Obsesiones trans-antagónicas

 Introducción

En apenas un mes, el gobierno de Abelardo de la Espriella decidió entrar pisando el acelerador para establecer su narrativa de la “batalla cultural”, poniendo a figuras religiosas ultraconservadoras, defensores de empresas y negacionistas del conflicto armado en puestos de poder. Al mismo tiempo, su bancada legislativa empezó a moverse con propuestas para volver a prohibir el aborto y, recientemente, la llamada “Ley Laura”, un proyecto de ley que busca prohibir en el país los procedimientos médicos relacionados con la afirmación de género en menores de edad, como bloqueadores de pubertad, tratamientos hormonales y, supuestamente, cambios de sexo.

Esto último, por supuesto, es una pista falsa, porque las terapias afirmativas de género (TAG) enfatizan que cualquier tipo de cirugía de reasignación de género debe realizarse desde los 18 años para adelante. Por ello critiqué en Twitter a una de las promotoras del proyecto, de forma no muy elegante, que no hay cirugías de cambio de sexo en menores. Eso dio lugar a un comentario en el que alguien señaló que, aunque no hay cirugías de cambio de sexo -ya que “nadie puede cambiar de sexo”-, sí que deben prohibirse las terapias afirmativas por principio de precaución, ya que son “terapias de conversión” con poca evidencia de éxito y mucha de daño.

Estoy acostumbrado a comentarios similares, porque el tema de las infancias trans es uno de los más controversiales en redes sociales. En principio podría haberle dado el beneficio de la duda, si no fuese porque he visto muchísimas veces comentarios semejantes de quienes toman la identidad de género, o al menos el activismo trans y queer, como una ideología postmoderna, y casi siempre parten de antemano con un prejuicio tremendo. No vi muchos motivos para intentar siquiera conversar el tema, así que simplemente lo bloqueé.

No fue muy maduro de mi parte, lo admito. Pero más que centrarme sólo en el comentario, quiero hablar un poco más a detalle de cómo las obsesiones con denunciar a las personas trans como algo anómalo y peligroso, “una amenaza para un mundo cuerdo” -en palabras de Helen Joyce-, acaban sesgando a las personas para que busquen lo que no está allí y validen discursos reaccionarios provenientes de las filosofías más antidemocráticas. No se trata de silenciar los disensos en torno a la identidad de género, sino de reflexionar a detalla acerca de dónde provienen las cosas que afirmamos, por qué las afirmamos, y qué transmitimos con ello.

La obsesión con el “we can always tell

Hace un par de meses, la ex atleta e investigadora transgénero australiana Kirsti Miller hizo un pequeño experimento en su cuenta de Twitter. Miller quien fue campeona antes de su transición, lleva años trabajando a nivel de evaluar los efectos de la testosterona y la terapia hormonal en atletas trans, y también trabajó de cerca con casos de personas trans en prisiones. En Twitter, es una de las cuentas más activas en compartir información sobre este tema.

Miller compartió en junio la foto de un grupo de mujeres, junto a un mensaje simple pero contundente de la comunidad trans y sus aliados: “Las mujeres trans son mujeres”. Esta frase no intenta decir, como sugieren a menudo sus críticos, que las mujeres trans son exactamente iguales en todo a las mujeres cisgénero, sino que tienen derecho a que sus experiencias de vida, sus luchas y la violencia que enfrentan sean reconocidas también como parte de todo el espectro individual de lo que significa ser mujeres, algo que va más allá de las gónadas o los cromosomas.

