Superar el campismo


 Sin duda, el 2026 ha tenido un inicio bastante agitado en términos internacionales. Tan sólo el primer fin de semana, fuerzas de Estados Unidos entraron en territorio venezolano y capturaron al dictador Nicolás Maduro, en un movimiento que fue celebrado y reprochado a partes iguales en todas partes. El júbilo de los venezolanos que pensaron que vendría por fin la caída del régimen chavista se convirtió pronto en desilusión y desconcierto cuando Donald Trump reveló que se permitiría a la vicepresidenta venezolana, Delcy Rodríguez, asumir el mando del país, siempre y cuando se mantenga dentro de lo que necesitan los intereses de EE.UU. y tenga en marcha la industria petrolera -que es, por supuesto, lo que realmente le interesa a Trump-.

En Irán, mientras tanto, hay fuertes protestas en contra del régimen de los ayatolás desde el pasado diciembre, las cuales iniciaron por cuenta de la crisis económica y el colapso del rial, pero que ha terminado encarnando el descontento de décadas contra la opresión ultraconservadora de la Revolución Islámica. Se ha confirmado que el régimen ha ejecutado más de tres mil personas durante las protestas (aunque se estima que podrían ser incluso diez veces esa cifra), y mientras escribo estas palabras hay un apagón nacional de la Internet y las calles se encuentran militarizadas.

Finalmente, Rojava prácticamente cayó. El territorio de la Administración Autónoma Democrática del Norte y Este de Siria, formada en 2012 bajo los preceptos del confederalismo democrático formulado por Abdullah Öcalan, ha perdido el 90% de su territorio bajo las fuerzas del nuevo gobierno de Siria. Entre el abandono de Estados Unidos, la deserción de las tropas árabes ante la promesa del presidente Ahmed al-Shaara de hacer parte del Estado sirio, y algunos conflictos internos en su organización, las milicias kurdas quedaron reducidas a sus centros mayoritarios como Qamishili y Kobane, la ciudad que en 2014 se convirtiera en símbolo de la resistencia contra Estado Islámico.

Tan solo hablar de cada uno de estos sucesos daría lugar para una entrada en sí misma, y por cuestiones de tiempo no seré capaz de darles el tiempo y espacio que merecen. Dejo este par de videos del canal Preguntas Incómodas para ofrecer contexto de la situación venezolana, tres artículos acerca de la situación en Irán, y varios comentarios sobre la crisis actual de Rojava. Con ello pueden tener una idea general de lo que transcurre en dichos países, y permanecer atentos de lo que pueda ocurrir a futuro. Continúo entonces.

Ciertamente se ha comentado mucho acerca de estos sucesos recientes, en particular los dos primeros. No obstante, algo que destacó sobre todo es la tendencia de sectores de izquierda a desestimar en cierta forma lo que está ocurriendo y como se reacciona a ello, sobre todo por parte de quienes han tenido que padecerlo, algo que se ha denunciado desde sectores de la derecha y de la propia izquierda. Pensarías que los ciudadanos tendrían una importante consideración por parte de dichos sectores, que el pueblo sea lo primero, independiente de la orientación política de los gobiernos que los oprimen.

En su lugar, tenemos gente de izquierda menospreciando las experiencias de venezolanos dentro y fuera de su país sobre el régimen chavista, acusándolos de ser extranjeros haciéndose pasar por locales, y llamando a Maduro “presidente legítimo”; a otros que consideran que las protestas en Irán fueron provocadas por la CIA y Estados Unidos, e incluso blanqueando las violaciones a derechos humanos y discriminaciones del régimen de Jamenei, que por alguna razón ubican como un triunfo socialista; y otros que consideran el fracaso de Rojava como otra evidencia de que el marxismo es insuperable y la única forma en que se puede llevar una revolución. Y todo eso mientras otras personas en la izquierda pueden entender y simpatizar con lo que está ocurriendo.

