domingo, 7 de marzo de 2021

Sobre la “naturaleza violenta” del Homo sapiens

 

El Cielo y el Infierno suponen dos especies distintas de hombres, los buenos y los malos; pero la mayor parte de la humanidad flota entre el vicio y la virtud. Si uno recorriera el mundo con la intención de darle una buena cena a los justos, y una sonora paliza a los impíos, con frecuencia estaría avergonzado de su propia elección, y descubriría que los méritos y deméritos de la mayoría de los hombres y mujeres apenas equivalen al valor de cada uno.

-David Hume, Ensayo sobre la inmortalidad del alma.

¿Existe algo como una esencia intrínseca de las cosas? Esa es una pregunta que ha intrigado al ser humano desde los albores de la civilización, desde que tuvimos conciencia de nosotros mismos, y empezamos a buscar algún propósito y posición detrás de nuestra existencia. ¿Qué es lo que nos distingue de los demás animales? ¿Qué nos otorga esa pretensión de tener una posición especial dentro del titánico árbol filogenético de las especies? ¿Qué esencia nos compone?

Entendamos como esencia la propiedad, o conjunto de las mismas, que son intrínsecas a una entidad u objeto, aquello que define lo que es, y sin lo cual pierde su identidad. Ya había explicado un poco el tema de la esencia y las propiedades al hablar sobre la objetividad y el problema de las especies, así que no me detendré mucho: en el caso de los seres humanos, nos referimos a aquello que nos hace ser humanos. Es toda una discusión filosófica el tema, y como también he comentado en otra ocasión, es la raíz del dilema entre el esencialismo y el existencialismo, pero como la discusión en la presente entrada es más material y biológica que metafísica, vamos a aterrizar en el plano físico y tratar la esencia como un tema de naturaleza; es decir, el conjunto de características que definen a un ser, como sus aptitudes físicas, su fisiología e incluso su conducta.

En el caso de los seres humanos, me refiero en particular a su “conducta natural”, pues es uno de los temas más debatidos y mitificados a través de discusiones sociales, en especial desde las teorías de evolución de Charles Darwin, las cuales fueron malinterpretadas y asimiladas por ciertos sectores que buscaban justificar las desigualdades y la dominación de unos sobre otros. Hoy en día, ese darwinismo social es servido de forma más diluida, a menudo entre aquellos que desdeñan el impacto psicológico del acoso y el maltrato a nivel escolar o laboral (“en mis tiempos todos sufríamos de bullying y no nos quejábamos”, “eso forja el carácter”, y basura así), que menosprecian el tema de la depresión o cualquier afección en el estado emocional y anímico de las personas, pero en el fondo es justificado de la misma forma: que mejor cierres la boca y lo aguantes como hombre (o mujer), porque en la sociedad el abuso es ley y nadie crece sin pasar sobre los demás. En síntesis, y dicho literalmente por alguien en estos días, que el ser humano es violento por naturaleza, así que, o te adaptas o mueres (haciendo eco de una típica reducción simplista del concepto de evolución), y si no lo aguantas, pues tu destino es perecer.

Paleta de Narmer, cerca del siglo XXXI antes de la era común.

No, no estoy exagerando: literalmente hubo hace poco una tormenta en la comunidad anime de Twitter en español por un tipo –no citado aquí, porque este cretino de verdad no necesita más reflectores- que dijo que las personas que buscan ayuda por el acoso escolar son débiles, y palabra por palabra dijo “si no puedes ganar fortaleza mediante el sufrimiento, tal vez tu destino sea perecer”. Y me molesta esa visión contemporánea que lamenta la “mariconización de la sociedad”, que sigue creyendo que los niños se alejan de la delincuencia a punta de chancletazos, y que justifican cualquier tipo de abuso social porque “así es el mundo” haciendo unos argumentos mediocres a más no poder sobre la adaptación sin tener ni idea de lo que realmente significa eso en el ámbito evolutivo, ni qué implica con respecto a la “naturaleza violenta” del ser humano.