Por supuesto, la publicación de Miller generó una oleada de comentarios negativos, algunos bastante groseros, asegurando que podía distinguirse fácilmente que todas esas mujeres eran “hombres”. Después de todo, como suelen decir las personas anti-género, we can always tell (siempre podemos saber) cuando una persona es realmente trans a través de sus rasgos físicos, ya que por más terapias hormonales o cirugías que se hagan, siempre hay “detalles”, señales. A continuación, una pequeña muestra de las cariñosas invectivas:

Hubo, no obstante, un pequeño problema con las reacciones que recibió el post: las mujeres en la foto son todas mujeres cis. Aún más, son parte de la mesa directiva de Sex Matters, una organización británica autoproclamada “crítica de género” que trabaja por mantener los espacios segregados por sexo como inaccesibles a las personas trans de acuerdo a su género. No sólo en deportes, sino en baños, piscinas comunitarias, y todos los sitios públicos posibles. A menudo, sus miembros ni siquiera se refieren a las mujeres y hombres trans como tales, sino como “hombres trans-identificados” y “mujeres trans-identificadas”, respectivamente. También se oponen a la TAG enfocada a menores de edad, y han tenido un papel importante en el radical clima transfóbico en el que cayó Reino Unido desde hace años.

Es decir, todas estas personas tan seguras de que uno puede reconocer al instante cuando alguien es trans, no se enteraron que las mujeres a las que estaban vilipendiando en comentarios eran cis. No tendrían necesariamente que saber que eran miembros de Sex Matters, pero según ellos, debería ser bastante fácil distinguir su sexo asignado de acuerdo a sus rasgos físicos. Y aun así, decenas y decenas de comentarios fallaron por completo en la prueba, algo que por supuesto Miller esperaba que ocurriese, y que dejó en evidencia no sólo los prejuicios trans-antagónicos de muchos de estos “defensores de los derechos de las mujeres”, sino también su arrogancia e incluso misoginia.

Lo ocurrido con la publicación de Miller es reflejo de una horrible tendencia que se ha vuelto muy popular en redes sociales en años recientes, una que habla peor de quien cae en ella que de las personas a las que se acosa con ella. Y es que sí: se ha convertido también en una fuente de acoso, tanto para las personas trans (pues afecta también a hombres trans) como para las cis. Hablo, por supuesto, de la transvestigación.

¿Y qué significa esto? Se trata, en palabras de la organización legal canadiense Egale, especializada en derechos y protección para personas 2SLGBTQI*, de “la investigación discriminatoria informal acerca de si una persona es transgénero en secreto (usualmente asumido que es mujer trans), generalmente conducida analizando la apariencia y la estructura anatómica de esa persona”. Es una actitud tanto transfóbica como misógina: transfóbica, porque parte de la idea reduccionista de que las mujeres trans son hombres fingiendo ser mujeres para conseguir ventajas especiales; misógina, porque asume un modelo femenino basado en estándares limitados que desconoce la amplitud fenotípica en las mujeres cis, y perpetúa la vigilancia constante de los cuerpos femeninos y su “adecuación” a los roles y estereotipos sociales.

Un ejemplo ya viejo: Lady Gaga ha sido acusada desde los inicios de su carrera de ser mujer trans, algo a lo que ella básicamente respondió: "Y si fuese así, ¿cuál sería el problema?".

Esto último se ha vuelto especialmente prominente cuando nos fijamos en el ámbito deportivo. Casos como el de la basquetbolista china Zhang Ziyu o las pugilistas Imane Khelif y Lin Yu-Ting reflejan que cualquier mujer con un desempeño impresionante en su profesión, pero que no se ajuste a cánones tradicionales de feminidad, puede ser acusada de ser una persona trans encubierta. Por supuesto, esto también refleja un fuerte componente racista, pues la mayoría de las atletas afectadas por transvestigación suelen ser mujeres racializadas.

La transvestigación suele tener también un fuerte componente político, dado que es utilizada sobre todo desde sectores conservadores para cuestionar a figuras políticas oponentes. Casos como los de Michelle Obama y Briggite Macron, por ejemplo, han surgido como una forma de deslegitimar su trabajo político (Obama) o el de su pareja (Macron); incluso algunos transvestigadores han llegado a hablar de una “élite tranny” que controla las esferas del poder y la cultura, una especie de Illuminatis del género. Irónicamente, en ocasiones también ha sido empleada contra figuras de derecha, como Kyle Rittenhouse y Andrew Tate. Cuando se trata de prejuicios, nadie está realmente exento de caer sobre la lupa mediocre de los transvestigadores.