Por supuesto, muchas de estas cosas no son nuevas cuando has visto de cerca por mucho tiempo a grupos de izquierda en redes sociales, y la manera en que se dan debates y discusiones (muy a menudo más discusiones que debates). Y tampoco será extraño para quienes han visto a gente de izquierda defender ideas increíblemente contradictorias, como el mencionado respaldo a un régimen religioso autoritario como en Irán, o a personajes como Vladimir Putin, que ni por asomo podrían considerarse de izquierda. Esto es reflejo de una tendencia frente dentro de nuestro espectro ideológico: el campismo.

El campismo es una forma práctica y un poco radical de la mentalidad “nosotros vs ellos”, que visualiza el mundo, sus naciones y gobiernos, como una serie de diferentes campamentos que compiten políticamente entre sí. De acuerdo con la visión campista, las personas afines a la izquierda deben entonces comprometerse siempre a apoyar siempre a su propio campamento, independiente de naciones, etnias o religiones. Son las afinidades ideológicas las que priman e importan.

¿Y cuáles son esos campamentos que se visualizan en el campismo? Típicamente son dos o tres, pero lo que compone cada uno ha variado a través de las décadas, usualmente girando alrededor de los grandes conflictos internacionales. Durante la Primera Guerra Mundial ocurrieron divisiones entre grupos socialistas en países como Alemania o Estados Unidos de acuerdo a posturas internacionalistas (quienes se oponían a que sus naciones participaran en la guerra) o defendistas (quienes apoyaban la participación). Durante el período previo a la Segunda Guerra Mundial, inicialmente hubo una división entre un bloque fascista y un bloque antifascista, pero con el pacto Molotov-Ribbentrop, los socialistas trotskistas visualizaron tres campamentos: potencias imperialistas del lado de Estados Unidos, Francia y Reino Unido; potencias imperialistas del lado del Eje (incluyendo la URSS); y una unión de la clase obrera internacional que luchara contra ese imperialismo.

Con la Guerra Fría, se formaron los campos que dieron lugar al conocido modelo de tres mundos: el Primer Mundo (naciones capitalistas, lideradas por Estados Unidos), el Segundo Mundo (naciones comunistas, encabezadas por la URSS) y el Tercer Mundo (todas las otras naciones). Por supuesto toda esta división campista se fue complejizando con los años, debido a la fragmentación del Segundo Mundo en distintos campamentos ideológicos propios, de acuerdo a gobiernos socialistas específicos, y el Tercer Mundo también dio lugar a diferentes ideologías como el panarabismo o el panafricanismo, que buscaban promover gobiernos del Sur Global que permitieran a los países víctimas del imperialismo controlar sus propios destinos.

Y de hecho, el campismo tiene sus orígenes con el triunfo de la Revolución Rusa, que generó una reacción importante en el movimiento obrero internacional, dividiéndose entre los que se mantuvieron dentro de partidos y organizaciones socialdemócratas, y los que conformaron partidos comunistas o se hicieron parte de la Internacional. Cuando Stalin dirigió una contrarrevolución dentro de la URSS y se convirtió en dictador, reformando la economía y la política en un sistema centralizado bajo el Partido, muchos partidos comunistas alrededor del mundo se mantuvieron apoyando el “campamento socialista”, aun cuando ya poco tenía que ver con el marxismo-leninismo de la Revolución Rusa, o incluso cuando Stalin firmó el Molotov-Ribbentrop -si bien esto sí generó la renuncia de varios líderes en los partidos-.

Sin embargo, en palabras de Dan La Botz, en un artículo donde explica los orígenes del campismo, este le debe gran parte de su estructura contemporánea al maoísmo y al tercermundismo. Al mismo tiempo que el bloque comunista empezó a fracturarse tras la Segunda Guerra Mundial, con la ruptura entre Mao y la URSS siendo la más importante, docenas de antiguas colonias en África, Asia y el Caribe declararon su independencia y se convirtieron en países reconocidos en las décadas siguientes. Estas naciones conforman lo que se entiende como el Tercer Mundo, y su pasado bajo el régimen colonialista las llevó a declarar un rechazo del imperialismo en todas sus formas; sin embargo, con el tiempo, en parte por la influencia de algunos regímenes comunistas no soviéticos, y en parte por el papel de EE.UU. en intentar mantener control de sus antiguas colonias, los movimientos de liberación del Tercer Mundo se fueron inclinando políticamente hacia la izquierda y el comunismo. Y ante las tendencias imperialistas de la propia Unión Soviética, no fueron pocos los que vieron (y aún ven) a China como el modelo y vanguardia del campo socialista, a pesar de la introducción gradual del modelo económico capitalista en su gobierno, su propia estructura de dictadura unipartidista, y su persecución y supresión de disidencias políticas y minorías étnicas.

