lunes, 19 de mayo de 2014

Alegría en llamas

Esto no es una crítica a la religión. No es un llamado a abandonar la fe. Tampoco quiero hacer política a través de esto. Sólo es una reflexión que sale de mí.

Fundación está de luto. Magdalena está de luto. El país está de luto. Un bus que transportaba a más de cincuenta niños de una comunidad cristiana se incendió el pasado domingo en el pueblo de Fundación. Más de treinta pequeños murieron, y las cifras pueden aumentar. Decenas de familias se encuentran inmersas en el dolor, y sólo cabe preguntarse: ¿pudo evitarse esta tragedia? ¿Quiénes son los culpables?

No voy a ponerme a pelear con Dios, ni a creer que fue su voluntad, o que era el momento de los niños, o cosas aquí. No voy a discutir acerca de esos dragones en el garaje, porque sería como culpar a Papá Noel de los niños que no reciben regalo en la Navidad. Ateo o creyente, debe entender que los culpables de la tragedia son hombres, y simplemente hombres.

Invariablemente el primero al que se debe señalar es al conductor. Un hombre sin licencia de conducción, con siete comparendos a sus espaldas, usando un bus de transporte sin mantenimiento, sin SOAT, y con sobrecupo, entre muchas otras irregularidades, no debería bajo ninguna circunstancia estar detrás del volante de ningún vehículo. Esto sólo refleja la corrupción detrás de las entidades de transporte y otros servicios públicos del Magdalena. Se roban el dinero en pactos políticos, y esto resulta en una pésima inversión al sector público, lo que desemboca en un inadecuado mantenimiento de las herramientas de servicio, contratación de personas incapaces, prestación insuficiente de servicios… Son muchos los problemas. Y lo peor es que, a pesar de todo eso, se siguen eligiendo a los mismos corruptos.

Los líderes de la congregación también llevan sobre sus hombros la responsabilidad de lo que ocurrió. Sin tomar en cuenta lo que comentó el pastor pentecostal, es más que claro que ellos debían haber procurado verificar el estado de los buses y las credenciales de los conductores. Por supuesto, debían haber sabido que un chofer sin licencia manejando un bus destartalado y peligroso como ese no era la mejor opción. Lo siento, pero ellos debían haber verificado todo esto. Si estaban enterados de los problemas del conductor y de los peligros del bus, fueron terriblemente irresponsables al usarlo como transporte. Y si no sabían lo que pasaba, ¿cómo se atreven a llamarse pastores, si no se molestaron en asegurar la seguridad de su rebaño?

No dejo de pensar que los padres también llevan cierta responsabilidad en esto. Que quizás confiaron demasiado, que debieron pedir las garantías de seguridad necesarias para sus hijos. Pero, yo no conozco a las familias. No sé con qué recursos cuentan, no conozco su posición en la congregación, no sé cómo se maneja la congregación, y no soy padre, así que no sé cómo habría llevado la situación de mis hijos separados de mí, aunque fuera por un momento. Prefiero guardar silencio en ese aspecto.

No puedo evitar ser un poco romántico en ese aspecto. Me gustaría pensar que las almas de los niños aún viven. Que al menos sus conciencias perduran en otro plano. Que sus almas salieron volando, como leí en un poema escrito a propósito de la tragedia, como aves luminosas hacia el árbol de la vida. Sí, eso me gustaría de verdad. Pero soy una persona realista, y sé que es algo muy improbable.


Sólo me queda acompañar en su dolor a las familias afectadas. Y esperar a que se haga justicia, y que los culpables de una tragedia que pudo haberse evitado paguen lo que merecen. Aunque sé que eso no mitigará el sufrimiento, porque no pueden devolver esas vidas que se apagaron.

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