Por supuesto, la transvestigación no deja de afectar, primero y principal, a las personas trans, pues mantiene una presión sobre ellas para que se ajusten al denominado passing, la validación física y anatómica de su transición de género que garantice su aceptación. Se convierte entonces en una angustia por sus rasgos físicos, la configuración de su rostro, la forma en que se viste. A veces puede ser usada incluso como una jerarquización nociva dentro de la propia comunidad, dado que, si no haces suficiente esfuerzo médico en tu transición, si no te vuelves indistinguible de cualquier fenotipo cis, no puedes ser reconocida como una verdadera persona trans, y encima estás haciendo daño a la comunidad trans.

Los transvestigadores tienden a confiar en formas de identificación basadas en una fisiología sexada, y con ello en una supuesta autoridad científica, acompañados a menudo de material visual para sustentar lo que describen. Así, se fijan en el tamaño, la forma y la espacialidad de los atributos músculo-esqueléticos de una persona para tratar de identificar esas “señales” de su “sexo biológico”. Otros recurren a medidas más arbitrarias, como la longitud relativa de ciertos dedos de la mano, y algunos risiblemente no parecen haber visto una vulva en su vida, porque un monte de Venus que abulte en un bikini ya es señal de alguna cirugía de reasignación. Este tipo de acciones no sólo se basan en valores promediados de estructura corporal que no siempre reflejan de forma adecuada la diversidad corporal entre sexos, o cómo se ve un cuerpo con músculo, piel o ropa encima, sino que también son bastante similares a discursos pseudocientíficos de tiempos (no tan) pasados, como la frenología y la eugenesia.

De acuerdo con la bióloga y activista transfeminista Julia Serano, la tranvestigación parte de procesos mentales prejuiciosos a través de los cuales simplificamos nuestra comprensión del mundo. En particular, de la mentalidad de los dos archivadores, de la cual he hablado con anterioridad: una asociación de rasgos a lo masculino o lo femenino que hacemos por socialización, tanto cuestiones físicas como suposiciones y juicios de valor, y que acaba por conceptualizar a hombres y mujeres de forma totalmente separada, a un nivel casi esencialista. Bajo esta mentalidad, una persona trans nunca podrá ser realmente del género en el cual se reconoce, porque siempre habrá algún elemento de su sexo que la delate de inmediato, algún rasgo aparentemente inmutable a su condición.

Por supuesto, esta obsesión por la categorización dicotómica absoluta da lugar a que los transvestigadores busquen patrones y señales donde no existe ninguna o su conexión con el sexo sea débil, de modo que caen en prejuicios cognitivos, algo de lo que a menudo sus críticos se han burlado en redes sociales, con publicaciones como las de Kirsti Miller. Por ejemplo, yo podría entregar una foto mía de forma anónima asegurando que soy un hombre trans, y estoy seguro que estos personajes encontrarían mil y una señales en mi rostro para “revelar” mi supuesta naturaleza femenina. Parten desde una conclusión prestablecida (que soy mujer), y a partir de ahí construyen sus propias evidencias al respecto. Esto es algo que Serano denuncia como desgenerizar, el intento de deshacer el género de una persona -normalmente trans- dando prioridad a incongruencias y discrepancias en su apariencia que normalmente serían ignoradas o rechazadas si se asume de antemano que es cis.