Hoy en día, la composición de los campamentos depende de la tendencia socialista de los que se ubican a sí mismos como segundos campistas. Los que son principalmente comunistas modernos dividen el mundo entre países capitalistas, países considerados comunistas -usualmente Cuba, Venezuela y China- y países no alineados. Si son de un enfoque más antiimperialista en general, el primer campamento son los países imperialistas como EE.UU. y el Norte global, el segundo campo incluye países “antiimperialistas” como China y Rusia, y de nuevo el tercero a países no alineados.

Creo que ya pueden ir notando cuál es el problema con los campamentos que, supuestamente, deberíamos siempre respaldar desde la izquierda. No sólo es muy frecuente que estén presentes países gobernados por regímenes autoritarios (Cuba y Venezuela, por ejemplo), sino que además se incluyen gobiernos que ni siquiera son de izquierda en sí (Rusia o Irán), pero la lógica “comunista” o antiimperialista -o simplemente anti EE.UU.- dicha que debemos respaldar igual a estas naciones por compartir alguna de dichas ideologías. Nos encontramos entonces con una visualización simplista, que sólo tiene en cuenta cuestiones geopolíticas muy estrechas, cuando en el mundo real existen diferentes dinámicas y matices a tener en cuenta de los gobiernos y los movimientos sociales, más allá de simplemente “este es de izquierda” o “este se opone a EE.UU.”.

Pero muy a menudo la visión del segundo campista es simplemente fijarse en qué posición se encuentra EE.UU. y tomar la opuesta. Es así como, a pesar de encontrarse a la izquierda del espectro político, puedes encontrar a socialistas apoyando a Putin en su guerra de invasión contra Ucrania, feministas que presentan al régimen iraní como un paraíso de los derechos de la mujer, comunistas que se creyeron el meme de “siete razones por las que EE.UU. invade Siria”, y anarquistas que proclaman a Maduro como presidente legítimo. Las ideas parecen ser muchísimo más importantes que las personas.

Probablemente estén pensando “Oye, pero me parece a mí que la derecha también cae en este mismo comportamiento, ¿no? No es especial o exclusivo de la izquierda”. Y en efecto así es. Si bien el campismo es como se describe a esta actitud desde la izquierda, lo cierto es que ese tipo de sectarismos también son una conducta presente en sectores de la derecha. Pensemos, por ejemplo, en cómo el sionismo ha entrado en un juego de la culpa contra sus críticos, en donde si te manifiestas en contra de la barbarie que ejerce Israel contra Gaza, o tan siquiera dices que los niños palestinos no deberían morir, entonces eres un irredento antisemita, sin importar tus argumentos o motivaciones. O esa gente en Estados Unidos, que es tan trumpista o antiwoke que cualquier cosa a la izquierda de Donald es un comunista asesino, y son incapaces de concebir el desastre que ejerce el gobierno actual en materia de salud y libertad de expresión y academia, o creen que los abusos y homicidios del ICE no son nada con tal de que el progresismo nunca vuelva a gobernar -a pesar de que apenas sí estuvo-.

Tienen un presidente condenado, fuerzas casi paramilitares que detienen arbitrariamente a la población, un secretario de salud destrozando la salud pública con pseudociencia, la libertad académica y el presupuesto coartados en las universidades, pero para Colin Wright el peor escenario es que le pidan respetar pronombres.

