento son distintos al promedio de las personas (ReachLink, 2026).
Este es apenas un error
de comunicación. Otros son un poco más complicados. Por ejemplo, el hecho de
que el autismo y el TDAH sean las condiciones más dominantes en la conversación
a menudo deja de lado que los criterios de diagnóstico de estas y otras
clasificadas como neurodivergencias -al menos bajo el enfoque estricto-
presentan rasgos compartidos, y si esto no se tiene en cuenta, se pueden llegar
a confusiones serias durante la búsqueda de un diagnóstico (ReachLink, 2026). A
esto sumemos que pueden darse coocurrencias, donde dos o más condiciones
neurodivergentes se presentan en un mismo individuo, ofreciendo un cuadro mucho
más complejo que no siempre se aprecia al comunicar al respecto incluso usando
un enfoque estricto de neurodivergencia (Grant et al, 2026).
Como bien señalaba Edward
Norton en la entrevista en Armchair Expert, hay una confusión también
entre vincular la neurodiversidad y el comportamiento expresado como si la
primera fuese una explicación o, peor, una justificación de lo segundo (Willingham,
2026). Esto es algo que incluso desde el movimiento neurodivergente se ha
criticado por dureza. Recuerdo cuando, durante su presentación en Saturday Night
Live revelando que era autista, Elon Musk quiso bajarle el fuego a los
comentarios cuestionables que ya hacía en redes sociales por aquel entonces,
diciendo: “Sé que a veces digo o publico cosas extrañas, pero así es como
funciona mi cerebro. [...] ¿Creyeron que también iba a ser un tipo normal y
relajado?” (Yahr, 2021), y cómo salieron a defender su saludo nazi el año
pasado con el discurso de que simplemente era stimming ante el público presente
(El Pensador Sereno, 2025b).
Digamos las cosas como son: que Musk sea un racista y tránsfobo despreciable es de cosecha propia, no por ser autista. En lo que podría influir el autismo relacionado con esas ideas es que la búsqueda de una estructura regulada en nuestra relación con el mundo puede tanto ayudarnos a compaginar con ideas de justicia social como a defender ideas tóxicas que son difíciles de abandonar por ello (El Pensador Sereno, 2025b), pero la decisión de Musk de comprar el discurso ultraderechista por sus propias frustraciones personales y sus valores particulares es enteramente suya, no de su divergencia neurológica. Por lo mismo, muchos neurodivergentes y activistas de la neurodiversidad rechazan el uso del diagnóstico de neurodivergencia como excusa para comportamientos despreciables o inapropiados, incluso la persona es efectivamente neurodivergente (Willingham, 2026).
Relacionado con esto,
el discurso de las neurodivergencias como “súper poderes” también es una que
tiende a manejarse de modo erróneo. La visión ideal de esto, enraizada sobre
todo en el modelo social de la discapacidad, es que nuestros rasgos cognitivos,
conductuales y sensoriales cumplen un rol variable dependiendo de las
condiciones en que nos encontremos, de modo que aquellas particularidades que
nos generan limitaciones o dificultades en un escenario pueden ayudarnos a
destacar en otro (ReachLink, 2026; Bresssman et al, 2026; Willingham, 2026).
Por ejemplo, una hiperacusia puede ser algo doloroso de sobrellevar en la
calle, tan llena de ruidos y escándalo, pero para un ingeniero de sonido puede
convertirse en una herramienta valiosa.
El problema, por
supuesto, es que el hecho de que el peso incapacitante de esas divergencias
dependa del contexto social no cambia la realidad de que tienen una base
biológica (Kapp, 2025), por lo que, incluso en escenarios donde los criterios
de inclusión en espacios públicos y laborales se cumplen, siguen presentándose
dificultades con ellas (Chapman, 2024; El Pensador Sereno, 2025c). La idea de
que en una sociedad perfectamente inclusiva no existirá la discapacidad es
noble, pero a efectos prácticos es ilusoria, porque los factores
biológicos/psicosociales de las discapacidades seguirán estando presentes y
susceptibles a afectarnos, y eso sin entrar en el incómodo hecho de que buena
parte del discurso inclusivo se enmarca en un modelo de funcionalidad bajo el
modelo económico capitalista, por lo que enmarcar las neurodivergencias como
fortalezas puede contribuir directamente a la neuronormatividad de las
sociedades neoliberales (Chapman, 2024; El Pensador Sereno, 2025a).
