sábado, 3 de junio de 2017

Tríptico de enajenaciones

Entregarse de cabeza a una idea, una creencia o una forma de pensamiento es una forma rápida no sólo de quedar como un idiota, sino también de desvirtuar aquello que se defiende, sea bueno o malo. Las tres noticias que voy a destacar a continuación tienen en común justamente eso: episodios de enajenación que dejan una pésima imagen de un grupo en particular. La primera es una situación típica de un movimiento político mediocre; la segunda, una reacción desproporcionada ante un trabajo de ficción; la última deja una lección de humildad y rigurosidad al toparse con una noticia o analizar un estudio.

1. El pasado 20 de mayo, los venezolanos residentes en Chile hicieron una manifestación en Santiago para respaldar a los manifestantes en su país ante los excesos y abuso de poder del gobierno chavista. Para cualquiera que esté al menos un poco conectado con la realidad, es obvio que Venezuela tiene una crisis democrática, social y de orden público difícil de arreglar, y el gobierno evidentemente no tiene mucho interés, por más que se empeñe en decir lo contrario, en escuchar al pueblo.

Por supuesto, como para los gobiernos corruptos e incompetentes nunca faltan dolientes, grupos de chilenos pertenecientes a organizaciones comunistas frenaron las intenciones de los venezolanos de llevar la marcha hasta la embajada de su país en la capital de Chile. Peor aún, los chilenos llegaron a los insultos xenófobos ante los pocos opositores que llegaron hasta la embajada, llamándolos “fascistas”, “no es tu país” “a lo mejor está de ilegal”, y “que se vayan a Miami”. Pintoresco. Por cierto, entre el maravilloso grupo se encontraba Lorena Soto, una militante de Juventud Rebelde.


En mi tierra, las cosas no son mejores. La ciudad de Buenaventura se encuentra hace dos semanas en paro y protesta por el terrible descuido en que la han dejado las autoridades locales y nacionales. Como siempre, el izquierdista colombiano no tarda en decir que deberíamos estar mucho más preocupados por lo que ocurre en nuestro terruño que por lo que pasa en Venezuela, y que los medios son muy sesgados al llamar “protestas” a la situación en el país bolivariano (y hay evidencia de que han ocurrido hechos violentos en algunas manifestaciones, tanto de policías como de protestantes), y “violencia” a lo que ocurre en Buenaventura.

Punto concedido en esto último, aunque bien podrían buscar muchos otros medios aparte de los periódicos que en realidad nunca leen, sino que sólo ven los títulos que les convienen. Pasemos a la diatriba.

Aplicando su mismo espíritu de supuesta superioridad moral, me he preguntado mucho en este tiempo qué dirían si el presidente colombiano fuera, digamos, Gustavo Petro o Jorge Robledo. ¿Seguirían creyendo que los habitantes de Buenaventura están indignados con justa causa, o los catalogarían como un montón de borregos manipulados por la derecha colombiana y Estados Unidos? ¿Y qué rasero usarían para juzgar las protestas en Venezuela si el hombre al mando fuera Henrique Capriles?

Por supuesto, esto no es demeritar la importancia de lo ocurrido en Buenaventura, ni poner en un pedestal lo ocurrido en Santiago, ni mucho menos la imagen del chileno. Pero no por ello voy a pasar por alto que un grupo de chilenos con cierta afinidad política está dividiendo el mundo entre “ellos” y “nosotros”, y de una forma tan absolutista que es desagradable.

Y es que esta es una actitud muy desafortunada de la izquierda latinoamericana casi en general, y de las ideologías políticas como un hecho usual: la integridad democrática y social de un país me importa un pito mientras el que gobierne sea de los míos. Si yo soy de izquierda, y el gobierno es derechista, es un asqueroso fascista que oprime a su pueblo hasta obligarlo a marchar con violencia. Si el gobierno es de izquierda, los que se manifiestan son puros burgueses arrodillados y pagados por Estados Unidos. Viceversa: si soy de derecha, y el gobierno es de izquierda, es un comunista que explota y arruina al pueblo hasta que los fuerzan a marchar. Si es de derecha, los que marchan son puros teatreros de grupos comunistas que quieren volver gay y pobre a la sociedad. ¿Cuántas veces no hemos visto la misma basura?

