miércoles, 19 de julio de 2017

¿Por qué seguimos con esta vieja discusión?

En las últimas semanas han ocurrido hechos que han puesto a reflexionar a muchos sobre la libertad de expresión. Lo curioso es que muchos no parecen tener claro lo que esto significa, y mientras algunos creen que en espacios públicos y privados la libertad de expresión vale igual, otros creen que decir las cosas de forma grosera es algo libre de ser criticado, y unos pocos no distinguen que el humor y la sátira no son de ninguna forma equivalentes a la calumnia. ¿En serio hay que seguir explicando lo mismo una y otra vez?

El mes pasado hubo cientos de marchas en todo el mundo con motivo del Orgullo Gay, y en algunos países para enfocarse en leyes a favor de la diversidad sexual y la identidad de género. Como es usual, los grupos cristianos salieron a cuestionar las exhibiciones bastante “libertinas” que suelen verse en muchas marchas, la presencia de niños y las parodias cristianas que algunos hacen. En particular, algunos señalaron la hipocresía de considerar eso libertad de expresión, mientras que en Chile, por ejemplo, al infame pastor Soto (no tiene nada que ver con el “doctor” Soto, pero muy diferentes no son) se le impidió hacer una entrevista en un programa.


Para los que no viven en Chile o no supieron del asunto, se los explico. Hace un mes, el pastor Soto, conocido dentro y fuera de Chile por sus fuertes posturas homofóbicas y declaraciones absurdas al respecto (como que los terremotos en Chile son causados por la tolerancia a la homosexualidad) fue invitado al programa El interruptor. Al iniciar la entrevista, Soto empezó con una corta oración, y después puso en el suelo un “trapo de inmundicia”: una supuesta bandera LGBTI (no tardaron en señalar muchos que en realidad era la bandera del Cuzco; además de homofóbico, Soto fue ignorante) adornada con los nombres de candidatos presidenciales a favor de la diversidad sexual (Soto es aliado político de José Antonio Kast). El presentador José Miguel Villouta, al ser homosexual, lo consideró falta de respeto y le pidió amablemente, varias veces, que retirara la bandera para empezar la entrevista. Ante la reiterada negativa de Soto, la directora de contenidos del canal llegó al set para solicitar lo mismo al pastor, y al seguir defendiéndose dio por terminada la entrevista, a la vez que agradeció a Villouta (quien renunció a fin de mes al programa) por su paciencia.

Para completar la percepción errónea del problema, la terrible campaña del “Bus de la Libertad” (de la que ya hemos hablado aquí) llegó a Chile, y no fue precisamente bien recibido. En apoyo a la comunidad LGBTI, un activista desplegó la bandera en el Congreso chileno (aunque esto generó problemas a dos diputadas), y en Valparaíso el paso del bus terminó en medio de incidentes por los manifestantes, mientras que Soto, haciendo acto de presencia, fue detenido por carabineros al intentar alborotar más las cosas con su incendiario discurso. Para muchos, como siempre, esto marca la hipocresía del movimiento pro derechos LGBTI, que quieren ser escuchados, pero que tratan de oprimir a quienes no comparten su visión del mundo (y que, aclaremos, “no son homofóbicos”).


Aquí tenemos un problema, y es que en primer lugar creemos que hay ideas a prueba de crítica o burla, y en segundo lugar confundimos espacio público con espacio privado. Y es que la libertad de expresión no es igual en ambos escenarios, y ese es tanto el error de Soto como de los manifestantes a favor del “Bus de la Libertad”. Lo sucedido en El interruptor se explica por un hecho simple: si estás dentro de un espacio privado y quieres expresarte, puedes hacerlo, pero debes respetar las reglas de dicho espacio. Sí, yo tengo la libertad de cagarme en Dios si quisiera cuando voy a visitar a un amigo cristiano (y siendo colombiano y costeño, son la mayoría), pero eso sería una falta absoluta de respeto, porque estoy en su casa y debo atenerme a las reglas de su casa. Puedo conversar tranquilo con él, incluso cuestionar sus creencias dentro de su propio hogar, pero siempre en el marco del respeto a su persona, sin gestos ni acciones innecesarios y estúpidos que echen al traste la conversación. Soto hizo justamente todo lo contrario, y ante esa situación, Villouta y la directora de contenido de Vía X tuvieron todo el derecho y poder de terminar la entrevista.