Nada de esto es
rechazar la presencia del discurso sobre la neurodiversidad en el ámbito médico,
o el activismo de neurodiversidad. Es importante que progresivamente se vaya
incluyendo esta perspectiva afirmativa entre los profesionales e
investigadores, para desarrollar una relación más profunda y adecuada con los
pacientes y las condiciones con las que trabajan, e ir superando el modelo
médico que individualiza los efectos de las discapacidades sin considerar
contextos socioeconómicos e incluso políticos (Physiopedia, 2022; El Pensador
Sereno, 2025a; Bellato et al, 2026; Salladin, 2026). Lo necesario es saber
balancear las motivaciones políticas y sociales con la información médica y
científica en torno a las neurodivergencias, con el fin de construir un
movimiento mucho más sólido y mejor informado.
Entre
la medicina y la política
El paradigma de la neurodiversidad y sus enfoques médicos sigue siendo motivo de debate y análisis profundo. Por ejemplo, más que rechazar los distintos marcos de la neurodiversidad, como el estricto o el amplio, se han propuesto formas en las cuales se pueda construir un caso a favor de ellos -por ejemplo, aplicar la neurodiversidad a rasgos individuales en lugar de poblaciones-, sin dejar de lado la información científica ni las necesidades de apoyo a las personas neurodivergentes (Ne’eman & Pellicano, 2022). La influencia del movimiento de la neurodiversidad en el paradigma de la neurodiversidad no tiene por qué ser un proceso ideologizado o en rechazo de apoyos e intervenciones médicas, siempre que busquen antes que nada el bienestar del individuo.
Hay que saber distinguir, por supuesto, los límites entre un movimiento sociopolítico y un paradigma médico. Estudios en torno a la recepción de la propia comunidad neurodivergente en el segundo caso han reflejado que, mayoritariamente, recibimos de forma positiva las ventajas y consecuencias de ver nuestras condiciones no en términos no patológicos, sino de diversidad funcional; no obstante, algunos son más críticos de la búsqueda de un modelo más amplio de la neurodiversidad, temiendo que esto despoje de significado y valor a dicho paradigma (Roblson, 2020; Ne’eman & Pellicano, 2022; Grant et al, 2026). Algunos directamente rechazan cualquier identificación tanto con el paradigma como con el movimiento de la neurodiversidad o llamarse a sí mismos neurodivergentes (Roblson, 2020; Grant et al, 2026).
He ahí también el conflicto con los distintos marcos de neurodivergencia. Aunque es necesario mantener una base científicamente informada, un marco muy estricto puede acabar excluyendo a muchas otras condiciones que influyen a nivel de percepción y procesamiento neurológico, ignorando a muchas personas que no podrían reconocer sus experiencias. Por otro lado, un marco demasiado amplio y laxo se arriesga a dejar la neurodivergencia sin poder analítico a nivel médico (ReachLink, 2026). Por ello, un equilibrio moderado entre la precisión y la inclusión es necesario.
El uso de los conceptos
de neurodivergencia y neurodiversidad dentro de la comunidad médica y
científica sigue siendo algo valioso e importante. No obstante, para poder
aprovechar al máximo tales perspectivas, se requiere no sólo saber distinguir
el papel médico de la visión política, sino también el saber incluir el
paradigma de la neurodiversidad tanto en el entrenamiento y preparación de los
profesionales de la salud como de los científicos enfocados en la neurodiversidad
como tema de investigación (Heasman & Gillespie, 2019; Dwyer, 2022; Gray et
al, 2025; Ostaszewska et al, 2025). Esto también requiere usar un lenguaje
preciso tanto en diagnósticos como en investigaciones publicadas, de modo que
se reduzca la heterogeneidad en las categorizaciones y el riesgo de perder
rigor científico en investigaciones neurobiológicas relacionadas con
condiciones del neurodesarrollo (Bellato et al, 2026).
