Mi paso por la fábula de José Smith

 

He mencionado con frecuencia en redes y en algunos ensayos de este blog que solía acudir a la iglesia mormona. De hecho, técnicamente sigo siendo mormón, puesto que no he sido excomulgado, y el proceso de apostasía es tedioso y desalentador para quienes quieren abandonar esa fe. No obstante, creo que casi nunca me he dedicado a hablar con detalle al respecto, más allá de una mención en mi historia en MagufoBusters, hace ya más de 10 años, de modo que vale la pena hablar un poco a detalle al respecto.

Pero primero, ¿qué es el mormonismo? Oficialmente llamada Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (IJSUD), es una denominación cristiana surgida en el siglo XIX a partir de las doctrinas y enseñanzas de Joseph Smith (1805-1844), fundador y líder del Movimiento de los Santos de los Últimos Días, del cual surgieron la IJSUD, la Comunidad de Cristo y otras denominaciones menores. Los miembros de la IJSUD, conocidos como mormones por su principal documento religioso, el Libro de Mormón, son muy conocidos por su trabajo de misioneros difundiendo la palabra alrededor del mundo, gracias a lo cual sumaron en 2024 más de 17 millones de miembros.

En cuanto a sus creencias, me permito citarme a mí mismo para que tengan una idea general de ellas:

“De acuerdo con el cuerpo principal de escrituras, el Libro de Mormón, hubo tres migraciones semitas hacia el Nuevo Mundo (más exactamente, a Estados Unidos) […]. Para no hacer larga la historia, hubo muchos conflictos entre estos pueblos (y una visita de Jesucristo resucitado) hasta que los inicuos lamanitas destruyeron la nación nefita, aunque el profeta Mormón y su hijo Moroni (quien después visitaría como ángel a Smith) lograron enterrar las planchas de oro con toda la historia de sus pueblos en el cerro de Cumorah (¿no les suena un nombre similar a las Islas Comoras, cuya capital es Moroni?) antes de la batalla final. De acuerdo con la tradición, los lamanitas fueron castigados con piel oscura, para que así los nefitas los distinguieran y no se mezclaran con ellos, y serían los antecesores de los pueblos indígenas de las Américas.”

Por supuesto, cuando empezamos a recibir visitas de los élderes, lo único que yo conocía de los mormones era que habían sido perseguidos durante buena parte del siglo XIX por practicar la poligamia (perdón, “matrimonio plural”). Para quienes no lo sepan, el élder (castellanización de elder, anciano) es el primer grado en el Sacerdocio de Melquisedec, el sacerdocio mayor entre los Santos de los Últimos Días. Se encargan de administrar temas espirituales dentro de la Iglesia, pueden efectuar deberes y ordenar a aquellos hombres en el Sacerdocio Aarónico, así como, con previa autorización de sus superiores, conferir el Espíritu Santo a través de la imposición de manos, y dar sanaciones a nivel físico o espiritual a miembros de su familia.

Puesto que el Sacerdocio de Melquisedec es otorgado a partir de los dieciocho años, es típico que la primera tarea para los élderes recién nombrados sea oficiar como misioneros de tiempo completo por dos años en el extranjero, predicando el Evangelio y el Libro de Mormón. Es una labor no remunerada, que debe ser cubierta por el propio élder o su familia, aunque creo recordar que la estaca (una forma de organización en la iglesia mormona, equivalente a la diócesis católica) a la que estén asociados sí puede apoyarlos en temas de alojamiento. Seguro los han visto varias veces: hombres con camisa blanca y corbata, van en parejas, con una chapita negra en el bolsillo de la camisa con su apellido.

Los primeros que nos visitaron, cerca de entrar yo en la adolescencia, eran dos chilenos, Élder Alegría y Élder Parra. Debo admitir que eran bastante carismáticos y elocuentes, al parecer lo suficiente para convencer a mis padres de que debíamos bautizarnos. A veces hablábamos de otras cosas durante las visitas, e incluso en una ocasión mi hermana y yo, que siempre jugamos haciendo voces desde pequeños, improvisamos una actuación del cuento “El labrador y el diablo”.

A día de hoy, nunca he logrado entender del todo por qué mis padres decidieron entrar a la iglesia mormona. No sé si acaso mi padre cedió ante las visitas y las charlas sobre el Libro de Mormón, si fue por curiosidad espiritual genuina de los dos, o qué habrá sido. El caso es que después de varias visitas, nos acabamos consagrando cuatro miembros de la familia dentro de la IJSUD por allá en el 2004, con excepción de mi hermano mayor, que estaba estudiando en otra ciudad. Fue el propio Alegría quien nos realizó la inmersión.