Siendo alguien que se identifica con una visión liberal de izquierda, encuentro desagradable esa manía podrida de la izquierda local de desestimar cualquier manifestación, sea violenta o no, si el gobierno del país es de los suyos, porque sencillamente la izquierda es pura e incapaz de hacer algo malo. Esa generalización a priori de la situación de un país por los colores del que está al mando es una muestra de la enajenación y mediocridad intelectual de la que tantas organizaciones de izquierda hacen gala.


La actitud del mamerto colombiano es sucia; la de los comunistas chilenos, cobarde. Nada hay más cretino que prejuzgar de inmediato a una persona porque marcha contra un gobierno de nuestra misma ideología. ¿Qué hacía fascista a la mujer que trataba de protestar en la embajada venezolana? ¿Es que saben cuánto gana, saben que explota a la gente que trabaja con ella (suponiendo que tenga un trabajo así), saben que apoya la estatización de la economía, saben que es xenófoba y racista, como parece que lo son ustedes? ¿Es traidora a la patria por estar fuera de un país en crisis? ¿Saben acaso cuándo y por qué salió de Venezuela? ¿Qué demonios saben?

Y obvio, yo no estoy diciendo que la señora sea una heroína por marchar contra Maduro y su régimen, porque no la conozco para comprender o entender sus razones, pero por lo mismo tampoco voy a tomarla como una fascista ilegal simplemente por manifestarse. En cambio de los comunistas chilenos que llegaron a impedirle la entrada, que fueron tan vocales en su descontento, ya puedo tener una idea de lo que vale su juicio con sólo escucharlos.

Ustedes vienen de una dictadura militar de derecha que fue terrible como la que más. Eso se comprende, y también pudo ayudar a moldear la forma tan maniquea en que muchos de ustedes conciben la política. Pero necesitan quitarse ese lastre de encima. No todos los gobiernos de derecha son dictaduras fascistas o corporaciones neoliberales, ni todos los gobiernos de izquierda son paraísos socialistas ni democracias inclusivas. La realidad siempre es más compleja de lo que aparenta a simple vista, y el fantasma de las dictaduras pasadas no puede marcar siempre la dirección de lo que vemos.

A menudo, el que dice “¿por qué te quejas de (inserte país de gobierno de izquierda) y no protestas contra (inserte país de gobierno de derecha)?” quiere decir “¡No te atrevas a criticar a la izquierda! ¡Es la mejor ideología política, el camino de salvación!” Y no es así. Los gobiernos de izquierda no están por encima de excesos, abusos y atrocidades. No reconocer esto es ignorancia. Inventar siempre que es una guerra económica o social externa para desestabilizarlos es patético. Y etiquetar de fascista a todo el que no concuerde con sus ideales es risible.

¿Y qué puedo decir de Buenaventura? Desafortunadamente, hay muchos factores sociales, económicos e incluso históricos para el paro cívico y las manifestaciones de la población bonaverense. El puerto del Pacífico es víctima del estilo centralista del gobierno, que tiende a descuidar mucho a las ciudades por fuera de la Región Andina (y no es que a esta le vaya mucho mejor, en realidad). Muchos encuentran, además, que hay un claro caso de racismo estructural, pues la economía en la ciudad es controlada por una minoría, y la mayoría negra (Buenaventura es la tercera ciudad colombiana con mayor población afrodescendiente) se ve principalmente en condiciones de pobreza. No sé qué tanta importancia tenga este último factor, porque no vivo en Buenaventura para conocer su situación, pero sí soy muy consciente de que el Estado ha dejado en abandono muchísimas ciudades lejanas de la capital del país, desde importantes a menores. Por incómodo que pueda ser, a veces la única forma de hacerse escuchar por el Gobierno es cortarle los beneficios que obtenga de una ciudad. Y esto no tiene nada que ver con que el gobierno de Santos sea neoliberal: es la comprensión mínima que uno debe tener ante una ciudad en abandono, tenga el gobierno la bandera política que tenga.

2. Un manga muy popular en los últimos años es el seinen (manga para hombres adultos) Tokyo Ghoul. Sí, lo sigo: me lo recomendó una amiga a la que quiero mucho, y he de confesar que tiene temas interesantes. Desafortunadamente, tal como los fanáticos de los cómics, que suelen ser ridículamente apegados al material que leen, los lectores de manga también tienden a dejar de lado su vida cuando se trata de su trabajo favorito, y recientemente el autor de Tokyo Ghoul, Sui Ishida, se ha hecho blanco de su odio.

Atención, si usted es seguidor del manga: spoilers adelante.

