miércoles, 30 de marzo de 2016

Sí, sí hay muerto malo

-Bueno, ¿para qué hablar si no te importa lo que pasó?
-¿Por qué dices eso?
-Por tu actitud esa de “Oh, pues, otro estúpido día”. El tío se murió.
-Ya sé que se murió. Qué mal que se murió. Pero no hay que pretender que era una gran persona si no lo era. Nadie está triste por la muerte de Tommy Sherman; están tristes por sus propias muertes.

En estos días estaba viendo algunos episodios de Daria, serie que conocí en la Universidad, puesto que no tuve cable y ni siquiera televisión durante los primeros años de la década del 2000. Me concentré en uno en particular, La chica miseria, donde a través de un accidente trágico en la escuela de Lawndale se desafía y deconstruye un tabú social que es típicamente resumido en el conocido refrán: “no hay muerto malo”.



La situación es la siguiente: un ex campeón deportivo de la escuela y patán de tiempo completo, Tommy Sherman, regresa para celebrar un homenaje en su honor, y durante su encuentro con varios estudiantes, entre ellos Daria y su amiga Jane, termina insultando a todos. Luego de un intercambio de sarcasmos con el odioso sujeto, las dos chicas bromean sobre su pronta muerte, y justo al instante Sherman muere cuando el poste de fútbol americano dedicado en su nombre le cae encima. A través del episodio, Daria debe lidiar con la distancia que toma Jane, la repentina idealización de Tommy Sherman tras su muerte, y las constantes alusiones de otros personajes que buscan su consejo ante la depresión que sienten tras la muerte del ex campeón, pues según ellos, ella sabe mucho sobre ser infeliz -resalto particularmente a Brittany, que se siente mal por odiar al difunto, a pesar de que se portó como un cerdo con ella-.

De mortuis nihil nisi bonum. De los muertos, nada si no es bueno. Parte de una vieja frase en latín, proveniente de un libro de Diógenes Laercio del siglo IV, nos muestra que ya desde algunas civilizaciones antiguas se considera socialmente inapropiado hablar mal de los difuntos. Seguramente es una costumbre mucho más antigua que los griegos y romanos; en otras culturas, se procura que ni siquiera se vuelva a mencionar el nombre de la persona fallecida. Lo complicado del asunto, por decirlo de alguna forma, es que este tabú social muchas veces se convierte en una carta de absolución para personas comunes o famosas que, por decirlo de forma elegante, seguramente a muchos no nos dolió demasiado que dejaran de respirar.

¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué nos resistimos a hablar cosas negativas de los difuntos, sean justas o no? Creo que hay claras razones. La más elemental probablemente sea la supersticiosa: hablar mal de un difunto es atormentarlo en el más allá, o darle una vía para que su espíritu haga desastres más acá. Después, está una que parece más una regla de urbanidad: no hablas mal de los ausentes, porque no se pueden defender; si no deberíamos hablar a espaldas de una persona que no está presente en el recinto, tampoco debe ser correcto criticar a quienes ya fallecieron. Finalmente, está el respeto por los dolientes: creemos que cada persona en el mundo, aunque sea la mayor bazofia que existe, tiene a alguien que lo extrañará por una razón u otra, y por lo tanto debe respetarse su dolor evitando criticar al ser “amado”. Todo esto se convierte en un filtro de nostalgia, provocando que las personas se engañen a sí mismas con respecto al muerto.

Puedes ser un imbécil toda tu vida, pero nadie hablará mal de ti cuando hayas muerto. Incluso las peores personas consiguen pase libre.
-Era un gran tipo.
-(<<Solía arrojarle piedras a los gatitos>>)
-¿Faltas? Tuvo unas cuantas. Pero, claro, ¿quién no?

¿Son razones válidas? Realmente, no. La primera depende de la existencia de una vida más allá de la muerte, y la realidad es que, fuera de la fe, no hay nada remotamente serio para confirmarnos que existe algo así. Por otro lado, al menos desde la perspectiva cristiana, los muertos no tienen ninguna influencia en nuestras vidas, ni nosotros en la suya (Eclesiastés 9: 5-6, 10), a menos que seas mormón y te bautices por tus muertos. En cualquier caso, si se supone que las almas de los muertos están en otra esfera, lejos de los asuntos de los hombres, ¿qué importa que los vivos discutan si fueron buenos o malos en vida?

