Los límites del mito de la “civilización judeocristiana”

 I. Introducción

En tiempos donde parece que el pensamiento religioso está creciendo, o al menos se empieza a presentar de nuevo como una fuerza unificadora de la población, es bastante común escuchar el mensaje de que Occidente es una civilización judeocristiana, que sus bases sociales y éticas yacen sobre la tradición histórica del judaísmo y su evolución natural hacia el cristianismo, el cual mantuvo un orden de siglos a través de las naciones que conforman lo que hoy llamamos sociedad occidental. Quienes promueven esta idea usualmente hablan de preservar instituciones y derechos históricos que, dicen, están basados en la cultura judeocristiana compartida, de modo que, o tienden a poner la religión como una necesidad para sobrevivir ante la incertidumbre contemporánea, o defienden un “cristianismo cultural”, una visión secular que defiende las prácticas e influencias sociales de la religión cristiana incluso sin profesar dicha fe.

Pero desafortunadamente, las bases del argumento por una “civilización judeocristiana” son bastante endebles, no sólo porque buscan una homogeneización de sociedades que han pasado por procesos particulares de desarrollo social, sino porque desconocen la influencia de otras civilizaciones en la construcción de los elementos compartidos a nivel cultural y político. Peor aún, la defensa de un Occidente judeocristiano acaba convertida no sólo en la racionalización de atrocidades recientes, sino también en el impulso de movimientos que, inspirados en esos “valores judeocristianos”, buscan suprimir y desaparecer los logros sociales a nivel de derechos y libertades.

Graciosamente, las victorias en derechos humanos han sido señalados también como logros de esa tradición religiosa compartida de libertad y tolerancia, incluyendo aquellos que se pretenden limitar dejando de lado el papel de la secularización liberal. Por lo tanto, es necesario abordar no sólo las intenciones antidemocráticas detrás de tales proyectos políticos, sino también el fracaso moral de esa supuesta identidad cultural compartida. De paso, y por mucho que duela, será importante a su vez confrontar el mito mismo, la idea de un Occidente culturalmente judeocristiano que necesita -o merece- nuestra protección.

II. Basta del libelo de sangre

El antisionismo no es antisemitismo

A finales de junio, una comisión internacional de investigación, mandatada por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, denunció no solo el genocidio en Gaza por parte de Israel contra la población palestina, sino que señaló específicamente los ataques intencionales contra la población infantil, abriendo directamente fuego contra menores de edad [1]. Esta denuncia se suma a una declaración de la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU, realizada el pasado septiembre, donde afirmaron que la nación de Oriente Medio cumple con cuatro de los cinco actos genocidas registrados en la Convención de 1948 [2], y coincide con las varias afirmaciones de expertos internacionales en genocidio. En otras palabras, el genocidio en Gaza por parte de Israel es una realidad.

En respuesta, la Liga Antidifamación de Estados Unidos (ADL, por sus siglas en inglés), una organización fundada en 1913 para proteger a la población judía, y que es un importante grupo en la denuncia del antisemitismo y otras formas de discriminación, acusó a la ONU de seguir “acusaciones grandes e infundadas contra Israel” [3]. Según su comunicado, el informe evita hablar en absoluto del grupo subversivo Hamás y su uso de niños como escudos humanos, mientras afirma que los crímenes del ejército israelí son actos individuales de extremistas, y no una política de Estado. Finalmente, afirman que las declaraciones del informe de la ONU llegan a salones de clase y universidades, y alimentan “la acusación de que Israel, y por extensión los judíos, son asesinos de niños deliberados”, lo que pone en riesgo la seguridad de los judíos alrededor del mundo.

El trino de la ADL es un reflejo de la tendencia reciente a nivel internacional, tanto de figuras israelíes y judías como de líderes en varias naciones, a señalar como antisemitismo no sólo a cualquier tipo de crítica hacia las acciones de Israel en Gaza desde el 8 de octubre de 2023, sino incluso a quienes manifiesten apoyo al pueblo palestino [4]. Se ha llegado a un punto en el que críticas políticas necesarias contra el modelo de apartheid que ejerce el Estado de Israel sobre las poblaciones en Gaza y Cisjordania son señaladas como antisemitas. Incluso, cuestionar las raíces y argumentos del movimiento sionista es señalado como una persecución a la población judía alrededor del mundo.

El antisemitismo es un tipo de discriminación específica hacia las personas e instituciones judías: ejercer prejuicios, hostilidad e incluso violencia hacia ellas por el simple hecho de ser judías. Eso, por supuesto, es siempre criticable. Por su parte, el antisionismo es una crítica al concepto y las acciones realizadas desde el sionismo, una posición etnonacionalista y política que reivindica la existencia de un etnoestado de Israel, y que en la actualidad defiende que dicho Estado debe existir en el territorio histórico de Palestina. Los antisionistas no cuestionan necesariamente el derecho de autodeterminación del pueblo judío, sino el hecho de que, bajo tales preceptos, el actual Estado de Israel ha desplazado a la población palestina, establecida desde hace varios siglos, y la ha sometido a un régimen donde se les considera ciudadanos de segunda clase, mientras ignoran mandatos y resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, que declaró la existencia de dos Estados en la región [4].

El sionismo nació en el siglo XIX, como uno de los tantos proyectos políticos nacionalistas europeos. Ante la realidad del antisemitismo histórico en estos países, Theodore Herzl y Max Nordau propusieron la creación de un etnoestado judío independiente donde la población judía oprimida y discriminada pudiese desplazarse y desarrollar sus vidas lejos del prejuicio y la discriminación [5]. Aunque ocupar el territorio de Palestina era apenas una de las opciones para la conformación de un Estado judío (se consideraron establecerse en zonas como la región de Ararat, la actual Uganda, Rusia, Madagascar, e incluso Argentina), tras la Segunda Guerra Mundial se decidió que la población judía se estableciese en Palestina, si bien ya llevaban décadas de colonización y conflicto -incluyendo a través de milicias paramilitares- con los habitantes palestinos.

Hay varios aspectos, tanto de las acciones del Estado israelí, como de un concepto etnonacionalista en general, que pueden y deben ser cuestionadas. Organizaciones judías internacionales, sin embargo, no lo ven así. La ADL asegura que el antisionismo no es más que una nueva forma de antisemitismo, que desconoce la conexión de la población judía mundial con la nación de Israel y demonizan al país [6], al punto que la organización ha sido criticada por actuar más como un grupo que rastrea a los críticos de Israel y hacen más trabajo de defensa de la nación política que del pueblo judío como tal [7] [8]. De manera similar, la Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto (IHRA) adoptó en 2016 una definición de antisemitismo que incluye 11 ejemplos ilustrativos, siete de los cuales son críticas a Israel [9], y que, aunque no es vinculante, ha sido empleada por naciones como Estados Unidos, Reino Unido y Alemania para suprimir concentraciones a favor de Palestina en universidades y ciudades, lo que por supuesto significa que cualquier crítica a los abusos del Estado israelí ha pasado a ser considerada antisemita [4].

Imagen del grupo activista Palestine Action, declarado terrorista por el gobierno de Reino Unido.

A los defensores del sionismo y el Estado de Israel les gusta señalar que las acusaciones de apartheid, discriminación y genocidio contra el pueblo palestino no son más que las expresiones más recientes del libelo de sangre, viejas acusaciones antisemitas en las cuales se decía que los judíos asesinaban niños cristianos y usaban su sangre para oscuros rituales religiosos. Es cierto que en las redes aparecen supremacistas blancos y neonazis que intentan aprovechar las críticas a Israel por el genocidio palestino para colar sus ideas antisemitas y teorías de conspiración, y eso merece todo nuestro repudio y rechazo. La crítica a las políticas del Estado de Israel no puede ni debe abrir las puertas hacia el antisemitismo y el racismo.

Pero al mismo tiempo, imaginar que todas las personas judías son sionistas o se adscriben al proyecto político de Israel es una esencialización que homogeniza a millones de personas, y eso es una visión más cercana al racismo y los estereotipos que a un movimiento de liberación [4]. Criticar al sionismo es criticar una ideología política y nacionalista, no a un grupo étnico en su totalidad, y debería entenderse como tal. Cuestionar la violencia ejercida por Israel contra una minoría no es un libelo de sangre: es señalar una realidad a la que líderes internacionales siguen dando la espalda, y que erosiona la idea de un Occidente civilizado que respeta y hace cumplir los derechos humanos en todo rincón del mundo [10].

El año pasado, un artículo en la revista académica Media, Culture & Society analizó el uso del término antisemitismo en The Jewish Chronicle, el periódico judío de mayor antigüedad, y encontró una tendencia de instrumentalización de dicho término para fomentar el pánico moral y el lenguaje del trauma para legitimar y proteger el dominio racial violento contra los palestinos y los activistas propalestinos [11]. Pisotear la libertad de criticar un proyecto político como Israel no sólo es suprimir la libertad de expresión, sino jugar en los terrenos del autoritarismo, despojar a una nación de cualquier responsabilidad sobre sus atrocidades bajo el perfil de la eterna víctima de persecución y discriminación, mientras ejerce persecución y discriminación contra otro pueblo. Incluso un estúpido como J.D. Vance, el vicepresidente de los Estados Unidos, por una vez dijo algo cierto: cuando señalas toda crítica como antisemita y odio a los judíos, entonces el concepto mismo deja de tener significado y valor [12].

¿Por qué la ortodoxia judía parece más crítica con Israel que el secularismo “occidental”?

Por supuesto, dado que el sionismo puede tomar diferentes formas -no solo político, sino cultural, religioso, etc.-, es natural que la oposición al mismo sea expresada de distintas formas. Hablar del sionismo como si fuese parte de la propia identidad judía es desconocer que hay judíos, tanto de la diáspora como dentro del propio Israel, que han alzado su voz en contra de las políticas discriminatorias de la nación, tal como ocurrió en 2018 con la promulgación de leyes que redefinieron Israel como una nación judía y autorizaban a las comunidades de mayoría judía a rechazar la aplicación de residencia de palestinos árabes y judíos de origen no europeo, entre otros grupos [13] [14].