En el reciente capítulo 125 de Tokyo Ghou:re, la secuela del trabajo original, Kaneki y Touka tuvieron sexo. La escena fue tan tierna como graciosa, mostrando las torpezas y dudas de dos personas que nunca en su vida habían tenido sexo. Objetivamente hablando, fue más bien un capítulo gratuito, con algo establecido hace poco, y que probablemente nadie esperaba, ni tenía idea de cómo esto influye en la historia real, excepto que en los mangas las tsundere (mujeres de carácter tosco y rudo, pero con un lado sensible) suelen expresar sus sentimientos a través de violencia y malos tratos, así que quizás no era tan inesperado.

Sin embargo, los fanáticos del manga reaccionaron muy mal ante el capítulo ya que, para muchos de ellos, era “obvio” que Kaneki es gay, y la única persona de quien podía enamorarse es de su desaparecido amigo, Hide. Todo esto a pesar de que Ishida nunca especificó la orientación sexual de su protagonista. No, a estos lectores (mayormente fujoshi, aficionadas a los mangas yaoi, de contenido gay masculino) les enfureció que el mangaka pusiera a Kaneki y Touka en una escena de sexo, y han dejado claro su descontento de muchas formas: desde gente diciendo que, como son homosexuales, es una estupidez hacer hetero a Kaneki, otros que se hicieron psicólogos para denunciar la inconveniencia del estereotipo de las relaciones con tsundere, hasta declarar el capítulo 125 como una oda a la homofobia.


Leer los comentarios de aficionados al cómic y al manga cuando un producto les indigna es una de las mayores fuentes de comedia que existe, y al mismo tiempo te hace darte cuenta de lo desequilibrados y discriminadores que resultan ser algunos. Donde unos detestan la inclusión de actores de tez negra para interpretar personajes caucásicos y la creciente diversidad en los cómics, otros odian que esa diversidad no sea forzada en su obra favorita.

Lo ocurrido con Ishida no es algo nuevo. Cuando Cora Harper, personaje de Mass Effect, dijo que no le gustaban las mujeres, muchos se enfurecieron porque, obviamente, su aspecto no puede sino ser el de una lesbiana. Y cuando Mark Gatiss y Steven Moffat rechazaron convertir a Sherlock Holmes y Watson en una pareja gay en su serie, las reacciones fueron tremendas.

Seguro, yo estoy a favor de la inclusión de minorías raciales y sexuales en la ficción. Entiendo bien que TG tiene una buena representación de personajes homosexuales, transexuales e incluso, posiblemente, asexuales (si nos fijamos en Suzuya y su historia). Pero esa inclusión es algo que se debe hacer voluntariamente: exigir que un personaje sea gay es entrar al juego de los justicieros sociales, y es increíblemente patético que llamen homofóbico a Ishida simplemente porque Kaneki no cumplió con sus fantasías.

En serio, ¿tan importantes son los mangas o los cómics en tu vida para armar una tormenta en un vaso de agua porque un personaje no es lo que recordabas o lo que deseabas que fuera? Por favor, bájenle un poco al tono. Es increíble que lleguemos a ese nivel de enajenación tan absurdo. Maduren un poco, por favor.

3. Esta última disertación dependerá de lo que pueda analizar cada uno al respecto. Hace unas semanas, dos investigadores, Peter Boghossian (filósofo) y James Lindsay (matemático) publicaron un artículo en broma titulado “The conceptual penis as a social construct (El pene conceptual como una construcción social)”, donde llegan a afirmar que el concepto del pene genera problemas con respecto a la identidad de género, el abuso a la mujer e, incluso, que es “el conductor conceptual detrás del cambio climático”. Como no tardaron en señalar los autores en Skeptic -de hecho, lo hicieron público el mismo día en que salió el artículo-, se trataba de un engaño, destinado a mostrar el sesgo ideológico/moral dentro de los estudios de género, y que este campo está “académicamente lisiado por una predominante creencia casi religiosa de que la masculinidad es la raíz de todo mal”. Todo el documento era una serie de sinsentidos, los autores publicaron con nombres falsos, con una institución falsa, ¡e incluso citaron artículos falsos! ¡Y aun así fueron publicados!