Tratar de buscar una justificación en el lado más “animal” de nuestra conducta a la dimensión social que conocemos no es algo nuevo. El estado de naturaleza, un concepto de la filosofía política que se refiere al estado hipotético de los primeros humanos antes de las sociedades, es una parte fundamental de muchas teorías filosóficas y morales surgidas durante la Edad Moderna y la Ilustración. De hecho, ese concepto de que el ser humano es violento por naturaleza es en parte un reciclaje del contractualismo pesimista de Thomas Hobbes, quien postulaba que, en ausencia de un poder común que los mantuviera a todos bajo control, las personas durante la etapa pre-social de nuestra especie vivían en lucha constante entre sí, ya que cada uno sentía poseer el derecho natural a hacer lo que le parezca necesario en aras de proteger su propia existencia.

Y si soy increíblemente crítico del idealismo condescendiente en el mito del buen salvaje (que, contrario a lo que se cree, es anterior a otro contractualista asociado a dicho mito, Rousseau), con mayor razón debo cuestionar las justificaciones absolutistas y el bellum omnium contra omnes de Hobbes, en especial cuando ahora contamos con importantes enfoques desde la antropología, la arqueología y la biología evolutiva para dilucidar algo. Así que, para ir desalentando a los misántropos y refutar a los belicistas, primero hay que definir qué significa evolución, el concepto relacionado de adaptación, y si acaso existe evidencia científica e histórica de que la estructura psicológica y conductual de nuestra especie, el Homo sapiens, se inclina hacia la violencia y el conflicto con sus congéneres.

En una explicación muy escueta, la evolución biológica es el proceso de cambio en las características heredables en las poblaciones de seres vivos a través de sucesivas generaciones a lo largo del tiempo. Esto es producto de la acción de diferentes fuerzas (mutación, selección, deriva y flujo génico) que generan un incremento o reducción en la frecuencia de determinadas características en la población, debido a los cambios en la variación genética poblacional que comprende tales características. Relacionado a esto, cuando hablamos de adaptación debemos entenderla de dos formas: como el proceso evolutivo que permite a los organismos ajustarse al ambiente, incrementando su adecuación biológica o fitness (es decir, su éxito reproductivo); o a un rasgo fenotípico o adaptativo y funcional que evoluciona y se mantiene a través de la selección natural (como el famoso ejemplo del pico en los pinzones de Darwin).

Un ejemplo clásico y bien documentado de evolución son las extremidades del caballo.

Un problema en el mal planteado darwinismo social de gente como el “tu destino es perecer” es que se interpreta muy mal lo que significa adaptación, cosa que de hecho también ocurre entre los detractores de la evolución. Primero, la evolución no es direccionada ni en una sola vía, razón por la cual, la pregunta “si venimos de los monos, ¿por qué todavía hay monos?” es una estupidez como una catedral de grande: la variabilidad genética en una especie puede diferir entre sus poblaciones, al igual que las características ambientales y las interacciones bióticas, por lo cual el efecto de las fuerzas evolutivas será diferente entre ellas.

Segundo, adaptación no es lo mismo que resiliencia, aclimatación ni flexibilidad, pues estos rasgos dependerán del genotipo de las especies y el grado de especialización o generalización de cada una a nivel fisiológico, estructural o conductual: por su dieta casi estrictamente herbívora de bambú, no puedo esperar que un panda sea tan exitoso a los cambios en su ambiente como un cuervo, un omnívoro oportunista. Las adaptaciones no son conscientes: no es como que un día un lobo se acercó a las fogatas de los primeros humanos, y al otro día decidió parir un perro. Son, como dije, procesos evolutivos que llevan a una optimización biológica de los organismos, pero como tales son cambios graduales, que se dan no sólo por los cambios en el ambiente sino por la variabilidad genética poblacional, y el cómo responden las variaciones presentes a las alteraciones.

Entonces no es tan sencillo como decir “o te adaptas o mueres”: eso es una sobresimplificación atroz de los procesos evolutivos. Si una población no cuenta con la variabilidad requerida para generar cambios adaptativos, o el ambiente es alterado a una velocidad mucho mayor a la que una variable genética que pueda conferir una ventaja se haga más frecuente y estable en las generaciones subsecuentes, pues se extinguirá por mucho que pueda “ponerle voluntad”. No es ni de lejos algo comparable a solicitar cierta resiliencia ante una interacción social compleja como es el abuso y maltrato de los conespecíficos. La cultura y el desarrollo de valores éticos universales en nuestra especie nos permiten reconocer aquellas interacciones que son dañinas para nuestros congéneres, y que como tal pueden llegar a ser una amenaza para la convivencia o supervivencia de nuestra especie, por más que algunas puedan tener una explicación biológica. Por ejemplo, el infanticidio es frecuente entre los mamíferos (incluidos primates cercanos como los chimpancés), ya sea porque de esta manera los machos consiguen que las hembras entren en celo y pueden transmitir su propio material genético sin tener que dedicar tiempo y recursos en las crías de un competidor, o porque las hembras en una manada se deshacen de potenciales competidores por recursos, pero no por ello permitiríamos que sea una conducta normalizada e incluso convertida en ley en nuestras sociedades humanas, ¿cierto? Sería caer en una falacia de apelación a la naturaleza –no es lo mismo que falacia naturalista-, algo por otro lado muy común entre conservadores y darwinistas sociales.