Desde la violenta respuesta de la nación a los atentados del 7 de octubre, el apoyo de la comunidad judía internacional a Israel ha decaído significativamente: una encuesta reciente en Estados Unidos encontró que apenas cuatro de cada diez jóvenes judíos devotos consideran el apoyo a Israel una parte importante de su identidad judía, muchos se oponen fuertemente a las acciones militares contra Gaza, y tres de cada diez menores de 45 años reconocen el genocidio gazatí [15]. Así como ADL manifestaba orgullosamente que tanto judíos practicantes como seculares, dentro y fuera de Israel se manifiestan en la defensa del sionismo [6], también hay muchos igualmente variados que se oponen al proyecto etnonacionalista de Israel, e incluso cuestionan su legitimidad como nación [16].

Un grupo que a menudo es destacado como opuesto al sionismo y las políticas de Israel es la ortodoxia judía. Si bien se ha exagerado un poco la extensión de las críticas al sionismo dentro de la comunidad ortodoxa [17], y de hecho el sionismo religioso comprende una porción grande de los judíos tradicionales, también es real que la vasta mayoría de las comunidades jaredíes, consideradas ultraortodoxas, se enfrentan de algún modo a la ideología sionista [18] [19]. Los líderes jaredíes por lo general cuestionan la orientación secular del Estado israelí -si bien dicha “secularidad” es bastante debatida [20]-, y la mayoría de la comunidad no se considera sionista: mientras que algunos no ven importancia religiosa en la existencia del Estado de Israel, pero lo apoyan como una forma de proteger al pueblo judío, otros directamente cuestionan su existencia misma, bajo el argumento de que un regreso político a Tierra Santa sin la guía e instrucción del Mesías es negación de la providencia divina y la fe en su destino y redención como pueblo [18] [19]. Los jaredíes también se han opuesto a la conscripción y al servicio militar por razones religiosas [21].

Jaredíes protestando contra el reclutamiento en Israel.

Pero los judíos ortodoxos no sólo se han opuesto al sionismo y las acciones de Israel por la religión. También han sido agudos en señalar la historia violenta detrás de la conformación del Estado israelí, con la infame Nakba -el desplazamiento de la mitad de la población árabe del territorio- de 1948 y la captura militar de los territorios palestinos en 1967, por lo que muchos han participado en protestas antigenocidio en Estados Unidos. De acuerdo con Dovid Feldman, un rabino miembro de Neturei Karta, organización ortodoxa que se opone al nacionalismo judío por cuestiones tanto religiosas como morales, los crímenes cometidos por el Estado de Israel desde su fundación son una violación tanto de los derechos humanos como del propio judaísmo [22], por lo que han apoyado el caso presentado por Sudáfrica ante la Corte Penal Internacional para denunciar los crímenes en la franja de Gaza [23].

Irónicamente, estos grupos con grandes convicciones religiosas han sido, por diferentes razones, más firmes en cuestionar la posición de Israel hacia Gaza que grandes figuras del movimiento escéptico anglosajón, en particular personajes del Nuevo Ateísmo. Siempre prestos para criticar al islam como una religión de violencia y muerte, han sido -poco- sorprendentemente parcos en señalar los excesos de Netanyahu y las atrocidades ejercidas contra la población palestina. Por supuesto, muchas personas escépticas y ateas hemos denunciado la ofensiva genocida desde 2023 [24], pero es curioso que referentes como Sam Harris, Richard Dawkins y Bill Maher han sido apologistas tan descarados del sionismo israelí.

Si bien Dawkins fue crítico de las acciones israelíes durante el conflicto de 2014, en clara diferencia con su entonces colega atea, Ayaan Hirsi Ali -quien incluso sugirió que Netanyahu merecía el Nobel de la Paz [25]-, fue mucho más indulgente tras el 7 de octubre, comentando en un podcast junto al también biólogo evolutivo y ateo Jerry Coyne que la motivación palestina no era sólo por sus tierras sino también por antisemitismo al estilo nazi [26], declaración que, junto a otras, le valió fuertes críticas incluso de sus propios seguidores. Bill Maher ha defendido consistentemente el papel del ejército israelí en Gaza, ha rechazado los señalamientos de genocidio, e incluso quitó cierta importancia a los crímenes de guerra, afirmando que “todos los ejércitos los cometen en cada guerra[27], además de no cuestionar al comentarista político Van Jones cuando este hizo el infame comentario “gracioso” de “bebé de Gaza muerto” [28]. En cuanto a Sam Harris, siempre defensor de Israel incluso cuando reconoce que se han “excedido” en Gaza, ha rechazado tanto el calificativo de genocidio como la existencia de una estrategia de hambruna contra la población [29], ambos hechos reconocidos tanto por expertos e investigadores de genocidio como comités de investigación y la organización Médicos sin Fronteras [30], y ha llegado a hablar de la comparación moral entre Israel y sus países vecinos como un “pecado” [31].

Las deficiencias racionales de parte de estas figuras a la hora de analizar la situación en Gaza no han tomado precisamente por sorpresa a muchos de sus críticos. Si algo fue señalado casi desde sus inicios como una debilidad sangrante en el Nuevo Ateísmo es que su postura antiteísta a menudo descansaba en un análisis histórico y geopolítico profundamente deficiente, en particular con respecto a la región de Oriente Medio [32] [33], sesgado además por una visión del islam como una religión excepcionalmente perversa que no pocas veces ha caído en una islamofobia pura [34], al punto que, irónicamente, han acabado promoviendo también soluciones geopolíticas tan violentas como las del extremismo religioso que tanto denuncian [33].

Este acercamiento tan superficial a las complejidades históricas, políticas y sí, religiosas también, en Oriente Medio, llevó por supuesto a que muchas de estas figuras defendieran la presencia de Israel como un bastión en la región contra el extremismo, “la única democracia de Oriente Medio”, que frenaba la expansión del radicalismo musulmán hacia las naciones europeas, al punto que acabaron blanqueando las horribles condiciones de apartheid de la población palestina y su resistencia contra el proyecto sionista [35]. Esta identificación del Estado israelí con los valores seculares y democráticos también reflejan cómo estas grandes figuras del Nuevo Ateísmo acabaron ofreciendo justificaciones racionalizadas a la Guerra contra el Terror y las nuevas tácticas imperialistas de las grandes potencias como una defensa chovinista de los “valores universales” de Occidente [34] [36] [37]. Por ello, el Nuevo Ateísmo no sólo acabó siendo una defensa tácita del nacionalismo conservador en países occidentales, sino también una puerta de entrada a la alt-right y los movimientos en contra de la justicia social [38].

Por supuesto, esto no es una defensa del fundamentalismo extremista en el islam, ni mucho menos de la masacre del 7 de octubre perpetrada por Hamás. Pero es importante señalar cómo, mientras que diversas comunidades judías, tanto religiosas como seculares, se han sumado a las críticas frente al genocidio en Gaza [39] y a un discurso religioso que en décadas recientes se ha ido recuperando y apropiando dentro del proyecto sionista de Israel [40], estos Nuevos Ateos mencionados fueron tan carcomidos por su antiteísmo férreo contra el islam que son incapaces de ver las atrocidades y violaciones a los derechos humanos cometidas por “la única democracia en Oriente Medio”. Una defensa de perspectivas humanistas para las sociedades necesita de mejores análisis no sólo acerca de cómo el pensamiento religioso persiste y en ocasiones se radicaliza, sino también de los contextos históricos, las estructuras de poder y las crisis políticas y sociales, tanto presentes como futuras, que pueden exacerban estos problemas [41].

El problema no es Netanyahu: es Israel

Aun cuando hay amplios sectores de la sociedad israelí que critican la ofensiva contra Gaza, lo cierto es que sigue existiendo un desinterés por la situación de los palestinos. Si bien una encuesta local realizada a mediados de 2025 mostró que el 74% de los israelíes apoyaban un acuerdo del gobierno con Hamás para liberar a los rehenes del 7 de octubre y acabar con el conflicto, un 79% de los israelíes de origen judío manifestaron inquietarse poco o nada por los reportes de hambruna y sufrimiento de la población gazatí, en comparación con el 86% de los judíos árabes estando bastante preocupados por ello [42]. Y tristemente, la relación de muchos israelíes con la situación en Gaza va más allá de una simple indiferencia.

Tan pronto como empezaron los reportajes y videos de la tragedia palestina, las redes sociales se llenaron de videos increíblemente ofensivos y racistas creados por israelíes burlándose de la población. TikTok se llenó de reels con influenciadores y creadores de contenido más modestos pintándose un diente de negro, unicejas y poniéndose kufiyas mientras actuaban con acentos horribles y poniéndose en escenarios mofándose de la falta de comida y servicios básicos [43] [44], algo denunciado incluso por el periódico israelí Haaretz, que ha sido bastante crítico con el discurso del gobierno hacia Gaza. Soldados de las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) también han sido cuestionados por subir contenido a redes donde glorifican la destrucción de la infraestructura en Gaza y el sufrimiento de la población palestina [45].

Por supuesto, el propio poder político en Israel ha sido bastante abierto en el uso de lenguaje violento y deshumanizante contra la población palestina. He mencionado con anterioridad declaraciones como el llamar “Amalec” a los gazatíes, o que no hay ninguna persona inocente, ni siquiera los niños, dentro de Gaza [24]. Netanyahu ha sido sin duda el más prolífico en estos discursos que toman fragmentos de la Torá para justificar su ofensiva genocida. Sin embargo, una figura que ha destacado recientemente, tanto por sus declaraciones como por sus conductas abusivas al punto de dar la impresión de ver en vivo a un psicópata, es Itamar Ben-Gvir, político ultraderechista y ministro de Seguridad Nacional de Israel.

Ben-Gvir saltó a la imagen internacional este año cuando se publicaron videos en donde abusaba verbalmente de los activistas extranjeros detenidos en una flotilla que iba de camino hacia Gaza transportando ayuda o forzaba a una mujer a arrodillarse mientras clamaba por la libertad de Palestina [46]. Los videos desataron una ola de indignación a nivel internacional, en especial por parte de los países europeos de donde provenían varios activistas, y las denuncias de abuso físico y violencia sexual de los miembros de la flotilla tras su liberación propiciaron una investigación contra Ben-Gvir por parte de fiscales italianos [47].

