lunes, 14 de marzo de 2016

La entronización de la “rebeldía”

Uno de los mayores defectos que posee el ser humano es su fastidiosa tendencia a suspender el juicio crítico a determinados personajes de la historia, dependiendo del nivel en el que las posturas religiosas, políticas o sociales de dichos personajes concuerden con los suyos. Cuando esto ocurre, se suelen buscar distintas formas de justificar acciones que ciertamente hablan muy mal de dichos personajes, y son formas que pueden ir de lo patético y risible a lo ruin y hasta criminal. Es un rasgo muy común entre defensores furibundos de ideas nocivas o al menos erróneas: entre más se ataquen sus ideas, más intentarán blindarlas contra cualquier crítica.

La anterior introducción es para ilustrarlos un poco sobre el tema que me ocupa hoy. La semana pasada, mi amigo David publicó la más reciente entrada de Colombia, Banana Republic, la serie donde hace un recuento mensual de los hechos más vergonzosos y molestos de la política, la religión y la sociedad en nuestro país. En esta última entrada, dedicó unas palabras a la conmemoración que realizó la Universidad Nacional de los 50 años del asesinato de Camilo Torres, el cura guerrillero del ELN, por “algún extraño motivo”. Como yo comentaba en dicha entrada, desgraciadamente es una actitud muy común de la izquierda del país reivindicar criminales, presidentes corruptos o dictadores, sólo por estar en contra del gobierno de derecha de turno, y por tanto no es precisamente extraño; David replicó que sigue siéndolo, puesto que no tiene sentido ni es normal apoyar criminales sólo porque pretenden estar en contra del sistema. Y eso me inspiró para escribir la entrada de hoy.


Dejo claro desde el principio, porque nunca falta la persona que no comprende del todo lo que uno intenta transmitir, que esta no es una refutación a las palabras de David. Es, ante todo, una explicación de mi modo de ver la dichosa conmemoración a Torres, y el por qué contradicciones como llamar humanista a un criminal son tan comunes hoy en día que ya no son extrañas para mí -lo que no quiere decir que sean normales-. Les recuerdo, además, que tiendo mucho a ser cínico con la política, y eso quizás les haga comprender un poco mi comentario en la entrada de David, aunque por supuesto sea una idea que necesita ampliarse.

Leía hace poco, en una fuente que no recuerdo, que es prácticamente un hecho que la gente del pueblo tiende a ver con suma desconfianza y hasta cierto rencor a aquellos que ostentan el poder, y a aquellos encargados de velar por nuestra seguridad o castigar el crimen. El poder corrompe, dice un refrán muy común, y tristemente la historia de nuestra especie rebosa de casos semejantes. Es una podredumbre que siempre ha estado; sin embargo, a pesar de ello, no se debe creer que todo el que sube al poder en un cargo público va a convertirse inmediatamente en un corrupto o un opresor.

Lamentablemente, que se haya presentado con tanta frecuencia -y que aún hoy en día se presente con esa misma aterradora frecuencia- ha provocado que inmediatamente se desconfíe de cualquier político, de cualquier jefe, de cualquier policía o de cualquier soldado. Y al visualizar estas personas, ya no simplemente como corruptos puntuales, sino como ejemplos de la podredumbre de todos los miembros de su gremio en general, se empieza a ensalzar a todos aquellos que se enfrentan a estas figuras del poder. Sean como políticos o como bandidos, dichas personas son vistas a los ojos de muchos como los valientes que se enfrentan a la corrupción.

Si el lector es listo, seguro reconoce en el legendario Robin Hood uno de los modelos más primitivos del criminal convertido en héroe ante el pueblo, pues según el vulgo, robaba a los ricos y le daba a los pobres. Un lector curioso que investigue se dará cuenta que hay otros ejemplos similares, aunque mucho menos altruistas: los salteadores de caminos de la Inglaterra victoriana; los forajidos del Viejo Oeste en Estados Unidos; Bonnie y Clyde. Si quieren ejemplos más locales de criminales entronizados, tenemos los casos del Chapo Guzmán y Pablo Escobar. Hay una cierta fascinación con el criminal rebelde, ya sea que nos ayude o no.


Cuando ascendemos varios escaños en la complejidad del pensamiento, es decir, cuando nos fijamos en los rebeldes con componentes ideológicos de tipo político o religioso para su enfrentamiento a la autoridad, la cosa empeora bastante, pues suelen ser personas con una mayor influencia social que un salteador o una pareja de ladrones: estos suelen tener poder. Y es aquí cuando la justificación del apoyo a dichas personas se hace más desesperada y descarada. Actualmente, es necesario admitir que la izquierda es quien comete con más descaro esta suciedad ideológica. Tenemos, pues, a la mamertada de turno apoyando la dictadura castrista, la cuasi-dictadura (o dictadura, dependiendo de a qué venezolano le preguntes) chavista, el estalinismo, la dictadura china, a gobiernos sumamente abusivos de los derechos humanos como Rusia e Irán, al mamarracho fósil de Corea del Norte y a muchos otros gobiernos de índole similar.