Muchos escépticos, famosos y no tanto, han comentado con cierto orgullo los alcances del pseudoartículo y su capacidad para mostrar la falta de rigor en estudios de género. Incluso varios lo han comparado con el conocido escándalo Sokal de 1996, cuando Alan Sokal, un profesor de física, publicó un batiburrillo pseudocientífico en una revista posmoderna de estudios culturales, mostrando que “al menos, algunos sectores de moda de la izquierda académica estadounidense se han estado haciendo intelectualmente perezosos”. Caray, hasta yo publiqué el tema sin revisarlo bien.

El problema de esto es que, más temprano que tarde, diversas fuentes han criticado el alcance y significancia verdaderos del pseudoartículo de Boghossian y Lindsay, señalando los muchos problemas tras este caso, y con un todo ha quedado más bien en evidencia, o al menos eso parece, que muchos escépticos también nos hacemos un poco perezosos en analizar el trasfondo del asunto.

En primer lugar, los autores sometieron inicialmente el artículo a NORMA: The International Journal for Masculinity Study, una revista de impacto cero y que ni siquiera alcanza la lista de 115 publicaciones en estudios de género, lo que ya huele a chamusquina. De hecho, NORMA rechazó el artículo, y le sugirió a los autores que lo sometieran mejor a Cogent Social Sciences, una revista de pague-por-publicar, modalidad de hecho bastante criticada entre las ciencias por la escasa rigurosidad que suelen tener al revisar los artículos. ¡Incluso aunque la revista tiene un monto fijo de pago, le dice a los autores que paguen lo que puedan, y a veces ni siquiera solicita expresamente el dinero! Eso no es precisamente una revista fiable para publicar en general.

En segundo lugar, publicar un artículo falso en una revista de baja calidad sobre un campo de estudio no te va a dar precisamente el juicio suficiente para decir que todo el campo está desprestigiado. Si así fuera, varios campos de ciencias no sociales también serían bastante dudosos, puesto que en varios de ellos han ocurrido casos similares, y peor aún, en muchos casos en revistas asociadas a compañías de publicación respetables. Para citar algunos ejemplos, tres estudiantes del MIT crearon un algoritmo que generaba falsos artículos, y se descubrió poco después que 120 artículos científicos publicados por Springer e IEEE fueron fabricados por dicho algoritmo; y en 2013, un falso artículo sobre líquenes fue publicado en cientos de revistas de acceso abierto. Y no por ello decimos que las “ciencias duras” están en crisis o son una mamarrachada, ¿o sí?

Boghossian y Lindsay estaban conscientes de esto al publicar, pues de hecho mencionaron en Skeptic que podían, con este estudio, “exponer el problema de las revistas de acceso directo pague-por-publicar [..]”, pero en realidad no le dan mucho peso a este hecho. Antes tratan de indicar que Cogent Social Sciences es una revista rigurosa en sus revisiones, puesto que hace parte del Directorio de Revistas de Acceso Directo (DOAJ, por sus siglas en inglés), una lista supuestamente confiable de este tipo de revistas. De manera similar, Helen Pluckrose señalo en Areo Magazine que está incluida en otros listados rigurosos, y que hace parte del Grupo Taylor & Francis, lo que da cuenta que ofrece una revisión por pares robusta. Finalmente, en una respuesta con motivo del reciente retiro del artículo por parte de Cogent, Lindsay indicó que, en 2016, esta revista tuvo una tasa de rechazo de artículos del 61%, así que serían lo bastante selectivos para haberse dado cuenta que su artículo era una farsa.

No obstante, como señaló el autor del bulo sobre los líquenes, el DOAJ no es en sí riguroso, pues un 45% de sus editores aceptaron su broma tras la revisión. En cuanto a Taylor & Francis, debe indicarse que revistas auspiciadas por grupos como Elsevier e instituciones prestigiosas también cayeron en la mencionada broma, así que tampoco puede decirse que estar dentro de un grupo importante indique robustez a la hora de la revisión por pares. Para empeorar el argumento, Cogent es directo en su sitio web en que hacen parte del grupo, pero operan de forma independiente a este, y están abiertos a aceptar artículos rechazados de otras revistas asociadas al mismo.

Con todo eso en perspectiva, es difícil creer que la revista en sí tuviera suficiente rigor, o incluso evaluadores que supieran del tema, para revisar no sólo un artículo falso sobre estudios de género (para tener en cuenta, Cogent es multidisciplinaria), sino posiblemente en cualquier otro campo. Como señalaron en Salon, creer que un falso artículo publicado en una revista mediocre de pague-por-publicar deja en ridículo todos los estudios de género sería como publicar un falso artículo sobre evolución en una revista de cualquier otro campo con la misma modalidad y gritar a los cuatro vientos que toda la biología evolutiva es una tontería.