Aunque Netanyahu intentó desvincularse del escándalo manifestando que Ben-Gvir no representa los valores y normas de la nación, lo cierto es que ni hubo una sanción contra el ministro de Seguridad Nacional, ni se trata de una conducta nueva de parte suya. Rechazado del ejército por sus ideas extremistas y seguidor en su juventud de las ideas ultranacionalistas y neofascistas del rabino Meir Kahane [48], la carrera política de Ben-Gvir ha estado llena de escándalos, como llamados a deportar oponentes políticos, intentar abrir fuego contra una protesta palestina en un barrio de Jerusalén, apoyar la entrega de pistolas a los ciudadanos judíos, visitar reiteradamente el Monte del Templo con manifestantes que vociferan muerte a los árabes, y por las constantes denuncias de abuso, tortura y violaciones contra prisioneros palestinos en las prisiones del país desde que asumió como ministro en 2022 [46] [49]. Esto último ha sido intensamente denunciado en meses recientes, con casos indignantes como el de un prisionero que fue abusado sexualmente por cinco reservistas que luego fueron liberados de sus cargos -y quienes fueron respaldados por una protesta de políticos ultraderechistas [50] [51]-, una detallada investigación del New York Times acerca de la violencia sexual ejercida contra la población palestina como forma de humillación y control [52] -investigación criticada por Netanyahu como “libelo de sangre”-, y reportes de que al menos 84 prisioneros palestinos han muerto en campos de tortura israelí [53].

Sin embargo, como bien advirtió el columnista Dan Perry en el diario judío independiente Forward, mal haríamos en tomar las acciones políticas y radicalismo de Ben-Gvir como un evento marginal en la sociedad israelí [54]. Él es la encarnación manifiesta no sólo del nacionalismo ultraderechista que ha sido dirigido y alimentado por Netanyahu durante décadas, sino de la propia degradación moral en el fondo de la sociedad israelí, de los años de militarización obligada y mensajes de deshumanización contra el pueblo palestino. No es de sorprender que buena parte de la población lo respalde abiertamente [55], al punto que su partido de ultraderecha, Otzmá Yehudit (Fuerza Judía) haya ido ganando poco a poco seis escaños en la Knéset tras las elecciones de 2022, y se proyecta a ganar al menos uno más en las próximas elecciones [56], algo que, si bien es bastante poco, nos dice que las visiones más extremas del sionismo van tomando asidero.

Izquierda: bandera de Otzmá Yehudit. Derecha: bandera de Kach, partido kahanista proscrito en 1994 por racismo y apología al terrorismo, y del cual se considera que Otzmá Yehudit es su heredero ideológico.

Porque el problema no son simplemente este par de personajes miserables. Es esa visión colonialista y supremacista que también se ha instalado en Israel, en el proyecto sionista que ahora busca la “reconstrucción” de un Gran Israel, al punto que ha atacado abiertamente a la población árabe en el sur del Líbano, ha cometido crímenes de guerra contra la población de Irán -llegando a matar al ayatolá Ali Jamenei y a gran parte de su cúpula dirigente-, y también ha ocupado partes de Siria [57]. Y esto ha sido protegido y celebrado tanto por la población israelí y sus dirigentes políticos como por sus aliados internacionales, especialmente Estados Unidos [57] [58]. Sus presidentes pueden criticar las violaciones reiteradas de Netanyahu al derecho internacional, pero nunca intervienen al respecto. La cooperación militar se ha mantenido.

Esta construcción de Israel como una potencia etnonacionalista local con aspiraciones coloniales es algo contra lo que advirtieron pensadores judíos como Hannah Arendt y Primo Levi tras la Segunda Guerra Mundial, tal como señaló el ensayista indio Pankaj Mishra en El mundo después de Gaza. La tragedia de la Shoah, el Holocausto judío, fue apropiada por el movimiento sionista como una base fundacional del Estado de Israel para justificar su expansión en la Palestina ocupada, mientras que al mismo tiempo se promovió en la memoria de las naciones occidentales para justificar su apoyo militar y político a la naciente nación judía, quizás como expiación de su indiferencia y malos tratos hacia los refugiados judíos y las denuncias acerca de lo que el régimen nazi estaba haciendo, y construyendo el mito de Israel como un bastión de la democracia secular y la civilización occidental y judeocristiana. Así, mientras que Alemania convirtió su apoyo a Israel en asunto de Estado, Estados Unidos optó por presentar una versión americanizada del Holocausto para que ocupase la memoria de sus ciudadanos [59]. Irónicamente, la entronización de la Shoah como una herida cultural e histórica del pueblo judío se convirtió en el fundamento del fascismo israelí.

En un triste giro de los eventos, el genocidio en Gaza acabó rompiendo con ese excepcionalismo de Israel como víctima perpetua, incapaz de perpetrar la misma violencia que sufrió su pueblo, y desnudó su condición como un proyecto colonialista en un mundo postcolonial [60]. Cuando el etnonacionalismo israelí propuso al sionismo como una parte fundamental de la condición judía, convirtió dicha condición en un escudo para proteger su ejercicio de la segregación étnica, la discriminación y la violencia [40], pero forzó tanto su suerte que ha terminado por sacar a la población mundial de los espejismos de “la única democracia de Oriente Medio” y la aplicación universal del Derecho Internacional Humanitario. En palabras de Mishra:

La profunda ruptura que percibimos hoy es la ruptura final de la historia final del mundo desde la cota cero de 1945: la historia en la que la Shoah era la referencia universal para el calamitoso derrumbe de la moralidad humana.[59]

Aunque Israel ha buscado fortalecer sus alianzas e influencia en América Latina, estando ubicado en medio de una región hostil, con una crisis geopolítica y económica sobre sus aliados más poderosos por causa de sus propias ambiciones, se encuentra en una incertidumbre. Y aunque logre prosperar, sus acciones han dado un golpe terrible a la propia seguridad de la comunidad judía alrededor del mundo, alimentando el antisemitismo que ha supurado en la extrema derecha a la que, irónicamente, Netanyahu se ha acercado mucho en estos años. Recuperar la identidad judía requerirá recuperar aquellos valores humanistas presentes en la tradición judía, y rescatar la propia historia judía, para romper con la debacle cultural y moral construida como identidad por el sionismo israelí, tan protegido y perpetuado a través del apoyo político occidental [61].

III. La eterna intromisión de la cruz.

Entre el fútbol y las iglesias

La derrota de la selección de fútbol de Brasil en la reciente Copa Mundial de 2026 generó un debate bastante curioso en redes sociales. El pésimo desempeño de sus jugadores llevó a algunos a desarrollar la hipótesis de que esto era causa de la creciente influencia del cristianismo evangélico en un país tradicionalmente católico, así como en varios de los miembros de la selección [62]. De acuerdo con esta hipótesis, la cooperación, creatividad e improvisación típicas del estilo de fútbol brasileño, fruto de su herencia africana, fueron sustituidos por un modelo más individualista, con movimientos predeterminados y restrictivos, y una aceptación resignada de los resultados que afectó profundamente el jogo bonito del pentacampeón [63].

La hipótesis es tentadora, y su planteamiento al menos refleja discusiones sobre la identidad brasilera en tiempos recientes, cuando el evangelismo se ha convertido en la religión principal de cerca del 25-31% de la población. No obstante, expertos consultados por Revista Cambio señalaron que establecer una causalidad es difícil, y que la decadencia del juego de la selección de Brasil es una cuestión multicausal, donde entran factores económicos, personales, y por supuesto deportivos, pues el fútbol ha evolucionado hacia modelos de juego más tácticos y tridimensionales, enfocados en la eficiencia y una función estricta para cada jugador [63], algo señalado también en un ensayo de 2024 publicado en Medium, donde se analizaba cómo este modelo europeo y su adherencia estricta al mismo no ha encajado bien con una tradición deportiva más espontánea y creativa [64]. Incluso si se aceptase el papel de la religión en la decadencia del fútbol de Brasil, haría falta un extenso estudio sociológico que compruebe tal vínculo.

Por otro lado, la discusión sobre el fútbol y la religión trajo de vuelta un debate recurrente e importante en América Latina: el auge de las iglesias evangélicas -o, siendo más precisos con el lenguaje, neopentecostales-, la forma poco orgánica en la que irrumpieron en el escenario religioso de la región, y su influencia en la esfera política de varios países en tiempos recientes [65]. Explicar esto no es tan fácil como parece pues, si bien existe evidencia del papel de EE.UU. en la introducción de grupos misioneros evangélicos en América Latina [66] [67], los movimientos neopentecostales son bastante diversos en estructura y expresiones religiosas, a menudo ajustados a los contextos sociales locales [68], de modo que toca ser riguroso al hablar del tema.

Durante la década de 1960, el auge de movimientos revolucionarios en América Latina vino de la mano, a través de la interacción entre ciencias sociales, teología y el trabajo comunitario, con la Teología de la Liberación, una corriente cristiana de pensamiento sociopolítico que interpretaba el evangelio de acuerdo con la experiencia de las personas oprimidas. Como una síntesis de la doctrina cristiana y el análisis socioeconómico de la teoría marxista, la Teología de la Liberación, cuya principal vertiente en nuestra región fue católica, propone reorganizar las estructuras sociales, políticas y económicas para lograr la prosperidad de las comunidades marginadas a través de la propia Iglesia [66] [67], con un énfasis en la práctica por encima de la doctrina y en un cristianismo descentralizado a semejanza del cristianismo temprano.