¡Ah! Con lo dicho anteriormente, algunos pueden decir “pero si nuestros parientes más cercanos tienden a costumbres violentas, ¿eso no sería un argumento para aceptar la violencia como un aspecto natural de la conducta humana?” Y aquí tengo que decirles que no. Si bien es cierto que hay animales más agresivos que otros (por ejemplo, un gran herbívoro como el hipopótamo), sus actos de violencia son más circunstanciales. Dependerán de diferentes factores como la competencia por recursos (por ejemplo, los leones tienden a matar hienas al cruzarse con ellas), la organización social (especies solitarias serán más agresivas con sus conespecíficos que aquellas que viven en manadas), o la época y estrategia reproductiva (quien tiene gatos bebés, sabe que si están libres por la noche pueden ser asesinados por machos callejeros). Por ejemplo, el caso de la Guerra de Cuatro Años (1974-1978) entre dos comunidades de chimpancés del Parque Nacional de Gombe, aquel que junto a los reportes de canibalismo infantil y carnivoría sacudieron la visión que se tenía de los chimpancés como seres más amables que los humanos, ha sido asociada en años recientes a una lucha de poder entre machos de alto rango que generó una división en la comunidad original, además de una escasez de hembras fértiles. Es decir, aunque los chimpancés pueden ser agresivos, y sí pueden darse luchas entre comunidades, conflictos tan sangrientos como el de Gombe son inusuales y dependen de factores que no siempre se dan en conjunto en su ambiente natural.

Volvamos al ser humano. Hay evidencia temprana de choques violentos, como el hallazgo en Kenia de los restos de un grupo de forrajeros masacrados hace unos 10 mil años, quizás a manos de un grupo rival, y las evidencias más tempranas de conflictos intergrupales entre poblaciones asentadas provienen de un cementerio nubio de hace 12-14 mil años antes de nuestra era, con la evidencia arqueológica apuntando a que una violencia regular entre congéneres, o a niveles militaristas, estuvo por lo general ausente en la mayor parte del tiempo de Homo sapiens. Esto sugiere que, si bien los primeros humanos podían recurrir a la violencia si dos grupos de cazadores-recolectores se cruzaban entre sí en busca de los mismos recursos, probablemente no fue sino hasta el surgimiento del sedentarismo y el incremento de las densidades poblacionales, hace aproximadamente unos 10 mil años (tengan en cuenta que la evidencia más antigua de la existencia de Homo sapiens es de hace 300 mil), que las conductas de carácter belicista se convirtieron en una interacción más frecuente, tal como sugiere la mayoría de hallazgos arqueológicos de guerra.

Pero, ¿por qué ocurrió esto? ¿Y acaso no respalda que somos violentos por naturaleza? No exactamente. En un análisis sobre la evolución psicológica de la violencia, el psicólogo Aaron Goetz postula que diferentes problemas adaptativos recurrentes para nuestros ancestros, como la distribución desigual de recursos relacionados a la adecuación biológica, la negociación de estatus social, infligir costo a potenciales rivales o disuadir a una pareja de la infidelidad, podrían haberse resuelto a través del uso de la violencia. Pero no por el desarrollo de una psicología homicida, sino por de mecanismos psicológicos que permitieran identificar dichos problemas, como una sensibilidad hacia la amenaza a la jerarquía y el estatus, un seguimiento a la distribución de recursos o el procesamiento de información social como el estatus y sexo de quienes contemplan una disputa intersexual. Desarrollados estos mecanismos para recolectar información, con el fin de resolver problemas adaptativos recurrentes, una respuesta ajustada a la aceptación de riesgos (subir potencialmente en la jerarquía, asegurar la fidelidad, desplegar dominación sobre sus rivales reproductivos) sería un comportamiento antisocial como la violencia: es decir, la violencia es un subproducto evolutivo de mecanismos psicológicos de reconocimiento, no un comportamiento que evolucionara directamente como parte de nuestra conducta natural.