Si bien el modelo social de la discapacidad sigue siendo importante dentro del modelo de la neurodiversidad, y ha dado lugar a logros importantes, es necesario seguir teniendo en cuenta los factores biológicos y psicológicos detrás de las condiciones neurodivergentes, incluso aquellas que se reconocen dentro de un marco amplio de neurodivergencia, así como las limitaciones de los ajustes inclusivos dentro de un modelo de sociedad neoliberal (Dwyer, 2022; Chapman, 2024). Con respecto a lo primero, por ejemplo, Patrick Dwyer propone un enfoque interaccionista/ecológico de la neurodiversidad, que tome las perspectivas afirmativas del modelo social y las combine con las fortalezas empíricas del modelo médico: la discapacidad es resultado de una interacción entre las características del individuo neurodivergente y el ambiente a su alrededor, y si bien esto puede abordarse reformando el ambiente y la sociedad y/o enseñando habilidades adaptativas a la persona, el objetivo no es curar o normalizar, sino valorar y aceptar la diversidad neurológica (Dwyer, 2022).
Ya hablando en un
terreno más estrictamente político, el movimiento de neurodiversidad necesita
dar un paso más allá del reformismo y la inclusión, no para dejarlos de lado,
sino para abogar por transformaciones más radicales. Pasamos actualmente por
disyuntivas similares a las que enfrentaron otros movimientos de justicia
social, como el feminismo o el movimiento de liberación negra, y nuestra propia
liberación y emancipación no vendrá de individualizar nuestras capacidades
“súper heroicas” o limitarse a una inclusión fácilmente capturable por élites
institucionales y económicas (Chapman, 2024; El Pensador Sereno, 2026c), sino
de construir un poder colectivo, no sólo para cuestionar las instituciones y
prácticas sociales que fomentan el abuso y la exclusión capacitista, sino
también las relaciones socioeconómicas profundas que mantienen la estructura
neuronormativa (Chapman, 2024). El diálogo entre los diferentes enfoques de
neurodiversidad y con la academia sigue siendo importante (Ne’eman & Pellicano,
2022), pero desarrollar instituciones culturales, establecer organización y
uniones activistas con objetivos concretos para abordar las problemáticas de la
población neurodivergente será fundamental para alcanzar una verdadera
integración de nuestra comunidad.
Conclusiones
Hace diez años,
publiqué en este mismo blog un ensayo sobre la neurodiversidad que ahora veo
como bastante desinformado e incluso tendencioso por momentos, más producto de
un contrarianismo que de una reflexión seria (El Pensador Sereno, 2016), sin
mencionar con ciertos visos capacitistas y comentarios sobre exclusión que en
realidad no eran ciertos en aquel entonces, y mucho menos lo son ahora (Dwyer,
2022). El presente ensayo es, en cierta forma, una redención de aquel trabajo. La
ventaja desde aquel entonces, aparte de los años de diferencia e investigación
acumulados, es que la propia comunidad médica y científica ha empezado a
integrar una perspectiva más afirmativa y menos patológica de las condiciones
del neurodesarrollo, y eso ha dado lugar a sus propias reflexiones y
discusiones profundas al respecto (Dwyer, 2022; Bellato et al, 2026) que he
podido incluir en este análisis.
En este punto, me doy
cuenta que definir y limitar el concepto de nuerodivergencia es una tarea aún
en proceso, con diferentes perspectivas y marcos por aplicar, pero eso no lo
hace un concepto inútil. Hablar sobre neurodivergencias y la neurodiversidad,
tanto como paradigma como un movimiento, se vuelve fundamental en tiempos donde
los discursos excluyentes y eugenistas en torno a las discapacidades vuelven
con fuerza, disfrazados de preocupaciones por el “contagio social” y las vidas
“incompletas” de los propios discapacitados (El Pensador Sereno, 2025a).
Incluso ante la dificultad de lograr una definición concreta y satisfactoria
para todos, las discusiones y reflexiones al respecto siguen siendo una
herramienta poderosa en la defensa de nuestros derechos.
Espero que este ensayo sea por lo menos un punto de partida para que otros divulgadores y personas en redes despierten su curiosidad y busquen informarse mejor en torno al paradigma de la neurodiversidad y las formas en que comprendemos las neurodivergencias. El camino por nuestra integración y liberación completa sigue siendo largo y difícil, pero un manejo apropiado de los temas y conceptos relacionados a nuestras divergencias es una base para empezar a forjar un necesario futuro en la sociedad del cual hagamos parte.
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