Si bien la Teología de la Liberación no hacía un llamado explícito al uso de las armas y la violencia política como camino hacia la transformación social, tuvo una fuerte influencia en la formación y composición ideológica de grupos de extrema izquierda como el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua y el Ejército de Liberación Nacional (ELN) en Colombia. [69]. Por ello, su presencia en la región fue vista como una amenaza para los intereses de un EE.UU. en medio de la Guerra Fría. Esto llevó a que, tras una gira en América Latina, el entonces presidente Richard Nixon, por sugerencia del magnate Nelson Rockefeller, se financiara de forma estatal y privada a pastores evangélicos de origen norteamericano, principalmente del movimiento carismático, que luego se establecerían en nuestra región, como una forma de expandir la influencia del cristianismo protestante y debilitar el papel de la Iglesia Católica y su influencia “comunista” [66].

¿Quiénes son estos carismáticos? Fueron líderes que empezaron a surgir dentro de la corriente protestante pentecostal en los 60, con énfasis en el bautismo del Espíritu Santo, los cantos y experiencias como la profecía y la sanación, como un proceso de revitalización de una religión que empezaba a estancarse [65]. Su llegaba y expansión en América Latina no sólo coincidió con el auge del neoliberalismo, sino que tomó elementos de este para redefinir su ética cristiana de acuerdo con este nuevo enfoque socioeconómico [65] [68]. Es así como se establecen las bases de los movimientos neopentecostales, esos que solemos llamar indistintamente en la región como “evangélicos”.

Si bien los movimientos neopentecostales son variados, comparten ciertos elementos comunes: la unción a través del Espíritu Santo, el marketing y la masificación mediática de la fe como estética de atracción, una industrialización de la música de culto, la expansión del mensaje de salvación como proselitismo para hacer crecer los números de la iglesia (denominada “iglecrecimiento”), la apertura al mundo y sus bondades materiales, y su rasgo definitorio: la Teología de la Prosperidad [65] [68]. Este principio emprendedurista sostiene una relación entre la comunión con Dios y el bienestar material que obtienes en la labor religiosa: en palabras populares, al pastor le va bien porque “lo eligió el Espíritu Santo” y “fue bendecido” [65].

La Teología de la Liberación es fundamental en el éxito del neopentecostalismo, puesto que no sólo promete riqueza y salud como una bendición de Dios, un símbolo de la mediación con lo divino, sino que las convierte en la demanda legítima de un verdadero cristiano, algo a lo que cualquiera debería aspirar y buscar activamente [68]. Las iglesias neopentecostales trabajan en presentar estrategias de crecimiento para el individuo, un discurso aspiracional que trasplanta en cierta forma el concepto del “sueño americano”, donde tu éxito depende de tu voluntad y esfuerzo individual [68] [70]. La masificación mediática y su estructuración en células locales como base de su estrategia de atracción a futuros creyentes también ha tenido un peso importante [68].

La estructura horizontal y flexible de varios movimientos neopentecostales promueven un sentimiento de interdependencia en la comunidad religiosa, al mismo tiempo que dan la oportunidad a que cualquier feligrés, con el tiempo, alcance la comunión necesaria con el Espíritu Santo para convertirse en líder religioso [65] [66] [68]. Esto ha permitido un gran auge de las iglesias neopentecostales no sólo entre sectores urbanos de clase media, siempre con aspiraciones de movilidad social, sino también en barrios populares, zonas rurales e incluso comunidades indígenas [68].

Explicado todo esto, hablemos entonces de su influencia política. Un elemento importante en la doctrina neopentecostal es la llamada guerra espiritual, donde el mundo es un campo de batalla entre las fuerzas divinas y el demonio por dominar a la humanidad, una batalla en la que el cristiano es otro soldado [68]. La influencia del mal no se reduce solamente a los vicios humanos como las drogas, el alcohol o el desempleo, sino también en una escala macro. Algunas iglesias consideran que los grandes desastres naturales, la pobreza, la desigualdad, las pandemias y todas estas calamidades son producto de la influencia maligna, manifestada a través de la tolerancia de conductas pecaminosas en la sociedad general: la legalización del aborto, los métodos anticonceptivos y la enseñanza sexual y reproductiva, el matrimonio igualitario, e incluso también ideas políticas como la redistribución de la riqueza, el laicismo de Estado, y en general toda propuesta que combata la desigualdad desde un paradigma contra el modelo neoliberal [65] [68].

Imagen de una marcha con el mensaje #SalvemosLas2Vidas en Argentina.

La polarización ideológica dentro del campo evangélico durante su establecimiento y auge en América Latina dio lugar a que, hacia los 80 y 90, surgiesen figuras políticas conversas al pentecostalismo y el neopentecostalismo que construyeron plataformas políticas claramente religiosas, mientras avalaban regímenes totalitarios y de derecha conservadora [68]. Con la llegada del siglo XXI y la transformación social en torno a derechos sexuales y reproductivos, la agenda política evangélica se reorientó hacia la defensa de los valores morales tradicionales de la sociedad, con una fuerte oposición a los derechos de las minorías sexuales, la despenalización del aborto y reivindicaciones de corte feminista [65] [68]. Si bien en su inicio algunos sectores neopentecostales se alinearon con políticos conservadores, como fue el caso de Lula en Brasil y López Obrador en México, el avance de los derechos civiles mencionados en la región choca con los intereses de los sectores más fundamentalistas de sus iglesias, con lo que buena parte de sus líderes se han inclinado hacia la derecha conservadora e incluso con sectores ultraderechistas [65] [68] [70].

El peso electoral de los neopentecostales los ha hecho protagonistas de varios sucesos políticos importantes en América Latina, tales como el triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil gracias a una bancada evangélica en 2018, el triunfo del No en el plebiscito por la paz de Colombia y la victoria de Jimmy Morales en las elecciones de Guatemala en 2016, así como el paso a segunda vuelta del cantante cristiano Fabricio Alvarado en las presidenciales de Costa Rica de 2018, y la elección de Rosario Murillo en 2016 como vicepresidenta en la dictadura de su marido, Daniel Ortega, en Nicaragua [65] [68]. También han tenido un papel electoral importante en las victorias recientes de José Antonio Kast en Chile y Abelardo de la Espriella en Colombia.

Otro elemento político importante en los movimientos neopentecostales es su relación con el sionismo e Israel. Lo primero no es exactamente nuevo: el apoyo cristiano al retorno del pueblo judío a Tierra Santa se puede rastrear hasta el puritanismo del siglo XVII [71]. En cuanto a lo segundo, el dispensacionalismo, un sistema teológico prevalente en el evangelismo que afirma que la historia se divide en diferentes eras o dispensaciones en las cuales Dios se ha relacionado de distintas formas con el pueblo elegido, afirma que las promesas realizadas a Israel en el Antiguo Testamento siguen vigentes y serán cumplidas durante el período de mil años reconocido en el Apocalipsis [72]. En otras palabras, el dispensacionalismo vincula el regreso del pueblo judío a Palestina con la Segunda Venida de Cristo y el fin de los tiempos, por lo que es una base importante del llamado sionismo cristiano [70].

Esta relación del evangelismo -y, por consiguiente, de las corrientes pentecostales y neopentecostales- con el sionismo en tiempos contemporáneos ha mutado de un respaldo a la comunidad judía hacia una identificación con el Estado político de Israel [71]. Esto ha conducido no sólo a una colaboración política e ideológica entre ambos en países de América Latina, sino a una defensa incondicional de las decisiones políticas y militares de dicha nación, incluso aquellas que involucran el desplazamiento y la violencia contra el pueblo palestino, como un designio divino [71] [72]. El dispensacionalismo se transforma en otro dogma de fe incuestionable que esquiva las críticas éticas y humanitarias hacia el apartheid en Israel, mientras que irónicamente se espera que la mayoría de los judíos perezcan durante las tribulaciones del fin de los tiempos, y los sobrevivientes se conviertan finalmente al cristianismo.

Volvemos entonces a la cuestión de los valores comunes en la supuesta civilización judeocristiana que somos todos en Occidente. La agenda política neopentecostal no sólo es una lucha espiritual, sino también una política y cultural: las tradiciones y valores cristianos son una parte integral de nuestro origen común, y preservarlos es fundamental para mantener el orden de la sociedad. Como actores fundamentales en las dispensaciones de Dios, el pueblo judío es primordial entonces en el origen del cristianismo y la construcción de nuestras sociedades, de modo que su supervivencia es existencialmente crítica para el triunfo cultural, político y espiritual de Occidente.

La contrarrevolución cultural de Abelardo

Tras la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia, los ojos han estado puestos sobre los nombramientos del presidente electo, De la Espriella, en las distintas carteras ministeriales. En parte para identificar en qué forma jugaría sus cartas con las alianzas y apoyos de los de siempre que tuvo que buscar para presentarse como el candidato de “los nunca”, y en parte por tener una idea de la dirección que tomaría su gobierno en temas como la educación y la cultura, que siempre han sido de importante conflicto entre sectores políticos del país.

Esto en particular porque De la Espriella presentó una hoja de ruta con los cuatro objetivos de su gobierno y del proceso de empalme con el saliente Gustavo Petro, entre los cuales llamó la atención el segundo, la “contrarrevolución cultural”. Durante su campaña, el próximo presidente habló mucho acerca de combatir la “ideología de género”, el espantapájaros favorito de la extrema derecha en tiempos recientes, de poner de nuevo a Dios en los colegios y “restaurar la familia tradicional”. Estos temas quedan recogidos en el objetivo mencionado, que busca “restablecer el orden de las cosas y recuperar el relato que la izquierda radical ha subvertido[73].

Tales intenciones quedaron enfatizadas con las elecciones en Educación y Cultura. El primero quedó a cargo de Viviane Morales, experta en derecho constitucional recordada en parte por ser la primera fiscal general de la Nación y, más polémicamente, por su fe cristiana, que la llevó a emprender una campaña de desprestigio contra el Ministerio de Educación en 2016, en aquel entonces dirigido por Gina Parody, por cuenta de unas cartillas de educación sexual [74]. Sin experiencia en educación, su discurso acerca de que el Mineducación promovía la “ideología de género” en los colegios, sumado a acusaciones similares en contra del acuerdo de paz con las FARC, fue uno de los principales motores que llevaron al triunfo del No en el plebiscito de 2016 [74] [75]. También promovió un referendo para modificar la Constitución y restringir la adopción a parejas conformadas por hombre y mujer, eliminando así la opción para parejas del mismo sexo, propuesta que acabó archivada en 2017 [75].