La comparación con los desfiles del orgullo LGBTI y las sátiras cristianas que hacen a veces en estas marchas es un asunto espinoso. Yo no soy tampoco muy amante de las parodias de la Crucifixión en esos espacios, pero no por razones de creencia o respeto a la misma (les escribe alguien que le gustan imágenes de la Última Cena con un Cristo devorado por zombies, o una graciosa donde un Jesús sonriente reparte literalmente su cuerpo entre sus discípulos), sino porque creo que alienan a los cristianos que respetan a la comunidad LGBTI, e incluso no ven problema en que se casen y adopten niños (los hay, y no son pocos). Sin embargo, dentro del marco de la libertad de expresión, esto está perfectamente permitido, especialmente si hablamos de países laicos (al menos en el papel) como Estados Unidos o Colombia. Por otro lado, hay mucha doble moral al respecto, pues quienes critican estas cosas suelen ser los mismos que llaman a los homosexuales “aberraciones”, que creen que deben seguir siendo ciudadanos de segunda clase, y que no reconocen que las iglesias de muchas religiones los condenan como pecadores, e incluso algunos líderes alientan a discriminarlos y no en pocos casos a penalizarlos. ¿De repente se ponen hipersensibles porque apareció un Cristo gay crucificado? Vamos, que ninguna idea está por encima de la crítica y la sátira, y así como ustedes los pueden llamar aberrados tranquilamente en sus casas y púlpitos, ellos están en la misma libertad de burlarse de su fundamentalismo absurdo.

Con los ataques de pintura al “Bus de la Libertad” en Bogotá no estuve de acuerdo, y no empezaré con el de Chile. Diré, eso sí, lo mismo que digo cada vez que alguien pretende ponerse en una posición de víctima que realmente no le corresponde: cuando divulgas ideas crueles o discriminadoras, no todos tus críticos van a ser santas palomas, y el hecho de que te ataquen no significa que tus ideas son las correctas: eso es autocomplaciente y estúpido.

Saltando a mi terruño, nos encontramos con la revuelta de opinión de los últimos días. A raíz en parte de una columna satírica de Daniel Samper Ospina en la que comentaba con ironía sobre el nombre de la hija de la senadora del -dizque- Centro Democrático Paloma Valencia (Amapola) y la política sobre las drogas, el senador Álvaro Uribe Vélez publicó un tuit donde lo llamó “violador de niños”. El columnista no se amedrentó, y en un video dejó claro que recurrirá a acciones legales ante lo que es un acto de calumnia. Al mismo tiempo, decenas de figuras públicas de la política y el periodismo -incluyendo, de hecho, a muchos uribistas- criticaron fuertemente a Uribe por recurrir a semejante acusación sin evidencia alguna, y una carta pública firmada por decenas de periodistas pidió al expresidente terminar con sus ataques a la prensa y los periodistas.


Pero como al tirano nunca le faltará gente que lo apoye, no han sido pocos los que defienden a Uribe, llamando a Daniel Samper pedófilo, hipócrita por atacar reiteradamente en sus columnas al senador, y a los medios por sus continuas críticas al “Centro Democrático”. Uribe tampoco se ha retractado: insistió en sus descalificaciones y culpó a los periodistas. Y su partido, cómo no -con excepción de Iván Duque, el menos indecente del partido, lo que no es un gran logro en sí mismo- cerró filas a la sombra de su jefe para defender sus patanerías, usando descaradamente a la hija de Paloma Valencia como ejemplo.