Como ya dije antes, muchos de estos gobiernos son apoyados por la izquierda bajo la convicción de que comparten los mismos ideales, inconscientes de que en muchos casos no es así, y que incluso uno que otro irrespeta algunos de esos ideales. No obstante, hay una razón incluso peor por las que muchos apoyan gobiernos tan corruptos y nocivos:  porque son antiyanquis. Debe ser uno de los razonamientos más imbéciles que hay; mas, dado que Estados Unidos ha cometido muchas estupideces y atrocidades en su calidad de súper potencia, y que para muchas personas es más fácil señalar a un solo culpable de todo en vez de molestarse en comprender la complejidad de los procesos geopolíticos tras un conflicto, es muy fácil embelesarse con los gobiernos que critican al gigante del Norte.

Aquí tenemos el mismo ejemplo de los salteadores y forajidos, sólo que en versión giga. Para el izquierdista poco seso -que no son todos, porque siempre hay una buena cuota de gente sensata-, ya que Estados Unidos es el monstruo mayor, cualquiera que se le enfrente es un héroe inmediato. ¡Qué importa que en Rusia se limiten tan abusivamente los derechos de la comunidad LGBTI, o que en Corea del Norte los ciudadanos estén obligados a llorar por un líder muerto, o que en Ecuador se quiera oprimir la libertad de prensa, o que Irán sea una teocracia repugnante! Lo importante es que critiquen a los gringos; los crímenes de los gringos son los únicos que importan, los únicos que hay que señalar.

Es absurdamente común ver a tantos hoy en día que justifican a cualquier dictador o criminal de izquierda simplemente por ser de izquierda. Es por ello que no extraña mucho que en la Nacional conmemoraran el asesinato de Camilo Torres, puesto que fue un hombre que se rebeló contra el gobierno imperante, y además era sacerdote y un pensador bastante interesante, aunque olvidando, por supuesto, que el sacerdocio es una forma de adoctrinar a la gente oprimida y que tomar el camino armado es tomar el camino del crimen. Se olvida, además, que Torres fue asesinado durante una emboscada que su grupo le tendió a una patrulla de soldados (los cuales también debían tener una historia y una familia detrás de la que nadie se acuerda), y que entre los guerrilleros que fueron abatidos mientras lo acompañaban, uno de ellos era menor de edad. ¡Pero qué importa! Lo importante es que se enfrentó al gobierno corrupto.

Ah, y no crean los de derecha que ustedes no se salvan de entronizar criminales. También tienen su lote de basura ideológica. Ahí tenemos a todos los que aplauden a Uribe porque tiene “las pelotas” de criticar los diálogos entre el gobierno de Santos y las FARC, dejando de lado que él negoció con los paramilitares, que interceptó las comunicaciones de sus opositores, y que contribuyó a graves escándalos como Agro Ingreso Seguro y los casos de los falsos positivos, además de animar a sus “buenos muchachos” a irse del país cuando están enfrentando investigaciones judiciales. Están los que aplauden a Franco por haber librado a España de la monarquía por décadas y por mantenerse neutral durante la Segunda Guerra Mundial, ignorando que apoyó a Hitler durante los primeros años de la guerra, y que era un dictador fascista y opresor de primera; que añoran los tiempos de Pinochet por haber sacado el país de la crisis económica en que estaba “por culpa de los socialistas”, cerrando los ojos ante todos los desaparecidos del régimen; ¡hasta las personas que apoyaban a Bush y la invasión a Irak, porque se estaba enfrentando a los musulmanes extremistas, siendo que el gobierno de Hussein era relativamente laico, y ni siquiera compartía credos con Al Qaeda!

En general, se trata de gente tan acrítica que aseguran que puedes saber quiénes tienen la razón viendo quiénes son las personas más criticadas en los medios de comunicación, siendo que si seguimos esa línea de razonamiento, Bush debía ser el hombre más honesto de la pasada década. Gente tan simple que no comprende que el hecho de que los palestinos sean oprimidos en Israel no justifica los actos terroristas de Hamas y Hezbolah, o que el hecho de que Israel sea un estado judío no justifica que abusen de los derechos de los musulmanes; y nada de esto justifica tampoco que los gobiernos árabes que han recibido musulmanes los mantengan en su mayoría aislados y con menos derechos incluso que en Israel. Es gente que suele acusar a los que señalan estos sesgos cognitivos de ser personas maniqueas, cuando irónicamente su visión del mundo es terriblemente maniquea y simplista en sí misma.


Es necesario, y prácticamente urgente, que empecemos a madurar nuestro pensamiento crítico. Es sumamente necesario que desechemos esa visión tan torpe y simple de “mi ideología, para bien o para mal”, y dejemos de defender lo indefendible solamente porque se hizo bajo los estandartes de las mismas ideas que defendemos nosotros. Es una ruindad, y al final del día muestra que, aunque nuestras posturas sean las correctas, nuestra capacidad de reconocer errores es muy baja, y una evidencia de lo poco que hemos avanzado en el pensamiento crítico del que muchas veces presumimos.

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