Si bien es claro que Morales llega con toda la intención de contravenir el carácter laico de la educación pública y debilitar esta última en favor de la educación privada, así como enfrentar a la Federación Colombiana de Educadores (FECODE) y “sacar a Marx de las escuelas”, la tarea no le resultará fácil en todos los frentes. La Política Nacional Intersectorial de Sexualidad, Derechos Sexuales y Derechos Reproductivos, expedida por la administración de Petro, obliga al Ministerio de Abelardo a implementar una iniciativa de educación sexual integral (ESI) en los colegios, coordinando acciones con entidades territoriales, hacer seguimiento a la incorporación de la ESI, expedir lineamientos de política educativa y coordinar las secretarías de educación para la implementación de la estrategia [76]. Todo esto en seis meses tras la expedición, y con validez hasta 2035, de modo que Morales no tiene mucho margen de maniobra ante una política que va en contravía de sus posturas religiosas y políticas, si bien es probable que se enfoque en reducir recursos económicos para golpear indirectamente su implementación.

Y hay urgencias más apremiantes en la educación colombiana que una “ideología de género” que no existe o un supuesto adoctrinamiento marxista que no ves ni en la universidad. Como detalló Mariana Sanz de Santamaría, fundadora de la ONG de educación sexual integral Poderosas, en La Silla Vacía, cinco de cada diez niños menores de diez años en Colombia no son capaces de leer un texto simple, el 71% de los estudiantes no alcanza el nivel mínimo en matemáticas, el promedio nacional de las pruebas Saber 11 es de 254,2 puntos en un marco de 500, y hay brechas de género y en zonas rurales; además, hay grandes carencias en infraestructura básica -especialmente en el sector rural-, pedagogía de inclusión y diversidad, estándares de bienestar socioemocional para el alumnado y tránsito hacia la educación superior [77]. Hablar de combatir el “adoctrinamiento” en un país donde el sistema educativo nacional no tiene un currículo homogéneo es un desperdicio de tiempo y recursos para un gobierno que supuestamente planea austeridad y reducción del Estado.

En el caso de Mincultura, donde Abelardo plantea la cultura como “motor de prosperidad, soberanía y prestigio” [78], la designada fue Paola Holguín, ex senadora del Centro Democrático, partido al que renunció para sumarse a la campaña de Defensores de la Patria, con varios ejes claros de trabajo: la protección del patrimonio cultural, la “batalla cultural”, la internacionalización de la cultura colombiana, fortalecer la gerencia institucional y elevar la formalización y calidad de vida de los artistas en el país [79]. Su nombramiento es incluso más polémico que el de Morales, no sólo porque tampoco tiene experiencia en el sector cultural, sino además porque desde hace años han pesado denuncias contra su padre, Frank Holguín, por relaciones de testaferro con el difunto Pablo Escobar. También se ha criticado que el énfasis de este próximo período en Mincultura parece dirigirse hacia una mirada industrial y empresarial de la cultura, algo que fue criticado en su momento durante el (sub)gobierno de Iván Duque y la llamada “economía naranja” por el riesgo de exigencias administrativas a los artistas nacionales y la subordinación de los procesos creativos a criterios económicos y productivos [80].

Uno de los ejes en el nombramiento de Holguín, la “batalla cultural”, guarda especial importancia cuando lo contrastamos con el reciente nombramiento de Enrique Serrano López, filósofo de profesión, como asesor presidencial de Abelardo, con el propósito de traducir y organizar las ideas y debates de la “Patria Milagro” [81]. López, reconocido por su tendencia hispanista y un escándalo durante su tiempo como director del Archivo General de la Nación sobre un proyecto editorial de la primera dama en (sub)tiempos de Duque, tendrá la función de orientar apoyar al presidente entrante en la construcción de argumentos para sus propuestas políticas e ideológicas, así como de establecer consensos con otros sectores políticos sin dejar de lado los principios con los que se hizo elegir. De acuerdo con el anuncio de Abelardo en su cuenta de Twitter, “la batalla más importante que libra una nación es la batalla por las ideas”.

El concepto de batalla cultural se ha vuelto recurrente en tiempos recientes, en especial por parte de políticos de las nuevas derechas en la región. Se trata de una disputa política y cultural por los valores supuestamente tradicionales y fundamentales de nuestras sociedades, como la familia, la religión y la patria, los cuales son amenazados por agendas progresistas que en realidad esconden modelos de izquierda radical y posmoderna [81] [82] [83]. Su uso, popularizado en Latinoamérica por ideólogos libertarianos como Agustín Laje, busca construir entonces una red de significados políticos a través del acceso a los ámbitos culturales e intelectuales [82], moldeando así los relatos comunes en la población.

Así, fantasmas como el “marxismo cultural”, la “ideología de género” y el wokismo se convierten en los adversarios que acechan detrás de los discursos progresistas enfocados en la justicia y la equidad, desactivando y neutralizando su impacto político y apoyo popular [83] [84]. El izquierdista, el zurdo, es un enemigo de la sociedad y la nación, opuesto a los valores de las democracias liberales y la civilización occidental, por lo cual no sólo se promueve la idea del otro como el guerrillero, el subversivo, el corruptor de menores, sino que también se valida tanto la persecución actual contra los movimientos de justicia social como la persecución y exterminio de sectores de izquierda en la historia de la región [84].

Si bien el afirmar que personajes como Abelardo, Holguín e incluso -me atrevería a decir- Laje lo han leído con detalle sería sobrestimarlos, el discurso de la batalla cultural de las nuevas derechas no es más que una apropiación de los postulados del teórico marxista Antonio Gramsci, en particular su concepto de hegemonía y poder cultural [85]. Gramsci planteaba que las normas y valores culturales son impuestas sobre la población por las clases dominantes, a través de instituciones como la religión, la educación y la cultura popular, de modo que los valores de dichas clases acaban siendo percibidos como algo natural e inevitable en la sociedad incluso por las clases oprimidas, y por lo cual cualquier propuesta alternativa al statu quo es vista como algo irreal o inalcanzable [86]. Esta tesis no sólo detallaba las formas en que las dinámicas de poder operan dentro de una sociedad, sino que también enfatizaba en la construcción de un poder cultural ajeno al aparato dominante, que llevase a una liberación cultural e intelectual del proletariado y un sistema de creencias propio [85].

Las nuevas derechas tomaron las ideas de Gramsci y las reacomodaron para construir un marco puramente metodológico de la teoría de poder cultural -eliminando los aspectos de la lucha de clases bajo el capitalismo y el papel de las condiciones materiales en la reproducción hegemónica- que les sirviera como proyecto defensivo ante la influencia del liberalismo progresista y la izquierda, presentándose a sí mismas como herederas y protectoras de los valores de la civilización judeocristiana occidental [85]. Posicionan relatos de una libertad oprimida por la corrección política de la izquierda, una dominancia natural del hombre superior que no obtiene recompensa alguna de los discursos de igualdad y pluralidad, lo que le ha permitido crecer en sectores de clase media en incertidumbre, personas mayores y hombres jóvenes que se perciben desamparados y confusos ante los cambios sociales, por lo que estos se sienten mejor representados por los discursos radicales de la derecha que prometen un nuevo orden basado en las jerarquías y órdenes tradicionales [83].

La identidad judeocristiana como base de la civilización occidental y los valores liberales pasa a ser una parte central de esta “batalla cultural”, una herramienta de atracción y cohesión por discursos como los de Abelardo, aun cuando sus propuestas para reivindicarlas requieren traicionar las instituciones políticas de las mismas democracias liberales que dice querer salvar, y sus resultados se alejarían de los valores de libertad y democracia que pregonan. Por ello, construyen relatos alternativos de la historia y el significado de ambos conceptos, con ayuda de los medios de comunicación, las nuevas tecnologías digitales generativas, y una red de cooperación transnacional entre grupos ideológicamente afines, de modo que sus excesos y abusos iliberales pasen a ser simples cuestiones de “sentido común”, la normalidad en las diferentes formas del espacio social [84].

Las mujeres ya no lloran… ¿ni votan?

Uno de los movimientos que más evidencian la disonancia entre la defensa de una identidad judeocristiana como base de la civilización y las democracias liberales, y el trabajo activo en socavar derechos alcanzados dentro de tales democracias, son los discursos antifeministas. A menudo empleando caricaturas de los mensajes y objetivos generales de los distintos movimientos feministas, o centrándose en las vertientes más radicales, las nuevas derechas enfatizan en que el feminismo generó una ruptura con los roles y valores tradicionales en la sociedad que ha tenido consecuencias a gran escala [87] [88], por lo que han empleado diversas tácticas para cuestionarlo, sea desde atacar la despenalización del aborto hasta la promoción del modelo tradwife, mujeres que buscan amoldarse al papel tradicional de la mujer como cuidadora del hogar y de los hijos a tiempo completo desde condiciones económicas absurdamente lejanas a la mayoría de las mujeres [89] [90]. Notablemente, en tiempos recientes son las propias mujeres quienes toman la batuta de estos discursos antifeministas, con lo que nos topamos de frente con la paradoja de encontrar mujeres en espacios de ultraderecha, desde el poder y la autoridad que han conseguido gracias a las victorias feministas, abogando por combatir el feminismo e incluso esas mismas victorias [87] [91].

Esto nos lleva a hablar de Erika Kirk, la viuda de Charlie, el comentarista político conservador asesinado en 2025. Kirk, ahora la directora de la organización Turning Point USA (TPUSA) fundada por su marido, fue protagonista recientemente en la Cumbre de Liderazgo Femenino celebrada el mes pasado en Texas, en el cual varias mujeres expresaron su apoyo a la idea de renunciar al voto femenino si era lo necesario para avanzar hacia una nueva sociedad conservadora y lograr cosas como la prohibición total del aborto [92]. De acuerdo a las participantes de la Cumbre, entre ellas influenciadoras del estilo tradwife como Savannah Faith Stone, para reemplazar el sufragio femenino se establecería la promulgación del “voto por hogar”, una propuesta ultraconservadora que propone que el sufragio sea por unidad familiar, de modo que el esposo vote en representación de su esposa e hijos; en el caso de las mujeres solteras, serían representadas por el voto de un padre, un hermano o cualquier otro familiar masculino [92] [93].