Irónicamente, lo único que evidenció el artículo, y que es el gran problema de las revistas pague-por-publicar y su hambre de producción constante a costa de la calidad de publicación, que les hace caer víctimas de investigaciones mediocres o falsos artículos, fue considerado por los autores como algo que no influyó mucho en la publicación de su trabajo, cuando de hecho todos los problemas ya mencionados antes debieron darles una pista de que sus conclusiones generalizadas eran una magnificación inaplicable. Y más irónico aún es que, para todas las comparaciones, de hecho el mismo Sokal no cree que su famoso escándalo indicara un patrón general:

“[…]No prueba que todo el campo de estudios culturales, o estudios culturales de la ciencia -mucho menos la sociología de la ciencia- sea un sinsentido. Ni prueba que los estándares intelectuales en estos campos sean generalmente laxos (este podría ser el caso, pero tendría que ser establecido con otras bases). Sólo prueba que los editores de una revista más bien marginal habían abandonado su deber intelectual, publicando un artículo sobre física cuántica que admitieron que no podían entender, sin molestarse en obtener una opinión de alguien conocedor de física cuántica, únicamente porque venía de un ‘aliado convenientemente acreditado’ […], halagaba las preconcepciones ideológicas de los editores, y atacaba a sus ‘enemigos’”.

Lo que finalmente se puede concluir de esto es que, en particular, todo este asunto parece mostrar que en ocasiones, en el movimiento escéptico, también manejamos a veces esas preconcepciones que pueden sesgar nuestro pensamiento crítico, y que no debemos dejarnos impresionar cuando un artículo aparece para, supuestamente, dejar en ridículo un campo que seguramente tiene mucha influencia del posmodernismo y la irracionalidad, pues al fallar en esto dejamos la puerta abierta para que otros con menos escrúpulos pretendan, justamente, desvirtuar el escepticismo, la ciencia y la racionalidad por unos pocos fallos (o peor: vi una nota donde decían que el artículo de B&L desvirtuaba la “ideología de género”, concepto que sabemos es un muñeco de paja armado por cristianos fundamentalistas). Los estudios de género tienen muchas cosas que pueden y deben criticarse, pero lo ideal es siempre fijarnos con buena autocrítica si la forma en que analizamos estos campos controversiales está siendo objetiva, o si estamos usando las herramientas adecuadas.

-O-

Como hemos visto, muchas veces nuestra concepción ideológica puede muchas veces hacernos perder la brújula sobre lo que realmente debe criticarse, o si algo debe criticarse en sí mismo. Es necesario que comprendamos que la veracidad de un hecho o su impacto no está limitado por el espectro de pensamiento de donde se origina o el cual se expresa en tal hecho, pues eso sería faltar a la legítima objetividad.

Adenda: por alguna razón se empezó a propagar recientemente la noticia de que el polémico televangelista Pat Robertson, conocido por sus posturas homofóbicas, sugirió que la población LGBTI usara una vestimenta particular para ser identificados, muy a la usanza de lo hecho por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Muchos cayeron en lo que, de hecho, era una noticia falsa de finales del 2015. No siempre somos tan rigurosos como desearíamos, y más que burlarse por ello, debemos reflexionar hasta qué punto somos realmente objetivos, y en qué momento nos sesgamos por nuestras propias opiniones.

1 comentario:

  1. Hola de nuevo.

    1. A propósito de eso, yo todavía ,e pregunto el por qué de la popularidad tan baja de la presidenta Bachelet si ella ha sido buena. También por lo que he leido la sociedad chilena es mucho más conservadora incluso que la colombiana, tu que estás alla no se que tan verdad sea eso
    2. ¿Conoces o has estado enterado de la polémica de Belén de Bajirá?. Si es así ¿ameritaría una entrada en la sección "nacionalismo inutil"?

    Ñapa: Sin querer justificar o excudar al chavismo, aquí dejo un video respecto de los antecedentes de la crisis http://www.elespectador.com/noticias/elmundo/crisis-venezuela-comenzo-antes-del-chavismo-video-653482, además también buscar el ensayo de Arturo Uslar Pietri titulado "sembrar el petroleo"

    PS: Si yo ingiriera una gota de agua con tardigrados ¿me podría pasar algo?

    Saludos Weon

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