Lo cierto es que, al inicio, para mí, hacer parte de la comunidad mormona fue algo que se sintió bastante motivador y estimulante. Como entré ejerciendo el oficio de diácono, el nivel más bajo del Sacerdocio Aarónico, tenía que ayudar con frecuencia a organizar y repartir el pan y agua durante la misa dominical. Además, después de la misa teníamos unas sesiones de clase entre jóvenes acerca de temas de la Biblia y el Libro de Mormón. Como el presidente de la rama a la que asistíamos sabía de mi interés por el alemán, debido a que vi clases de este idioma en primaria, me regaló una edición en alemán y tapa dura del Libro de Mormón, que aún conservo con cierto cariño a día de hoy.

Graciosamente, mi padre dejó de asistir los domingos al poco tiempo, y aunque mi madre y mi hermana procuraban que asistiésemos con más frecuencia, también fuimos espaciando nuestra presencia en la iglesia. Tampoco es que fuésemos muy obedientes con restricciones como la del café, tanto por tradición como por ser el café con leche algo relativamente barato de preparar para el desayuno. Y no me enorgullece admitir que probé licor por primera vez cuando tenía unos 14 años. A pesar de ello, yo seguía bastante animado en los domingos que iba. Incluso me eligieron una vez para que diese mi testimonio acerca de mi experiencia al entrar a la IJSUD, manifestando que creía que José Smith era un verdadero profeta, a pesar de que, en retrospectiva, nunca pasé por ese período de la revelación, ese donde te piden orar para recibir la señal de que todo lo relatado por los élderes sobre el Libro de Mormón es verdadero.

Creo que, para mí, lo importante era sentir que hacía parte de algo importante, la pertenencia a un grupo especial, con mucho conocimiento e interés por lo espiritual. Recuerdo que a veces compartía con mis compañeros en el colegio los mensajes y responsabilidades que tenía como joven mormón, incluso la de la Ley de Castidad -probablemente eso último fuese una forma de escapar a comentarios sobre novia o pareja en la adolescencia-. Afortunadamente no era fastidioso y santurrón con el tema, o al menos eso recuerdo.

Pero claro, siempre he sido muy curioso y lector desde pequeño. Y desde pequeño había consultado libros de historia que no sólo hablaban de las distintas migraciones de seres humanos a América en tiempos prehistóricos, sino también de ciertas similitudes fenotípicas entre los grupos amerindios y los pueblos del este y centro de Asia. Todo esto era un contraste enorme con el origen semita que propone el Libro de Mormón acerca de los pueblos indígenas de América, sin mencionar cierto racismo detrás de la idea. También sabía mucho de mitología y religiones antiguas, por lo que varios pasajes de la Perla de Gran Precio, como los supuestos dioses egipcios en el facsímile No. 1 del Libro de Abraham -una copia burda de los cuatro hijos de Horus-, o la supuesta etimología de Egipto, me hacían muchísimo, muchísimo ruido.

Copia en francés del Facsímile No. 1 del Libro de Abraham.

Creo que ese fue el motivo principal por el que nunca “recibí” la llamada Promesa de Moroni, la revelación divina de que la palabra del Libro de Mormón es real: tenía ese conflicto interno entre lo que enseñaba la Iglesia, y lo que decía todo lo que había consultado por años sobre historia y arqueología. Tal como conté en MagufoBusters, dicho conflicto sólo se acrecentó cuando en una ocasión quise consultar, por sugerencia de mi mamá -nunca entendí por qué-, la biblioteca de la capilla a la que asistía para una tarea sobre evolución. El presidente me dijo que podía ayudarme con gusto, pero que recordara que, como mormones, no respaldábamos la idea de la evolución biológica. Para alguien como yo, que desde pequeño devoraba muchos libros e información sobre ciencia, y que ya entendía el tema de la evolución como origen de la diversidad en la Tierra, eso fue como una pedrada. Ni siquiera se tomó la molestia de defender una “evolución guiada”, como pasa con algunos religiosos compatibilistas entre evolución y fe.

Lo último que me hizo romper definitivamente con la iglesia mormona fue que me hicieron presidente del grupo de adolescentes que se reunían semanalmente para recibir lecciones acerca de cómo interpretar el Nuevo Testamento. Era una responsabilidad que sentía muy pesada, y que me estaba causando bastante estrés en aquellos momentos, además de que cada vez me sentía más distante de la fe. Le manifesté llorando a la maestra que necesitaba dejar ese puesto, y ella lo rechazó tajantemente. No le importó mucho el conflicto que enfrentaba, ni la tensión que me provocaban las responsabilidades de algo de lo que ya no me sentía parte. Así que simplemente no asistí ni a la reunión ni a la misa del domingo la semana siguiente. Tampoco a la siguiente. Ni a la que vino después.