Podría hablar mucho al respecto, pero creo que la última entrada de mi amigo David Osorio lo resume muy bien. ¿Qué más podemos decir sobre la podredumbre moral que representan Álvaro Uribe Vélez y los que lo siguen y defienden? ¿Cómo confiar en quienes usan a una bebé de pocos meses como herramienta política porque fue objeto de una corta broma en una columna satírica (irrespetuosa, sí, pero es humor al final, y para el humor no hay nada sagrado)? ¿Por qué escuchar a quienes llamar violador de niños a un periodista por publicar un reportaje sobre la pederastia en la Iglesia en SoHo, cuando los niños de las fotos realmente contaban con el permiso de sus padres? ¿Cómo caer a la bajeza de defender la canallada de Uribe diciendo que quien “viola la fe” puede violar cualquier cosa? ¿Por qué creer que el uribismo es un ejemplo de rectitud, de salvación política, cuando es evidentemente un cúmulo de corruptos morales que comparar sátiras políticas, críticas religiosas o trabajos fotográficos con atacar sexualmente a los menores de edad? En serio, colombianos, ¿esa gente es por la que pretenden votar?

Y sobre todo, ¿por qué seguimos discutiendo una y otra vez sobre la libertad de expresión, cuando una y otra vez se presentan claros los argumentos? Siempre que no se levante una calumnia contra terceros (justamente como hizo Uribe, y por fuera de cualquier contexto satírico, como son las columnas de Samper) y no se instigue a dañar a la gente, las opiniones expresadas no se pueden censurar. El pastor Soto y los homofóbicos del “Bus de la Libertad” tienen tanta libertad de pasear su asquerosa ideología en cuatro ruedas como la tiene Daniel Samper de ironizar y burlarse de Uribe y sus seguidores, de Santos, de Maduro y de cualquier político de los que conforman nuestro sainete regional. Con los primeros, eso ayuda a conocer lo desinformados y manipuladores que son, y dan las herramientas para refutar su visión estrecha de la sexualidad con argumentos sólidos. Con el segundo, podemos reír a carcajadas de aspectos horrorosos de nuestra política, y lo ridículos que pueden llegar a ser quienes nos gobiernan.

Cualquiera de los dos puede ser criticado por tal y cual cosa: quizás no todos los que apoyan el dichoso bus en Chile son tan ignorantes como Soto, ni Samper está exento de fallas como persona y periodista. Pero cubrir con pintura a los primeros es una mala forma de hacer lucha por la diversidad. Atacar la honra de una persona acusándola de un delito atroz sin una sola evidencia real es una ruindad propia de trogloditas. Es irónico que los detractores de ambos estén en los mayores extremos ideológicos posibles.

Ahora, y de nuevo, la libertad de expresión no se iguala con inmunidad a la crítica, pues en el momento en que cualquier opinión se puede expresar, es axiomático que no toda opinión es válida ni aceptable a nivel moral y social. Soto y sus seguidores representan la ignorancia, el fundamentalismo radical y la opresión religiosa que quiere imponer sus creencias a quien no las comparte. Uribe y sus lacayos representan lo peor de la política: la calumnia, la bancarrota moral, el “todo vale” y el asqueroso juego de la “pos-verdad”. Encuentro deprimente y peligroso, aunque nada inesperado, que haya muchas personas dispuestas a apoyar ideologías tan retorcidas como estas. Es curioso que los primeros se sientan víctimas porque hay quienes, no con las mejores herramientas, dan a conocer que están abogando por mantener a una minoría como ciudadanos de segunda clase, mientras que los segundos criminalizan el humor y la sátira mientras usan argumentos atroces que en un país más sensato incluso habrían llevado a su autor a la cárcel.

Tristemente, así es la política. Un juego de sucios y tramposos, donde el fin justifica los medios, donde los cafres quieren elevarse al poder y limitar las ideas y la libertad de los demás a cuestionar lo que no les gusta. No sé qué pueda resultar de todo esto: el “Bus de la Libertad” sigue su recorrido, aunque como dije eso ayuda a ver lo poco que sus defensores saben de biología y sexualidad. De Uribe no espero una pronta rectificación: si costó años de un proceso legal para que se tragara sus palabras contra las madres de Soacha, el caso de Samper no terminará pronto.

Así nos va.

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