Casos como el de Brigitte Macron o las mujeres de Sex Matters revelan otra faceta misógina del tema, y es la asociación de la feminidad a la capacidad de gestación. A menudo, mujeres en edad post-reproductiva son víctimas de estos transvestigadores, ya que toman señales de la edad como un “fracaso” de las terapias hormonales y las cirugías en “camuflar” a la mujer trans. Y esto ocurre porque, por supuesto, suelen tener en su cabeza una idea preconcebida y bastante caricaturizada de cómo se ve una persona trans en la vida real, pero también de cómo debe verse una mujer de acuerdo a su reproducción. No es que los humanos seamos particularmente malos identificando el sexo por señales visuales -aunque no deja de existir cierto sesgo hacia un reconocimiento masculino-, pero nuestro cerebro tiende también a ahorrar trabajo fijándose en señales de origen más social que físico (estilo de ropa, corte de cabello, forma de moverse, conducta), y cuando combinas eso con sesgos sexistas o racistas, la tendencia a “transvestigar” de forma innecesaria y errónea se incrementa.

Superar estas tendencias requiere un paso importante, y es abandonar estigmas y sesgos antitrans, algo que va tanto para sus críticos como para sus defensores. El intentar reconocer si alguien es trans en ausencia de confirmación verbal es algo que nos puede afectar a todos, y puede partir de la idea de que las personas trans son “depredadoras” hasta la simple idea de que al ser diferentes son “defectuosas”. Lo ideal debería ser, como ocurre con cualquier otro individuo que conozcamos, verlas como personas, más allá de su identidad o expresión de género, y de este modo dejar de reducirlas a su corporalidad o su sexo.

La “Ley Laura”, las “terapias de conversión” y el principio de precaución

Desde la polémica de las cartillas de educación sexual y la campaña del plebiscito por los acuerdos de paz con las FARC en 2016, el término “ideología de género” ha tenido una presencia intermitente en las discusiones políticas colombianas. Esta teoría conspirativa, nacida en los 90 a partir de discursos del Vaticano y que fue convertida en una estrategia política antiderechos en Estados Unidos tras el triunfo del matrimonio igualitario, fue también protagonista durante las pasadas elecciones, y dada las tendencias ultraconservadoras de Abelardo y su alianza con movimientos cristianos, era de esperarse que tome un papel importante en su presidencia.

Que a pocos días de iniciar el gobierno la -ahora ex- ministra de Educación, Viviane Morales, apareciera en los reflectores hablando de una “ideología woke” en las escuelas colombianas y hablara de un proceso de “desideologizar” la educación, mientras que al mismo tiempo proponga la intervención colaborativa de las iglesias en educación pública, no representó una sorpresa. El perfil de los integrantes del nuevo gobierno es un reflejo de las causas que serán promovidas por Abelardo: prohibición del aborto, adoctrinamiento cristiano en la niñez, y enmarcar la diversidad sexual como “ideología de género”. El proyecto de la llamada “Ley Laura” obedece, precisamente, a este proceso.

Presentado el contexto, analicemos el comentario recibido. Ignoremos el tema de “nadie puede cambiar de sexo”, porque esa discusión es más bien semántica y de poco valor para el tema general, y hablemos a detalle de las “terapias de conversión”. Desde el llamado “punto de inflexión” de la comunidad trans, en 2015, las acusaciones de sectores de la derecha cristiana y otros grupos marginales acerca de que la TAG es un tipo de terapia de conversión han estado a la orden del día. Los menos lgbtfóbicos afirman que es una forma de “transicionar lo gay”, hacer que las personas homosexuales vivan de acuerdo a su orientación sexual con un cuerpo “adecuado” a ello; es decir, hacerlos técnicamente heterosexuales. Esto está inspirado en la teoría de inversión sexual, una vieja hipótesis que postulaba que ser homosexual o transgénero son diferentes “resultados” neurológicos de un mismo tipo de persona, siendo que los segundos tienen un cerebro más “masculinizado” o “feminizado”, según su orientación, que los primeros.