Pero campismo es un término que se asocia con esa tendencia en la izquierda porque surge desde la izquierda, y es precisamente por ello por lo que necesita una crítica fuerte, pues no sólo deslegitima las luchas de la izquierda a nivel mundial al reducir el apoyo a movimientos sociales y revoluciones a un juego geopolítico simplista, sino que convierte los ideales socialistas y humanistas en un abstracto, uno que se vuelva fácil de defender cuando no te tienes que fijar si los gobiernos a los que respaldas realmente están protegiendo los intereses de sus pueblos.

Como señaló Elia J. Ayoub en Red Pepper Media, el campismo es curiosamente similar, de una manera inversa, al concepto de realpolitik que aplicaban líderes políticos como Henry Kissinger, el famoso ex secretario de defensa de EE.UU., donde la búsqueda de alianzas y poder estatal se basan en pragmatismo e intereses nacionales comunes, más allá de inquietudes éticas y leyes internacionales -razón por la que, por ejemplo, los gringos abandonaron a su suerte a Rojava en cuanto hicieron migas con el nuevo gobierno sirio-. En el realpolitik campista, el enfoque no está en los intereses del gigante del Norte, sino en un antiimperialismo que realmente refleja modos de pensamiento imperiales, con bloques de naciones por respaldar sin tener en cuenta a aquellos que deben padecer regímenes autoritarios, como ha ocurrido en Siria o Venezuela, porque creen que el único imperialismo es el que ejerce EE.UU. y sus aliados.

Es una lógica simple y (honestamente) tonta: si este país se opone a Estados Unidos, es automáticamente un país antiimperialista. No te fijes en sus problemas internos, porque el problema central, la contradicción primaria, es el imperialismo. ¿Irán ejerce una teocracia religiosa que restringe a las mujeres y persigue minorías sexuales y religiosas? Nimiedades, son un contrapeso a los gringos. ¿China ejerce un único partido que mantiene vigilada a la población? Pues eso los hace sumamente productivos y competitivos. ¿El régimen chavista se convirtió en una nueva burguesía que dispara contra el pueblo obrero y oprime incluso a otros partidos comunistas? ¡Cómo te atreves a insinuar que hay un componente de clase aquí, maldito reaccionario!

Tal como lo definió Leila al-Shami, en un texto que criticaba el respaldo de la izquierda internacional al régimen de Assad durante la guerra en Siria, el campismo termina siendo el antiimperialismo de los idiotas. Es un antiimperialismo que está dispuesto a sacrificar las vidas de millones que padecen a gobiernos autoritarios, algunos que no son ni comunistas ni tan siquiera de izquierda, por una comprensión geopolítica de la realidad que parece concebida por un niño de primaria jugando al fútbol. El internacionalismo de las luchas socialistas queda a un segundo plano ante la noción de que EE.UU. y sus aliados son la única amenaza para el orden internacional, aunque países como China o Rusia no sean precisamente ejemplos de democracia y respeto por la autodeterminación de los pueblos.

Y como me lo veo venir, nada de esto significa que apoye a Estados Unidos. Lejos de eso. Como señala Labotz, identificar el imperialismo requiere ver si una nación ejerce alguno de los cinco criterios siguientes: conquista militar, ocupación territorial, subyugación política, explotación económica y dominación cultural. Es obvio que EE.UU. hace uso de todas estas prácticas en sus “intervenciones” militares, tal como lo han hecho países europeos con el colonialismo en África y Asia e incluso Japón con su ocupación de China y Corea, pero también lo hace China con su ocupación del Tíbet y la creación de islas pequeñas en el Mar de China del Sur, así como Rusia con la anexión de Crimea y la invasión a Ucrania que mantiene hasta hoy. ¿Por qué resulta tan fácil identificar que los tres primeros casos son imperialismo, y cuesta tanto reconocerlo en los dos siguientes?