La segunda es casi absurda. Sí, realmente no parece muy honesto o valiente criticar a algunas personas a sus espaldas, pero creo que sería difícil explicarle eso a los blogueros ateos en Bangladesh, o a las bandas de la Legión Árabe Anti-Islámica en Oriente Medio, siendo que sobre sus cabezas siempre hay un péndulo como el del cuento de Poe. En nuestro caso, el de criticar al difunto, ¿por qué ha de importarnos que un muerto no se pueda defender, especialmente cuando todo lo que se dice es verdad? Por ejemplo, Christopher Hitchens era bastante osado al escribir obituarios muy rudos cuando fallecían personajes polémicos y divisivos como Ronald Reagan, Teresa de Calcuta o incluso la princesa Diana. Bastante groseros en algunos casos, pero no por ello embusteros, y no es nada que no hubiera dicho antes sobre dichos personajes. La máxima para esto, quizás, sería que no se deben decir cosas malas sobre los muertos que no se haya sido capaz de decirles en vida.

¡Al carajo con esa mierda de “No hables mal de los muertos”! Las personas no mejoran cuando están muertas; sólo hablas de ellas como si lo hubieran hecho. ¡Pero no es verdad! ¡Las personas aún son pendejas, sólo que pendejas muertas!

Finalmente, el último argumento es un tanto espinoso. No sólo se incluyen las personas cercanas al difunto sino también, en el caso de personajes famosos, a las personas que coinciden con sus ideas y posturas. La gente es muy susceptible, y aunque los segundos no deberían importar ni un poco, se debe ser cuidadoso con los primeros, puesto que suelen interpretar las críticas contra el muerto como una afrenta a su duelo. No obstante, como dije antes, esto no es más que un filtro de nostalgia, que evita analizar racionalmente las acciones del ausente. Cuestionar las acciones de un fallecido no es atacar a sus dolientes, sino ser consecuente con el pensamiento racional, y con el entendimiento de que la muerte no es un blanqueador que limpie las acciones pasadas, ni un boleto para la idealización de quien no fue un buen ser humano.

Finalmente, hay que señalar que en ocasiones, es la forma de la muerte lo que provoca dicha reacción. Si recuerdan algunos incidentes, como el bombardeo al campamento de Raúl Reyes, la ejecución de Hussein y las muertes de Bin Laden y Gadafi, hubo un gran número de personas que criticaron dichas acciones, no faltó el que lo viera como un ejemplo de las intenciones del imperialismo gringo, y también se criticó a algunas personas que celebraron dichas muertes (especialmente la de Bin Laden). Hubo un gran agujero racional en la mente de todas estas personas. Sí, son altamente cuestionables las formas en que se dieron dichas muertes, pero muchos de quienes las usan para criticar el muy criticable gobierno estadounidense y nuestro paupérrimo gobierno colombiano olvidan que dos de los muertos eran terroristas de alto perfil, y los otros dos dictadores, todos con ideales muy en contra de los derechos humanos. Que una persona muera de forma violenta no convierte sus creencias en algo veraz, ni siquiera si muere defendiéndolas. La vida no es una caricatura, y morir por tus convicciones no te hace un héroe si tus creencias son discriminatorias y opresivas.

Que hubiera gente celebrando la muerte de Bin Laden habla muy mal de muchos estadounidenses, dejando en evidencia que el rencor por el 11 de septiembre aún arde muy fuerte en muchos de ellos, y no es algo que pueda compartir. No obstante, tampoco puedo lamentarme por un terrorista pretendiendo que fue un santo, porque jamás fue así. Que Raúl Reyes muriera de la forma en que lo hizo fue consecuencia de las decisiones que tomó a lo largo de su vida y las acciones atroces con las que defendió sus ideas, así que sencillamente no tengo motivo para condolerme.

A aquellos que estén en desacuerdo con algo de lo expresado en esta entrada, los invito como siempre a reflexionar un momento. No hay nada sagrado en esta vida, y la muerte es algo muy natural. No es un estado que exalte a nadie por encima de ninguna crítica o reproche por todas sus acciones en vida, por mucho que eso pueda incomodar a alguien. Después de todo, ¿cómo podemos esperar cultivar un buen pensamiento crítico, si lo estamos limitando ante situaciones cotidianas?

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