Lo que nos dice la ciencia hoy en día es claro: la orientación sexual, la identidad de género y la expresión de género son tres aspectos completamente diferentes y separados entre sí. No puedes alterar la orientación sexual de una persona cambiando su identidad de género, porque la identidad de género no influye directamente en la orientación sexual. Es por ello que esta última es también bastante variable entre personas trans, siendo que, por ejemplo, una encuesta de 2012 en Estados Unidos encontró que casi tres cuartas partes de las personas trans encuestadas se reconocían como no heterosexuales. Y lo cierto es que el porcentaje de personas LGB ha ido incrementándose en estos años, de modo que la idea de una conversión o un “borrado” de la homosexualidad no se sostiene mucho.

La TAG se ha enfrentado a simplificaciones absurdas desde hace tiempo, pero lo cierto es que no cuenta con los elementos característicos de lo que pueda catalogarse como una “terapia de conversión”, hoy conocidas con el acrónimo ECOSIEG (Esfuerzos de Cambio de Orientación Sexual, Identidad de Género o Expresión de Género). No puede decirse exactamente lo mismo de las terapias exploratorias o reparativas de género, la principal alternativa a la TAG, las cuales cuentan con serias inquietudes acerca de sus parámetros, y han sido denunciadas como ECOSIEG, aun cuando los proponentes de las primeras aseguran que no se pretende cambiar la identidad de género, sino lograr que el paciente tome decisiones mejor informadas.

De hecho, es tan notoria la cercanía de estas “alternativas” a la TAG a las ECOSIEG que Sex Matters se ha opuesto por años a la prohibición de terapias de conversión, precisamente porque esta definición no incluye a la TAG, y en cambio sí abarca los intentos de “explorar” o “reparar” hacia identidades alineadas con el sexo asignado. De hecho, intentaron frenar su prohibición en el Consejo Europeo, arguyendo que vulneraba el derecho de los padres a buscar otras opciones, acción que por suerte no prosperó. Y es que es claro que hay un problema con este tipo de terapias alternativas cuando parten desde el supuesto de que una identidad cisgénero es preferible o superior a una identidad trans.

Es cierto, sí, que la evidencia a favor de la TAG sigue siendo mayormente de baja calidad, pero como expliqué en mi ensayo acerca del Informe Cass, esto no significa que sea evidencia débil o de mala calidad, sino que las limitaciones del estudio condicionan sus recomendaciones, y nueva información puede cambiarlas. Se requiere más trabajo, pero como fue señalado en más de un análisis sobre el Informe, aparte de criterios inconsistentes en las revisiones sistemáticas que lo componen, muchos tratamientos recomendados en salud están basados en evidencia de baja calidad, siendo que sus beneficios a corto o largo plazo son lo bastante positivos para considerarse apropiados. Y a pesar de lo que afirmó la persona en cuestión, la evidencia a favor de la TAG ha sido abrumadora y consistentemente positiva.

Los trabajos que hablan de una supuesta falta de mejora o incluso un empeoramiento de la salud mental en pacientes trans tras pasar por un enfoque afirmativo, como los dos “estudios finlandeses”, cuentan con serios errores metodológicos que ponen en duda los análisis y conclusiones resultantes. Ni siquiera el tan aclamado Informe Cass halló evidencias serias de efectos nocivos de la TAG, e incluso fue contradicho en varios puntos por los propios datos de la Universidad de York que habían buscado para sustentarse. Hablar de una prohibición de la TAG por la supuesta evidencia de “posibles” secuelas irreversibles no parece fácilmente sustentable, en especial cuando esa “posibilidad” no cuenta con una base sólida. Y por favor ni empecemos con la fantasmagoría de la “disforia de género de inicio rápido”, que esa literalmente no cuenta con más “respaldo científico” a día de hoy que dos estudios con impresionantes sesgos de selección y metodología, lo que incluso generó la retractación de uno de ellos. No cuenta con evidencia de nada.