En otras palabras, y tal como ocurre en otras especies de mamíferos, Homo sapiens no es una especie categóricamente violenta, sino una que puede llegar a ejercerla de forma circunstancial, y por supuesto el hecho de que pueda explicarse con hipótesis de psicología evolutiva no es un respaldo moral para su ejercicio. En palabras de Goetz: “No estamos atraídos por la violencia ni desplegamos la violencia indiscriminadamente. La violencia es una estrategia sensible al contexto, aplicada en situaciones y ambientes previsibles”. Además, consideremos que también hemos desarrollado mecanismos psicológicos que conllevan a la cooperación, así como rasgos psicológicos como la empatía, la compasión y el altruismo, que son por mucho más importantes para fortalecer la cohesión social que una dominación a través de la agresión. Hay un potencial en nuestra especie tanto para ejercer la violencia como para evitarla, así que inclinarse hacia un solo lado de la moneda como una esencia intrínseca de nuestra conducta como especie es incorrecto.

De hecho, y como una curiosa ironía, el antropólogo evolucionista Richard Wrangham sostiene lo que llama la paradoja de la bondad, según la cual la capacidad de ejercer violencia organizada que hemos visto desde las sociedades sedentarias es por causa de selección hacia nuestros rasgos más positivos a nivel comunitario. Las hembras escogían machos más dóciles y cooperativos, más capaces de actuar en comunidad y fortalecer la cohesión social, que a los machos agresivos y dominantes, más dados a generar un conflicto por dominancia. Con el tiempo esto dio paso a una especie más tranquila y cooperativa, pero por las mismas razones más capaz de organizarse en proyectos de agresión proactiva como los conflictos bélicos, siendo una especie de amalgama de los estados naturales que concebían Hobbes y Rousseau. Es una propuesta osada y por supuesto abierta a debate, pero con fundamentos muy interesantes.

Por último, vale la pena recordar que cada individuo es una historia, una experiencia diferente. No todos cuentan con la fortaleza mental o el entorno familiar y social para afrontar el acoso y el maltrato, e incluso llegar a desarrollar algún mecanismo para lidiar con ello no exime de desarrollar traumas o problemas emocionales. ¿Y saben qué? Eso no hace que tengas menos derecho a vivir. Así que no, resistir acoso y maltrato porque “te ayuda a adaptarte y hacerte fuerte” está mal. No se puede seguir glorificando el martirio para alcanzar la plenitud o el éxito como persona: hay muchos factores sociales, económicos, culturales e incluso familiares y biológicos que pueden limitar el crecimiento personal y la madurez psicológica, y pretender que es culpa exclusiva de cada persona su suerte infame, porque no luchó ni se esforzó lo suficiente por “adaptarse” y resistir los embates de los demás, es una insensatez propia de los que se creen “superhombres” triunfadores. Son, tal como dijo mi buen amigo Maik (Ego) en una entrada sobre absurdas visiones conservadoras, y disculparán el lenguaje,“pseudofilosofías que sólo son justificaciones racionalizadas para los hijos de puta”. El sufrimiento no te hace especial, ni te dará siempre la razón: eres lo que puedes ser a pesar de las dificultades que enfrentas, no gracias a ellas.

Imagino que es fácil hacer la asociación de que somos una especie violenta por naturaleza, dado que el fácil acceso a la información de la actualidad y la condición socioeconómica de muchos países nos llevan a razonar que no hay otra forma de explicar tanta violencia, discriminación o corrupción. Pero yo los invito a no caer en la trampa de la sobresimplificación. Nuestra organización y conducta como especie es increíblemente compleja, y la presencia de la cultura en todos sus aspectos (religión, política, arte, ciencias, etc.) es tan vasta e interactiva con nuestras expresiones sociales y conductuales que es imposible reducir todo a una cuestión biológica única que lo explique todo. Siempre es importante tener en cuenta el contexto social y los factores que influyen en cada situación.

Y con esto cierro la entrada. Nunca te dejes intimidar ni convencer de quien asegura que eres débil por no guardar silencio ante el acoso, y que si no sufres lo suficiente no mereces crecer ni triunfar, porque está en la esencia del ser humano ser agresivo y desconsiderado. Saludos.

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