La idea de eliminar el sufragio femenino no es nueva, al menos en Estados Unidos. Líderes cristianos radicales y profundamente misóginos, como Dale Partridge y Joel Webbon, aseguran que la naturaleza femenina no está hecha para la política, en particular por su carácter empático, de modo que serían más susceptibles a ser manipuladas, por lo que hablan abiertamente de derogar la Enmienda 19 que otorgó oficialmente el derecho al voto para las mujeres [94]. Este discurso, que ha recibido eco de influenciadores de extrema derecha como Andrew Tate, Nick Fuentes y Jack Turban, hace parte de una visión supremacista en que la mujer es propiedad entera de su marido tanto en la esfera pública como la privada, de sus decisiones y sus deseos [94] [95].

Joel Webbon.

Por supuesto, no se trata sólo de radicalismo cristiano. Desde 1980, el voto femenino en Estados Unidos se ha inclinado más hacia el Partido Demócrata [96], lo que es visto como una amenaza para Trump y su proyecto MAGA, al punto que tras la victoria de Zohran Mamdani en las elecciones a la alcaldía de Nueva York se volvió tendencia en redes la etiqueta #RepealThe19th [94]. Es la razón por la cual el Partido Republicano ha presentado cuatro veces la Ley de Protección de Elegibilidad de los Votantes Estadounidenses (en inglés, el SAVE Act), la cual exige a todos los ciudadanos estadounidenses que presenten una prueba de ciudadanía para registrarse a votar, como un pasaporte o un certificado de nacimiento [97]. El problema es que no sólo hay millones de estadounidenses que no tienen esos documentos, sino que, como han señalado expertos, el SAVE Act afectaría también a las mujeres casadas, pues ocho de diez cambian sus apellidos con el matrimonio, y tal discrepancia de registros les impediría votar, algo que va en línea tanto con los intereses políticos de la ultraderecha como los religiosos [95] [97]. El proyecto, que también afectaría a estudiantes, familias militares, personas naturalizadas, discapacitados, personas trans y ciudadanos que se haya mudado recientemente, cuenta con un fuerte rechazo popular y político, razón por la cual se ha hundido cuatro veces en el Congreso [97].

Algunas figuras locales, particularmente mujeres antifeministas, han expresado desinterés por estos debates en Estados Unidos, señalando que se trata de un asunto local, y que de todos modos cuenta con un amplio rechazo incluso entre las mujeres votantes. En esta actitud hay dos problemas. En primer lugar, es ignorar que la ultraderecha cuenta con una red transnacional de apoyo y transmisión de mensajes, de modo que no cuesta poner a circular mensajes antifeministas tan radicales como este a través de foros privados, redes sociales e incluso organizaciones políticas [98]. En segundo lugar, tales ideas siguen teniendo peso, aunque no logren alcanzar de momento el carácter de ley, pues su propósito también es la normalización de ideas radicales en el escenario político: cuestionar el voto femenino ya empieza a mover los límites de lo que consideramos aceptable como debate en torno al concepto de sufragio universal [99].

Discusiones en semanas recientes en México ilustran el problema de “simplemente” permitir que se presenten este tipo de debates en otros países como algo lejano y normal. El caso de TPUSA en Texas generó una conversación en un podcast católico enfocado en la “batalla cultura” acerca del derecho al voto, donde una abogada, Natalia Torres, defendió la idea de que no todas las personas deberían tener derecho al voto, y que tendría que ser necesario un examen de conocimientos mínimos acerca de las instituciones y facultades del Estado antes de permitirse votar [100], discusión que generó bastantes críticas en redes sociales e incluso de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum. Al mismo tiempo, Javier Albarrán, militante del Partido Acción Nacional (PAN) y excandidato a la presidencia municipal de Toluca, se refirió al podcast en una publicación en sus redes personales donde también mencionó que el voto familiar sería una mejor solución a la hora de buscar mejores condiciones de vida, ya que la responsabilidad caería en una sola persona que debe tener en cuenta no sólo su bienestar, sino también el de su esposa e hijos [101].

Torres se defendió posteriormente a través de varios videos para matizar su postura, mientras afirma que un examen indispensable de conocimientos cívicos sería algo similar al examen de manejo que se debe tomar antes de obtener un permiso de conducción [102]. Sus argumentos fueron cuestionados por la también abogada y activista política Carla Escoffié, quien señaló la falencia de comparar dos objetos a regular con una naturaleza jurídica completamente diferente (pues no es lo mismo el derecho a la movilidad que el derecho al voto), y que una restricción del derecho al voto no cumple con criterios de proporcionalidad que justifiquen una reforma semejante [103].

La idea de ejercer el voto sólo después de un período de formación general puede parecer una solución hasta deseable, según los argumentos planteados por Torres de que un votante con conocimientos es menos susceptible a ser manipulado. Pero la realidad ha mostrado que en países como Estados Unidos se utilizaron pruebas de conocimiento para justificar el impedir que ciertas minorías pudiesen ejercer el derecho al voto [104], de modo que el conocimiento se convirtió en otro dispositivo de poder para determinar quién es considerado una persona ante la ley.

El problema de fondo, como bien resalta Escoffié es que discursos como este y el del “voto por hogar” apuntan a la restauración de jerarquías ya superadas que eran ejercidas sobre minorías sociales [103]. El “voto por hogar” no afectaría a mujeres como Kirk o Stone, pues ya cuentan con una posición económica pudiente, y al menos Stone no tendría por qué molestarse en dejar que su marido tome decisiones por cuenta suya, de modo que no es sorpresa que haya tantas mujeres conservadoras dispuestas a renunciar al sufragio femenino en perjuicio del resto de la población femenina, incluso la republicana [93]. De manera similar, restringir el voto ante un examen general de conocimientos cívicos es decir que el voto del obrero que no pudo terminar la escuela vale menos que el del doctor en derecho, lo que en el fondo no es sólo una discriminación por formación académica, sino también por clase social, aunque pertenezcan a la misma nación [104].

Volvemos entonces a la raíz de la cuestión: estos discursos nacen de sectores que hablan de volver a las tradiciones, de una identidad compartida en valores cristianos con un rol definido de acuerdo al género y la clase social que necesita ser protegida de los discursos progresistas woke o el “marxismo cultural”. Sin embargo, si tales valores por proteger son, en efecto, la raíz de los derechos en las sociedades liberales, ¿por qué se atacan precisamente derechos como el sufragio universal? Garantizar la igualdad de todos los ciudadanos a la hora de tomar una decisión política, por encima de cualquier tipo de diferencia étnica, educacional, sexual, o de clase, ¿no debería tener también una raíz en esa identidad cristiana, en el ser todos iguales ante los ojos de Dios?

IV. Confrontando el relato del “Occidente judeocristiano”.

El amanecer del mito

Hilar dos problemáticas tan grandes y complejas como la defensa nacional e internacional de las atrocidades de Israel y la tendencia cristiana ultraconservadora en nuestra región no es tarea fácil, pero ambas convergen en el discurso de unos valores judeocristianos como base que sostienen la civilización occidental y el desarrollo histórico de la sociedad, en particular la europea. De acuerdo a tal discurso, necesitamos entonces tanto proteger a Israel como nación, incluyendo respaldar sus acciones políticas y militares, como promover un retorno a las raíces cristianas en la sociedad, a través de restablecer sus reglas morales en el sistema legal. Abordar este discurso necesita que revisemos los orígenes de esta idea de un Occidente supuestamente judeocristiano, y cómo se ha convertido en la principal herramienta de las derechas radicales de los últimos años.

Si bien se ha propuesto que hacia el siglo XVII ya había pensadores hablando de las conexiones entre textos y creencias cristianas y judías, como por ejemplo en los trabajos de Baruch Spinoza, el concepto de “judeocristianismo” es acuñado en específico hacia el siglo XIX en espacios teológicos y académicos, como un reconocimiento de un origen compartido en ambas religiones que las distingue de otras denominaciones religiosas [105]. Nótese, claro que estamos hablando de teología y de academia, no de política. Antes de inicios del siglo XX, el relato de una civilización judeocristiana era prácticamente desconocido para el público general.

Esto empezó a cambiar hacia la década de 1930, con el ascenso del fascismo no sólo en Europa, sino también en organizaciones políticas de Estados Unidos. Ante el creciente antisemitismo, otros grupos de carácter interreligioso empezaron a presentar a usar el término judeocristiano para hablar de los valores que definían la sociedad americana, valores compartidos entre la fe judía, protestante y católica [106] [107]. A este primer incremento se le puede considerar un uso inclusivo del concepto de judeocristianismo [108].

La idea de los valores judeocristianos como base de Occidente despegó en particular tras la Segunda Guerra Mundial, tanto por la revelación de los horrores del Holocausto como por el temor rojo en Estados Unidos y la entrada a la Guerra Fría, el conflicto político de décadas con la Unión Soviética y su influencia en otras regiones [106]. En el primer caso, fue una parte del proceso de occidentalización del judaísmo en Europa luego de siglos de antisemitismo y exclusión, algo que la historiadora Sophia Bessis, autora del ensayo La civilización judeocristiana: historia de una impostura, atribuye en parte a la culpa compartida que sintieron las naciones europeas por su papel directo o indirecto en la Shoah [109]. En el segundo, el relato de una civilización judeocristiana servía para usar los valores religiosos de la nación como la argamasa que los unía en su lucha por defender la libertad y la democracia contra el comunismo ateo de los soviéticos [107], aunque fue empleado por todos los lados del espectro político, como fue el caso de Martin Luther King Jr. [106]

El segundo incremento en el uso de la frase se dio hacia finales del siglo pasado con el incremento en la inmigración procedente de países musulmanes durante la segunda mitad del siglo [109], y se fortaleció, por supuesto, tras los atentados del 11 de septiembre, el crecimiento del fundamentalismo extremista en Medio Oriente y el inicio de la llamada Guerra Contra el Terror [106], cuando el Otro, el adversario, ya no era simplemente el islamista radical, sino cualquier musulmán, el cual podría considerarse un sospechoso potencial de terrorismo. Es en este momento cuando el concepto de la civilización occidental y sus valores liberales y judeocristianos adquieren un significado tanto inclusivo como excluyente, apartando entonces a aquellos que no se adscribieran a dichos valores. Esto no estaba limitado a los musulmanes: con el surgimiento de la “batalla cultural”, se ha extendido también hacia la “corrección política”, el multiculturalismo, el cosmopolitismo y todas aquellas ideas con atisbos universales [108].