El personaje citado menciona el principio de precaución como justificación de la prohibición de las TAG. Ya he recibido antes el mismo argumento en otro post hablando acerca de la prácticamente nula presencia de atletas trans en equipos profesionales, pero analicemos con cuidado lo que significa. El principio de precaución es un concepto de manejo de riesgos ante casos de posible riesgo e incertidumbre, el cual postula que, si una actividad puede generar amenazas a la salud humana o ambiental, debe tomarse precaución al respecto, incluso sin evidencia científica de una relación causal. Según esto, si la TAG se relaciona con riesgos potenciales e irreversibles en torno al uso de bloqueadores de pubertad y terapia hormonal, el principio de precaución nos dice que debería limitarse o prohibirse su aplicación, aun cuando no haya evidencia real de dichos riesgos. En síntesis, es equivalente al popular refrán “más vale prevenir que lamentar”.

Ahora, el principio de precaución no es absoluto. Primero que nada, la toma de decisiones en incertidumbre de evidencia no es el único tipo de razonamiento cauteloso que se puede hacer, así que no es un principio general. Por otra parte, si bien reconoce que la acción preventiva puede tomarse contra peligros potenciales con evidencia insuficiente, no se recomiendan acciones basadas en suposiciones carentes de evidencia científica. Es posible que el uso de bloqueadores puberales, por ejemplo, pudiesen tener efectos secundarios en pacientes de TAG, pero de ser así se tendrían que estar prohibiendo también en los menores cis en los cuales también se aplican como tratamiento, y podría decirse algo así de muchos otros tratamientos médicos. Y lo cierto es que quienes alegan por el principio de precaución a menudo tienden a enfatizar en los riesgos hipotéticos, mientras minimizan los propios daños que sí están bien registrados en torno al retraso o la negación de la terapia.

La simple posibilidad no puede ser razón suficiente para aplicar el principio de precaución, sino que requiere de un nivel de plausibilidad superior a las postulaciones “alternativas” de acuerdo al uso de la TAG, es decir, altos beneficios de satisfacción. De hecho, el principio de precaución ha sido tan cuestionado en años recientes que otros científicos se han tomado la molestia de defender su utilidad, mientras que al mismo tiempo destacan sus limitaciones, y critican las malas definiciones del mismo que suelen abundar en algunos círculos, lo que dificulta su comprensión fuera de la ciencia. Decir que hay que prohibir un procedimiento médico por principio de precaución sin más no sólo deja de lado todo el problema de cómo comprender realmente dicho concepto, sino que además corre el riesgo de convertirlo en un significante flotante, una idea sin significado fijo que se ajusta cualquier interpretación que nos sirva a conveniencia en el momento.

La realidad es que, en vista del respaldo de las principales organizaciones en salud mental alrededor del mundo, el proyecto “Ley Laura” constituye perfectamente una seria violación a los derechos humanos, además de otro pobre intento de Abelardo por replicar las políticas trumpistas en el país. Es importante presentar oposición a semejante propuesta tanto por principios humanos como correspondencia con la evidencia disponible. Y no elucubrar acerca de potencialidades inciertas que pueden acabar siendo más reflejo de nuestros prejuicios que de un problema legítimo.

Y no podemos ignorar el elefanta en la habitación: atacar los derechos de la población trans ha sido usado en países como Estados Unidos como antesala para derogar logros alcanzados por la comunidad LGBTIQ+, tales como el matrimonio igualitario y la adopción homoparental. Esto se condice con la revelación de que, durante una reunión del Departamento Nacional de Planeación (DNP), se presentó un diagrama del "ciclo del Milagro" con los objetivos de actual gobierno, entre los cuales se encuentran, por supuesto, acabar con la adopción por parte de parejas del mismo sexo y "sacar la ideología de género de las aulas". Y es que los niños son la muleta favorita de los grupos antiderechos para manipular emocionalmente al público.