Por supuesto, la Iglesia no se quedó quieta cuando todos dejamos de asistir a la congregación. Algunas veces llegaron algunos miembros de rango alto en la rama para preguntar por nuestro estado, recomendarnos ser más regulares, que nos recibían siempre con los brazos abiertos. Cuando tuvimos que mudarnos de donde vivíamos en ese momento, nos perdieron el rastro. Nos volvieron a encontrar un par de veces entre mudanza y mudanza, y volví en una ocasión a una misa dominical -donde un niño pequeño se quedó maravillado con la joya en mi labio-, pero entre mudanza y mudanza perdimos de nuevo el contacto con ellos, una de las escasísimas ventajas de no tener casa propia.

Dejar de creer en las historias de la tripleta mormona -El Libro de Mormón, Doctrina y Convenios, y la Perla de Gran Precio- no me costó mucho, porque desde el inicio nunca creí profundamente en ellas. Dejar de creer en una deidad detrás del mundo y la realidad material fue un proceso más largo y paulatino. Como dije, técnicamente sigo siendo mormón, pero no me interesa en absoluto volver a la IJSUD, y por supuesto tampoco le recomendaría a nadie integrarse a ella. Las religiones en general dependen, además de la fe, de una buena dosis de suspensión de la incredulidad por parte de sus fieles con respecto al conocimiento existente, pero el mormonismo hace unas afirmaciones tan comprometidas a nivel histórico, arqueológico e incluso mitológico que exige muchísima más suspensión de lo que debería considerarse sensato.

No es que todo sea malo dentro de la iglesia mormona. Son una religión que construye bastante un fuerte sentido de comunidad, mantienen apoyo constante entre sus miembros, y suelen estar bastante pendientes de aquellos que afrontan dificultades. Eso sería de admirar en cualquier agrupación de izquierda o anticapitalista, pues no son pocas las que no brillan precisamente por su red de apoyo o su sentido comunitario. Por otro lado, como podrán notar de mi historia, eso tiende a veces a aplastar cualquier atisbo de individualidad o inquietud acerca de la doctrina de la Iglesia, e imponer obligaciones que se sienten restrictivas, como el diezmo o los oficios del sacerdocio, aún cuando la persona no se encuentre en condiciones físicas, emocionales o económicas para ello.

Tampoco es que los mormones sean exactamente una democracia participativa: como la mayoría de las religiones, tienen una estructura fuertemente jerárquica, y aunque cada rama y estaca maneja asuntos locales a su propio juicio, responden ante la presidencia de área. Incluso dentro de las ramas o barrios pueden ocurrir algunos roces en términos de liderazgo, y o personas que, gracias a sus conexiones, ejercen una autoridad más allá de lo que su oficio les permite. Esto, por supuesto, no es exclusivo de los mormones, ni siquiera de las religiones como tal, pero no se debe pasar por alto. Y no puedo dejar de mencionar su largo historial de racismo en la ordenación del sacerdocio,

Es posible que, si algún mormón lee esta historia, dirá que nunca fui un verdadero mormón, puesto que nunca realicé la prueba de la oración. No podría importarme menos. La oración es un proceso bastante subjetivo, y nuestra percepción puede verse sesgada e influida también por el deseo de hacer comunión con Dios, con lo que se puede terminar percibiendo como verdadera una fe llena de contradicciones e incoherencias absurdas incluso para otras religiones. La prueba de la oración es una trampa ingeniosa para poner toda la responsabilidad en el individuo. Si no recibes la señal, es que no tienes suficiente fe, o no oraste con convicción ante Dios. Si recibes la señal, entonces fuiste tú quien decidió unirse a los mormones, no la insistencia o las dudas existenciales.

En fin, quería aprovechar este espacio para hablar un poco más a detalle de lo que fue hacer parte más o menos activa de una de las denominaciones religiosas más particulares de la actualidad. Cada persona es libre de creer en el dios que quiera, y llevar su vida de acuerdo a lo que esa deidad les exige. No obstante, aunque nunca fui un antiteísta, ni muy antirreligioso en particular, creo que la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es una de las religiones más absurdas en términos de creencias, de modo que, si sienten inquietudes espirituales y creen que seguir un credo en particular puede ayudarlos a responderlas, directamente les recomiendo que no se acerquen a esta. No les hace falta una religión organizada para llevar una vida con significado espiritual, y dependiendo de cómo entiendan la espiritualidad, ni siquiera una creencia religiosa. E incluso entre las religiones, hay mejores opciones.

 

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