Ahora, si vemos con lupa esas supuestas raíces de los valores liberales y occidentales en la tradición judeocristiana, la realidad es que el concepto se derrumba. En un artículo de Wordpress, el bloguero agnóstico Emerson Green, anfitrión de podcasts como Walden Pod y Counter Apologetics, hace un contraste entre tales valores civilizatorios, el contenido de la Biblia y la forma en que la interpretaban los líderes religiosos [110]. ¿Democracia? La Biblia está llena de gobiernos de carácter teocrático con un poder concentrado, y el derecho divino de los reyes fue una doctrina política y religiosa que perduró por siglos en Europa. ¿Ciencia y escepticismo? Jesús critica al apóstol Tomás por dudar de su resurrección y celebra a quienes creen sin evidencia. ¿Una humanidad común? Las mujeres eran sometidas a leyes más estrictas en el Antiguo Testamento, y a una sumisión obediente y silenciosa en el Nuevo, y ni siquiera hablemos de los esclavos. ¿Libertad de expresión? La blasfemia era un delito criminal en la Biblia, y ha sido perseguida y duramente castigada por siglos, estando todavía presentes -aunque no ejercidas- en algunas naciones europeas. ¿Los Diez Mandamientos? La mayoría son antitéticos a los valores occidentales, y aquellos valiosos -no matar, no robar, no levantar falso testimonio- son universales y anteriores a la ley judía. En síntesis, no sólo las ideas morales y de organización social presentes en la Biblia y buena parte de la historia del cristianismo no sólo no se asemejan a lo que entendemos como valores occidentales, sino que en muchos casos son totalmente contrarios a ellos.

Grabado del pasaje bíblico del levita y su concubina, de Gustave Doré.

Green reconoce que hubo pensadores cristianos con ideas y preceptos filosóficos y políticos, como John Locke y Montesquieu, que sentaron las bases para la Ilustración, el movimiento que dio luz al concepto de la democracia liberal y los valores que hoy entendemos como fundamentales de las sociedades occidentales. No obstante, tales personajes vivían en contextos sociales e históricos complejos, con diferentes influencias de variadas ideas filosóficas y políticas, por lo que, si bien no se puede descartar que el cristianismo influyese en su pensamiento, tampoco es correcto asumir que fuese la base única o principal del mismo [110]. Eso sería como decir que los valores islámicos son responsables por el desarrollo del álgebra. Y aun si el cristianismo hubiese dado origen a los valores ilustrados y democráticos, su supervivencia o influencia en la organización social y política tampoco es necesaria para mantener dichos valores.

La idea de unos valores judeocristianos compartidos también es engañosa en el papel que le da a la tradición judía. Aunque el término sugiere una posición de equivalencia, lo cierto es que el cristianismo asume como principio que han reemplazado a la nación antigua de Israel como el pueblo elegido -teoría llamada supersesionismo-, y que la verdadera comunión con Dios, la condición de ser salvo, es a través de Jesús y la fe cristiana, algo que fue por supuesto muy influyente en el antisemitismo histórico de Europa [108]. Por otro lado, como mencioné en la sección anterior, un sector importante del cristianismo cree que el pueblo judío tiene una misión que cumplir al regresar a Jerusalén y Tierra Santa, y dar inicio al tiempo del fin [70] [72]. Entonces se forma una relación desigual y ambivalente entre el cristianismo y el judaísmo: por un lado, el antijudaísmo fue una parte central en la comprensión propia del cristianismo; y por el otro anida un filosemitismo que requiere de la restauración de una nación judía para la segunda venida de Cristo [108].

El relato de esta tradición judeocristiana única también omite la influencia de otras culturas -y sus religiones- en la construcción de las sociedades pasadas y actuales que vivieron bajo el judaísmo y el cristianismo, e incluso la que recibieron ambas religiones. El cristianismo prevaleció como religión no gracias a la entonces provincia de Judea, sino a su expansión en el mundo grecorromano, mientras que el judaísmo en sí tuvo también una fuerte influencia de dicho mundo grecorromano, tanto por los choques culturales y políticos que se dieron con ambas culturas, como por la destrucción del Templo y la expulsión de Tierra Santa [108]. Hay un reconocimiento incluso de influencias filosóficas griegas en el cristianismo temprano, como en el primer capítulo del Evangelio de Juan.

Como ha mencionado Sophie Bessis en varias entrevistas, la necesidad de buscar una identidad compartida universal como una civilización judeocristiana, al menos en Europa, obedece a la necesidad de este continente a inventar el mito de una matriz única como origen de su civilización, ora la tradición grecorromana, ora los valores judeocristianos [109], y Estados Unidos se presenta como la heredera superior de esa matriz original. Sin duda hay una civilización europea con elementos tanto del cristianismo como del judaísmo, pero también cuenta con influencia de otras culturas a lo largo de su existencia, como las mencionadas Grecia y Roma, las invasiones mongolas, el comercio con China y los reinos asiáticos, y especialmente el contacto con el mundo islámico [111]. Desconocer estas distintas influencias es desconocer una parte fundamental de la historia misma, más allá de la división entre Oriente y Occidente, una que, por supuesto, obedece a intereses que van más allá de la supuesta protección de nuestros valores compartidos.

Portada de La civilización judeocristiana: Historia de una impostura, de Sophie Bessis.

¿Quién se beneficia de tales narrativas?

Como hemos visto a lo largo de este ensayo, el discurso de proteger la “civilización judeocristiana” es una base importante en el enfoque político de las nuevas derechas. Cuando Donald Trump manifestó, en un discurso en octubre de 2017, que al poder decir libremente ‘Feliz Navidad’ -como si en algún momento se hubiese prohibido por ley- “estamos deteniendo los ataques sobre los valores judeocristianos”, mientras que al mismo tiempo Nigel Farage, líder ultraderechista británico, decía que Reino Unido “es un país judeocristiano” mientras que al mismo tiempo era criticado por comentarios antisemitas [112], se pudo ver que esta frase era más excluyente y engañosa de lo que aparenta a primera vista. Nunca se ha tratado de hacer incluir a la población judía, sino de excluir a la población musulmana y africana, de frenar la “invasión” y el “gran reemplazo” que supuestamente azotan a las naciones europeas.

Recordemos que esto no se trata sólo de combatir la presencia de migrantes de naciones en conflicto, sino también de atacar los valores progresistas que supuestamente están debilitando los fundamentos de la sociedad [108]. Es por ello que tenemos a líderes ultraconservadores y fascistoides como Viktor Orbán y Marine Le Pen hablando acerca de proteger la herencia judeocristiana y aliarse con Netanyahu. mientras propagan teorías de conspiración acerca del globalismo y los valores “afeminados”, postmodernos y progresistas promovidos por las élites económicas judías [113]. El judaísmo no es visto como una hermandad al mismo nivel de la herencia cristiana, sino más como una especie de secta precristiana, un precursor arcaico, con una utilidad más como escudo ante el islam y como un origen de la degradación moral y social que como una fe con valor propio [112].

No es de sorprender que, mientras que son principalmente supremacistas blancos y cristianos ultraconservadores quienes usan con orgullo el concepto de “judeocristiano”, la mayoría de los judíos a quienes se consulta rechazan con vehemencia el término [113]; para los primeros, Israel tiene valor como un modelo etnonacionalista para aplicar en sus propios proyectos locales de democracia iliberal, no como una cultura hermana. Raymond Apple, rabino emérito de la Gran Sinagoga de Sydney (Australia), escribió en 2018 cuestionando fuertemente la idea de una tradición judeocristiana compartida, señalando las grandes diferencias en la interpretación de los textos religiosos comunes a cada fe, así como su ética y respuestas a las grandes preguntas espirituales [114]. Según Apple, el judaísmo y el cristianismo pueden trabajar juntas, pero cada religión lleva su propia tradición, y lo que cada una defiende como verdad excluye a la otra.

Hablemos como ejemplo de una diferencia doctrinal importante a nivel ético: el aborto. Mientras que las denominaciones cristianas defienden que la vida inicia desde la concepción, y por lo tanto se oponen categóricamente al aborto bajo cualquier circunstancia, en el judaísmo no existe dogma semejante [107]. No hay una visión oficial como tal de cuánto inicia la vida, pero la mayoría coincide en que ocurre en el parto mismo, y de acuerdo con la ley judía, en caso de riesgo es la vida de la madre la que prima por encima de la del feto nonato; de hecho, puede incluso ordenarse la interrupción del embarazo si es de alto riesgo. Queda en disposición de las autoridades legales el interpretar las Escrituras a la hora de sopesar una decisión, pero no hay correspondencia ética absoluta entre el judaísmo y el cristianismo con respecto al aborto.

Por su parte, la exclusión del islam no sólo ignora el origen abrahámico común con el judaísmo y el cristianismo, sino también elementos compartidos con cada una por separado [107]. Por ejemplo, tanto el judaísmo como el islam comparten un monoteísmo estricto, sin pluralidades divinas ni santos mediadores, de modo que son mucho más cercanos a nivel de teología y práctica espiritual que con el cristianismo; también son similares en que sus leyes religiosas son códigos amplios y estrictos que cubren cada aspecto de la vida diaria, un enfoque legalista que el cristianismo dejó atrás hace tiempo [115]. Al mismo tiempo, Jesús es una figura importante tanto en el cristianismo como el islam; mientras que para la tradición cristiana su naturaleza divina, muerte y resurrección son troncales para su fe, en el islam, aunque humano, es quizás el profeta más reverenciado después del propio Mahoma [115], y su segunda venida también es importante para el futuro del mundo.