Aunque el DNP se manifestó asegurando que el diagrama es sólo parte de "un ejercicio técnico exploratorio" y no constituye una hoja de ruta oficial o una decisión final del gobierno, dadas las continuas declaraciones de Abelardo durante campaña y el perfil de su gabinete, nadie es tan tonto como para no ver que resuena bastante con las propuestas que se han generado en el nuevo gobierno. De la Espriella busca un ataque directo contra los derechos de la comunidad LGBTQI+, y la comunidad trans es sólo el objetivo más fácil para calibrar fuerzas y empezar la iniciativa. Evitar un análisis más crítico del proyecto de ley contra las terapias afirmativas por una perspectiva de ECOSIEG mal fundamentada es regalarles la partida desde el inicio.

El límite entre el escepticismo y el odio

Hace ocho años fue publicado el artículo de Jesse Singal acerca de un supuesto contagio social transgénero. Hace ocho años desde que se profetizó, basados en el trabajo de Littman, una ola de destransiciones en un período de cinco años por causa de mala praxis en la TAG. Hace cuatro años se estimó que unas mil familias demandarían a la Clínica Tavistock por supuestos malos procedimientos en la prescripción de bloqueadores de pubertad. Ninguna de las tres cosas se ha comprobado o concretado a día de hoy. Y aun así, se exigen estándares absurdos de control sobre quiénes pueden o deberían poder acceder a la afirmación de su identidad, como si el procedimiento fuese una puerta giratoria, o no existiesen ya suficientes barreras para un tratamiento médico en sí.

¿Significa esto que no se pueden elevar preguntas e inquietudes acerca de la aplicación de la TAG en menores de edad? Por supuesto que no. Existen varios aspectos de ella que generan debates éticos, y la forma en que se abordan y argumenta alrededor de ellos requiere un análisis cuidadoso, tanto de quienes la defienden como de aquellos que la rechazan, así como una mayor participación de los proveedores de salud, pacientes y sus padres, y de las comunidades médicas por fuera de Occidente. Y no se requieren delirios como la disforia de inicio rápido o la tipología autoginéfila de Blanchard para ello.

De hecho, es parte del trabajo que intenta hacer Jack Turban, psiquiatra especializado en niñez y adolescencia, y director fundador del Programa de Psiquiatría de Género en la Universidad de California, San Francisco. Con más de una década de experiencia, Turban ha intentado guiar las conversaciones acerca de la identidad de género de modo que se informe adecuadamente a los jóvenes trans y a sus familias sobre el tema. Recientemente publicó un libro, Free to Be: Understanding Kids & Gender Identity (Libre para ser: entendiendo a los niños y la identidad de género), en el cual comparte dicha experiencia para familiarizar a las personas con el concepto desde una perspectiva con evidencia y combatir la retórica emocionalmente manipuladora de los discursos antitrans.

La cuestión, por supuesto, es saber reconocer que no siempre aquellas opiniones que se presentan como “inquietudes razonables” o “un sano escepticismo” son razonables o se basan en una reflexión escéptica seria. De hecho, tal como ha señalado en varias ocasiones Valah, del blog Inconvenient Truths, es muy frecuente presentar discursos radicalmente antagónicos contra la TAG o la existencia misma de las personas trans bajo un matiz de respetabilidad y objetividad. También es recurrente el uso de la falacia de mota castral, es decir, presentar una postura difícil de sostener o ya de plano indefendible, y luego esconderla tras una afirmación razonable mientras se mantiene la posición original. Pero llamar “terapia de conversión” a la TAG no se vuelve razonable porque tener inquietudes acerca de su proceso lo sea, e invocar el principio de precaución y la incertidumbre científica no valida una caracterización de semejante naturaleza.

Quizás se pregunten algunos cómo podemos distinguir las inquietudes razonables de lo que es simple prejuicio. En realidad, esa no es la pregunta correcta por hacer. Si tras casi una década no hay evidencia científica de un “contagio social trans”, de una disforia de inicio rápido entre adolescentes o de “transexualidad autoginéfila”, si el cuerpo de evidencia hasta ahora muestra consistentemente beneficios de la TAG muy por encima de riesgos hipotéticos, si las principales figuras proponentes de estas hipótesis están vinculadas a movimientos ultraconservadores fundamentados en “certezas” imposibles de ser evaluadas, la verdadera pregunta que debe plantearse es: ¿qué hay entonces de razonable en las inquietudes?