(Entre paréntesis: parece que ni siquiera coincidir en algo como el horror de los archivos de Epstein puede evitar las discusiones campistas. Por ejemplo, la presencia de Noam Chomsky en correos aconsejando a Jeffrey sobre la persecución mediática que sufrió tras su primera condena e investigación -algo inexcusable para cualquiera que se considere socialista o anarquista, o cualquier ser humano en general- ya empezó a ser tomada por algunos nostálgicos estalinistas como evidencia contra sus críticas al autoritarismo de la URSS, mientras que otros de una izquierda más liberal pretenden que sea sólo un error de juicio, e ignorando que también fue escéptico de las atrocidades de los Jemeres Rojos y el genocidio bosnio. Curiosamente, son muchos los anarquistas que ya eran críticos de Chomsky antes de su aparición en los correos. Cierro paréntesis.)

Como bien señalan La Botz y Jason Schulman, la izquierda necesita, para combatir el campismo, mantener un compromiso firme con la democracia y la autodeterminación de los pueblos. No puedes apoyar una dictadura como la de Delcy Rodríguez simplemente por venir de un proyecto de izquierda, y no se debería aplaudir una teocracia opresiva como Irán porque se oponga a la injerencia de Estados Unidos en Medio Oriente. Criticar las intervenciones de Trump en ambas naciones no significa que debamos darle nuestro respaldo a este tipo de gobiernos. Debemos tener un compromiso no simplemente político, sino ético y moral. El apoyo de la izquierda debe ir dirigido al pueblo y su anhelo por la democracia, y por mucho que nos moleste, si eso requiere derrocar gobiernos de izquierda o que se presentan como antiimperialistas, tendrán que caer.

En segundo lugar, necesitamos recuperar nuestro espíritu internacionalista, el apoyo entre movimientos sociales, populares y obreros alrededor del mundo. Aquellos países con gobiernos de izquierda o autoritarismo en apariencia antiimperialista también cuentan a menudo con grupos y organizaciones de izquierda que se les oponen. Es importante entonces que haya un intercambio de información, de la situación interna de dichas naciones, de los objetivos que se buscan, para evitar esa desconexión entre activismos de izquierda y el estado real de los derechos humanos en naciones como Venezuela, Cuba, o Irán.

Pero no se trata sólo de conectividad en información e ideales, sino también de una coordinación de esfuerzos entre organizaciones y comunidades a nivel internacional. Por ejemplo, cuando más de treinta sindicatos palestinos llamaron el año pasado a la solidaridad por parte de las organizaciones laborales alrededor del mundo, se dieron eventos como un bloqueo a una fábrica de armas en Reino Unido y una huelga general en Italia una huelga general en Italia, en protesta por el apoyo y la financiación a la maquinaria de guerra israelí. Fueron movimientos importantes, pero imaginen cuán mayor habría podido ser el impacto si se hubiese dado una coordinación no sólo entre ambas organizaciones, sino con otras en distintos países. No hablo necesariamente de terminar la guerra en Gaza, pero sí presionar sobre el envío de armas a Israel, y el apoyo político y tecnológico a una guerra tan cruenta como absurda.

Porque la lucha no es sólo contra el postfascismo de Trump, la dictadura de Maduro o las teocracias en Medio Oriente; la lucha debe ser contra la estructura económica y política que los alimenta, que permite que los intereses empresariales, el extractivismo y las alianzas estratégicas primen por encima de los derechos humanos y la autodeterminación de los pueblos. Y en esa lucha, no podemos detenernos en negaciones absurdas sobre aquellos que, siendo cercanos ideológicamente a nuestras ideas o intereses, también han sido partícipes activos de dicha estructura de poder.

Un paso necesario para consolidar una red internacional es, pues, dejar de visualizar las complejidades políticas y democráticas de las naciones como si fuesen una pelea de barras deportivas. Romper con el autoritarismo y el imperialismo necesita que repudiemos también todos aquellos proyectos políticos, pasados y presentes, que son precisamente autoritarios, imperialistas y antidemocráticos.

Adenda: Como recomendación, les dejo este ensayo de Maik Civeira (Ego para los amigos) donde describe el escenario actual con el crecimiento del fascismo, pero también los pequeños triunfos que se han logrado contra él, y lo que podemos hacer al respecto.

 

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