Destacar el legado islámico junto con el judío y el cristiano debería permitir un diálogo ecuménico y poderoso entre diferentes sociedades, algo importante en tiempos de sectarismos y discursos etnonacionalistas y xenófobos [115]. Lamentablemente, el relato de una tradición judeocristiana excluyente en el mundo occidental es funcional a varios poderes políticos que se apoyan en las tres fes. He reiterado bastante la importancia política de la “tradición judeocristiana” como una europeización de los valores universales en el judaísmo, convirtiendo al judaísmo en una expresión cultural puramente occidental que la despoja de su contexto histórico en Oriente. Para la doctrina sionista de Israel, este vínculo con Occidente les permite presentarse como un baluarte de la civilización moderna en medio de la “barbarie” musulmana, mientras asimilan a la fuerza a los judíos orientales para que abandonen su herencia cultural. Finalmente, los nacionalismos árabes gustan de tomar el concepto de “civilización judeocristiana” para eliminar la historia de los judíos árabes en sus países, y cultivar una identidad que ve cualquier influencia cultural de naciones europeas y/o cristianas como corrupción [111] [116]. En ese sentido, y por desgracia, hay una potente instrumentalización del relato de un Occidente judeocristiano que le ofrece una larga supervivencia.

La europeización de los universales judíos como una construcción occidental puede verse, pues, como otra expresión de asimilación, colonialismo y discriminación antisemita. Es hablar por la comunidad judía sin tener en cuenta a la comunidad judía ni sus tradiciones, tal como se hacía en antaño con un antisemitismo más radical y segregacionista, como una herramienta para su proyecto político ultraconservador [113]. Esto es especialmente notable cuando, por ejemplo, en Estados Unidos los judíos americanos son el grupo religioso con mayor respaldo al aborto (83% apoya la interrupción del embarazo en todos los casos), y en 2012 eran también el grupo religioso que más apoyaba la legalización de los matrimonios entre personas del mismo sexo, un 77-81%, mientras que entre cristianos evangélicos no llegaban a una cuarta parte [117].

Y por supuesto, tampoco podemos olvidar la función expiatoria del relato ante el vergonzoso pasado antisemita europeo, los horrores del Holocausto y la Segunda Guerra Mundial. Cuando Mishra describía en El mundo después de Gaza que estas tragedias fueron la referencia universal de la debacle moral en el mundo antes de la invasión a Gaza [59], resumía el impacto que significó ver cómo los valores morales de la Ilustración, esos universales seculares nacidos de la razón, el conocimiento y el progreso científico, fueron despojados de todo significado y profundidad en los hornos crematorios de Auschwitz y las bombas lanzadas sobre Japón. La tarea de restaurar la supremacía de los valores ilustrados recaía en ofrecer un desagravio a la población judía, la creación de un Estado propio para ellos, a expensas de una población que llevaba siglos en el territorio levantino, y que no tenían ninguna responsabilidad de la guerra [116]. Hoy, a casi 81 años del final de la Segunda Guerra Mundial, vemos a Estados Unidos y Europa perder de nuevo el alma de Occidente y su supuesta superioridad cultural y moral en los despojos de Gaza, por el triste e irónico propósito de seguir purgando culpas de un pasado violento que nunca quisieron admitir de frente.

¿Cómo aniquilamos el mito?

La crítica a una supuesta tradición judeocristiana compartida como base de las sociedades liberales de Occidente no es nueva. Ya en 1969, Arthur A. Cohen, un teólogo y estudioso de origen judío, publicó un famoso ensayo en el que cuestionaba no sólo ese supuesto vínculo cercano entre ambas religiones, destacando el proceso gradual de purga de los elementos judíos en la tradición cristiana, sino también el papel que se decía tenía esta última en los valores de la Ilustración, pues este movimiento era profundamente crítico del pensamiento religioso irracional y su influencia en el dominio público, y señalaba al cristianismo como el ejemplo perfecto de una religión sectaria [117]. En palabras de Cohen: “La tradición judeocristiana es un mito escatológico para el cristiano que ya no puede lidiar con historia real y un mito escatológico para judíos que ya no pueden lidiar con las negaciones radicales de la escatología”.

Entonces, el mito de la civilización judeocristiana ni siquiera tiene valor más allá de su uso como herramienta política de exclusión por parte de la derecha ultraconservadora. Es necesario darle fin. La gran pregunta es, ¿cómo lo hacemos?

La propia Bessis reconoce que no está muy segura de cómo combatir la influencia de tales ideas a nivel político y frenar el choque de civilizaciones que promueve esta derecha, pero defiende que denunciar sus falencias y contradicciones es un primer paso importante, así como rechazar los intentos legales de clasificar toda crítica al Estado de Israel o a las ideas sionistas, o tan sólo profesar apoyo a la causa palestina, como antisemitismo [111]. Los movimientos sociales son importantes para esto, y como he discutido, muchas organizaciones judías se han levantado en contra de la masacre en Gaza, rechazando cualquier intento de proteger a Netanyahu con el discurso del vínculo histórico entre las dos fes.

También ha sido notable ver cómo varias personas versadas en estudios religiosos, principalmente judíos, quienes más han escrito desde hace años para oponerse a este mito [119] [120] [121]. Muchos señalan, además del antisemitismo histórico del que hemos hablado, que la teología supersesionista del cristianismo hace imposible trazar cualquier relación entre cristianismo y judaísmo que no sea el primero tratando de asimilar al segundo para fortalecer su legitimidad, incluso al punto de eliminar el carácter propio del judaísmo, y arriesgar ambas religiones [119]. Al mismo tiempo, reconocen la intención de desconocer la influencia del islam en las sociedades donde prevalecieron ambas fes, el falso toque multicultural que otorga el elemento “judío” en la narrativa, y el propósito ultraconservador detrás de esta.

Así como el mito de un Occidente judeocristiano ha buscado borrar el aporte multicultural a la construcción de las sociedades contemporáneas, enmascarar la islamofobia en Europa y Estados Unidos, y los problemas internos de ambas culturas, creando un enemigo externo [120] [121] [122], es importante reconocer su importación a los discursos de la ultraderecha latinoamericana, en un intento por crear un mito unificador que desconoce a indígenas, negros, musulmanes, ateos, personas de izquierda y muchas otras religiones, etnias e ideologías políticas [123]. Es un libreto que busca reconocer sólo a un tipo específico de ciudadano, restablecer jerarquías basadas en el apego y fervor con que se adhiere a los preceptos de un proyecto político y religioso que se dice heredero de la libertad y la democracia de la Ilustración mientras secuestra la democracia para sus caprichos, y desprecia la libertad de otras ideas y pensamientos [123] [124]. Como tal, proteger tales valores requiere defender el laicismo como principio: nunca una religión por encima de las otras, y ninguna determinando los destinos de una nación.

¿Qué podemos ofrecer entonces como alternativa? Primero que nada, es importante reconocer que las culturas son dinámicas, y reciben constantemente influencias, de modo que esperar que no haya cambios o que sólo un par de tradiciones hayan moldeado la historia de las sociedades occidentales es, en el mejor de los casos, pura ingenuidad [122]. Podemos reconocer los aportes del cristianismo y el judaísmo sin demeritar el papel del islam, o de otras culturas y religiones, en la construcción de nuestra identidad; no hace falta inventarse significantes como “judeocristiano”. Si alguna tradición es judía, se puede decir que es judía; si es cristiana, se admite que sea cristiana [125].

Se trata de reconocer los aportes de cada cultura sin intentar apropiarse de su identidad para presentar una supuesta diversidad que no representa en verdad la multiculturalidad del pasado y el presente [126]. La diversidad se puede aceptar al mismo tiempo que se trazan similitudes que nos permiten conectar, sin ignorar al otro ni convertirlo en un adversario [125]. Se requiere, entonces, la voluntad para construir un relato amplio de nación, que la participación democrática de las comunidades que nos componen no se quede limitada en las periferias y votos cuatrienales, sino también en la unificación de nuestros propósitos y responsabilidades, en reconocer los logros y errores del pasado sin sacrificar por ello el futuro de los demás [121] [127].

V. Conclusiones

Si bien no tuve tiempo de comentarlo, hay varios otros términos que son empleados por los defensores del mito de un Occidente judeocristiano para disimular -muy mal- el fondo ultraconservador y xenófobo de su discurso. “Genocidio blanco”, “remigración”, “guerra racial”, “traidores a Occidente” y “batalla cultural”, entre otros, suelen ser el tipo de expresiones que encuentras dentro y fuera de redes sociales por parte de proyectos potencialmente iliberales que se presentan como herederos de la razón, la libertad y la democracia, mientras hacen todo lo posible por pisotear tales valores sin tener que exhibir su contubernio con el cristianismo fundamentalista.

Tampoco he enfatizado lo suficiente mis propias posturas acerca de la religión. Soy un escéptico religioso desde hace mucho tiempo, y creo que entre más se reduzca el papel de las religiones en la sociedad será mejor. Pero no soy ingenuo: entiendo que cumplen todavía un papel importante en la cohesión social, el sentido de pertenencia y significado, y el espíritu comunitario para millones de personas. Es por ello que necesitamos ser astutos también al confrontar estos mitos culturales de una única identidad específica, y explorar y exponer mejor las formas en que nuestras culturas son el resultado de la interacción de muchas otras a lo largo de la historia, una amalgama poderosa que no necesita ajustarse a una fe en específico para preservarse.

En el escenario actual, en medio de una avanzada política ultraconservadora a gran escala donde cualquier idea antifascista o ligeramente progresista es etiquetada como izquierda radical, los espacios de resistencia son necesarios, así como utilizar todos los recursos a nuestra disposición. Confrontar sus discursos totalizantes con argumentos serios y exponer sus debilidades es algo que necesitamos más que nunca, así como ofrecer alternativas que ofrezcan un lugar para todos aquellos que realmente buscan la razón y la libertad.

Bibliografía

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