Puede parecer inusualmente agresivo verlo de esta forma, y me dirán que no estoy aplicando el principio de caridad. No obstante, este nos exhorta a interpretar las afirmaciones del modo más racional posible con el fin de establecer un diálogo adecuado. Y ciertamente es difícil ver de modo caritativo o como racionales las preocupaciones acerca de fenómenos inexistentes, que no están ocurriendo. Parafraseando a Michael Hobbes, afirmar que hay “inquietudes razonables” de que las vacunas causen autismo, luego de décadas de evidencia que desmonta el trabajo original de Andrew Wakefield, no lleva más “buena fe” que preocuparse de encontrarte navajas de afeitar en los dulces de Halloween. Si a estas alturas sigues preocupado por tales cosas, estás desinformado, eres un intolerante, o directamente están manipulando tu paranoia.

Por lo mismo, me cuesta mucho ver con caridad a quien se refiere a la afirmación de género como una “terapia de conversión”, tal como la persona mencionada en este ensayo. Casi siempre, quien emplea este término para referirse a la TAG siendo parte de la comunidad LGBTQI+ visualiza de antemano las identidades trans, e incluso el concepto de identidad de género, como algo negativo o directamente falso. Nunca se es tan ignorante de lo que realmente implican las ECOSIEG si las estás denunciando en primer lugar como para considerar que un cuerpo de tratamientos que constan de lineamientos y recomendaciones por parte de organizaciones de prestigio internacional caigan dentro de dicho término. Y el hecho de que gran parte de las afirmaciones erigidas en contra de la comunidad trans son los mismos argumentos y prejuicios que se expresaron décadas antes en contra de los homosexuales deberían hacernos cautelosos ante cualquier manipulación con un cuerpo de afirmaciones tan burdas.

Conclusiones

Recientemente, Donald Trump aseguró en una rueda de prensa que, si los republicanos logran mantener el Congreso en las elecciones de medio término en noviembre, las personas trans “terminarán”. A eso ha quedado reducida una minoría discriminada y demonizada: a un recurso político, un chivo expiatorio al cual la ultraderecha exprime sin piedad para tratar de asegurar su control de la población, imponiendo una narrativa de odio. La persecución contra la TAG y la obsesión con “transvestigar” o, mejor dicho, desgenerizar personas en redes sociales, son apenas dos de las muchas tácticas de su proyecto postfascista.

En un momento en que el apoyo “radical” protrans es considerado una amenaza terrorista potencial en la Casa Blanca, donde se intenta vincular torpemente el apoyo a la TAG con el autoritarismo y la violencia, y gobiernos como el de Abelardo empiezan a cerrar sus tenazas contra la ciudadanía con los mismos discursos quemados de la “ideología de género” y la “mutilación infantil”, necesitamos levantarnos con firmeza ante este abuso. Eso significa dejar de complacer discursos antagónicos disfrazados como “inquietudes razonables”. Debemos reconocerlos y denunciarlos como lo que son: transfobia pura y dura.

No se trata de dejar de lado el principio de caridad con aquellos con quienes debatimos. Se trata de no ser ingenuos al intentar aplicarlo de forma absoluta. Se trata de saber reconocer quiénes son los que de verdad intentan debatir o quieren conocer más, y no gastar esfuerzos con aquellos llegan teniendo de antemano conclusiones hacia la negación de aquellos que ya son marginados. Entender esto es también parte de un activismo y escepticismo más sanos.

Notas

*En Canadá, el acrónimo 2SLGBTQI es bastante empleado para las minorías sexuales como un reconocimiento a los dos espíritus (2S), un concepto panindigenista norteamericano que recoge a aquellas personas nativas que cumplen un rol social correspondiente a un tercer género o cualquier otra variante de género por fuera de los típicos roles masculinos y femeninos.

 

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