sábado, 1 de septiembre de 2012

El peligro de los cencerros


Tilín, tilín. El tintineo del cencerro guía al rebaño.
¿A dónde nos lleva? ¡Qué importa! Suena tan lindo… ¡Sigámoslo!

Tilín, tilín. El cencerro nos lleva a verdes pastos. Caminamos por un llano, subimos una montaña. Tilín, tilín. Oh, el sonido nos lleva a un precipicio. El sonido se pierde dentro de él. ¿La vaca se arrojó? ¡Hay pasto fresco en el fondo! ¡Y su sonido es encantador! ¡Sigámoslo!

Tilín, tilín. ¿Les suena conocido? Quizás, si se es muy dado a apoyar las causas sin reparar si realmente creen en ellas, si comparten sus ideas o si siquiera las entienden.

Estudiando en una universidad pública es inevitable que estés en contacto con diversos movimientos artísticos, políticos y sociales, y tendrás que empaparte del tema si quieres sobrevivir. Yo he tenido que experimentar estas cosas desde mis años de bachillerato; entiendo cómo funciona una protesta pacífica, y sé quiénes lo hacen por convicción y quiénes simplemente por joder. Aparte, mi familia se hizo bautizar como mormona, más convencidos por las palabras de los misioneros que por verdadera fe, pienso yo; no ampliaré detalles ahora, porque ya ninguno de nosotros lo es. Y es aquí donde debemos detenernos a pensar: ¿Cuándo estamos apoyando realmente una idea? ¿Cuántas veces hemos seguido ideales que ni siquiera comprendemos? ¿Es esto sano?

Independientemente del tipo de movimiento, sea religioso, político, social o cultural, puedes ver dentro de ellos a tipos de personajes: los que creen profundamente en su causa y se esfuerzan en extenderla; los que están en el movimiento simplemente por camuflaje o excusa para lastimar (ejem, movimientos políticos), y aquellos que simplemente hacen parte del grupo por querer sentirse como parte de algo. Creo que estos últimos son los más peligrosos para sí mismos, pero voy a profundizar también en los “vándalos”, por nombrarlos de algún modo.

Sobre las personas que realmente creen no debo decir mucho: aunque sus ideas sean correctas o incorrectas, ellos están firmemente convencidos de sus ideales, y eso es algo respetable, siempre que tales ideales no promuevan el odio o la violencia.

Tilín, tilín. Los segundos en la lista, aquellos que entran dentro de un movimiento por el gusto de atacar disfrazado dentro de una bandera, son tanto peligrosos para sí mismos como para los demás. Y voy a usar con estos los movimientos políticos, porque son los más fáciles para ejemplificar. Específicamente, los movimientos universitarios de izquierda. Sí, podrían crucificarme por hablar así, pero conozco a muchos de izquierda que estarían de acuerdo con esto. No es raro ver dentro de estos movimientos a personas que se camuflan bajo las consignas de “ideal”,  “libertad de expresión” (ya ampliaré en otra ocasión sobre el problema de la libertad de expresión) y “libertad de pensamiento” para hacer daño en propiedades ajenas y sembrar el desorden tanto dentro de una protesta pacífica como fuera de ella, quitándole la expresión pacífica a la protesta. Lo vi dentro de mi colegio, y lo veo dentro de la universidad. Si revisan a estos personajes, notarán que varios de ellos tienen problemas en sus estudios, pésimas notas o cosas similares; no quiero sonar exagerado, pero yo lo he visto, y también me lo ha comentado gente dentro de estos movimientos.

¿Un ejemplo claro? Las protestas del año pasado contra la reforma a la Ley 30. Podrán haber sido por causas justas, pero pintoretear muros, romper cristales y gritar arengas estúpidas de odio contra la policía y el ejército (¿qué demonios tiene que ver eso último con la Ley 30?) le resta fuerza a la expresión de aquellos que realmente buscan un cambio, y denigra la visión del estudiantado nacional ante los oídos de los líderes a quienes queremos que lleguen las palabras.

Sin embargo, como ninguno de nosotros tiene la verdad absoluta, y no se puede negar, diré que sé también de personas correctas, intachables, de buen rendimiento académico, que hacen parte de estos movimientos de izquierda, e incluso los lideran como verdaderos ideólogos, buscando un cambio profundo en la sociedad, tanto para ellos como para el resto de estudiantes y los futuros profesionales, aunque no siempre se haga a través de acciones correctas. Una sugerencia para ellos: revisen cuidadosamente a los caudillos que surgen entre ustedes. Consideren las acciones que propongan, las ideas que transmitan. Que sean realmente pensadores, y no simples destructores, o de lo contrario nunca verán sus mejores ideas resonar más allá de los muros universitarios.

Tilín, tilín. Un poco larga esta explicación.

Ahora pasemos a las personas sin iniciativa, al tercer grupo, a los que siguen cualquier idea que les digan, que se dejan llevar por las olas, y que son realmente el objeto de este escrito. Tal como dije antes, estas personas son peligrosas más para ellas mismas que para el resto del mundo.

¿Por qué decir esto? Creo que no podría ser más simple, pero trataré de explicarlo. Hay personas que nunca se molestan en cuestionar las ideas que les ofrecen, que simplemente se dejan llevar por lo que les ofrezcan sin detenerse a pensar si son ideas que comparten, si son cosas que necesitan o apoyan siquiera. ¿Cómo no sería peligroso un comportamiento así? Digamos que un culto religioso te ofrece que te unas a su congregación, diciéndote que serás más feliz. No tienes problemas con ninguna persona, tu vida transcurre justo como te lo has propuesto, pero ellos te convencen de que tu felicidad será completa si te unes a ellos. No te detienes a cuestionar sus palabras, sino que simplemente ingresas al culto. ¿Qué ocurrirá si, por ejemplo, luego de unos años, la misma congregación acuerda quitarse la vida en grupo, en busca de su felicidad eterna? ¿Lo harías? ¿Cómo negarte, si nunca cuestionabas aquello que decías?

Tal vez el ejemplo sea un poco crudo, e incluso desatinado, pero es sólo una muestra de lo que nos puede pasar cuando seguimos ideas que nos parecen atractivas superficialmente, sin analizar su trasfondo. Que busques tranquilidad espiritual no es cuestionable en sí, pero se debe hacer con cautela. Como mencioné al principio, me convertí al mormonismo poco antes de la adolescencia, siendo ingenuo y muy pasivo, nunca analizando lo que me decían, y no fue hasta que estuve dentro de la iglesia que me di cuenta que eran muy pocas o ninguna de sus creencias las que compartía. No era simplemente cuestión de fe: sus principales afirmaciones requerían de pruebas lógicas y científicas que no tenían, y las existentes realmente desacreditaban sus ideas. No era algo en lo que yo podía creer de corazón. ¿Cómo había terminado, entonces, llevando corbata al cuello los domingos? Porque no desgranaba las palabras que compartían conmigo, no sopesaba las ideas, no cuestionaba nada.

Una de las principales causas de la falta de criterio a la hora de seguir ideales suele ser el encanto del simbolismo. No es por ignorancia o estupidez; los miembros de cultos, movimientos políticos o revolucionarios no son “locos” ni “idiotas”. Lo que suele ocurrir es que muchos de ellos se sienten atraídos por esa clase de ideas debido a que quieren sentirse identificados con algo. Quieren ser parte de algo; quieren pertenecer a una causa, aunque no la entiendan siempre. Ése es el rebaño que, indefenso, sigue el sonido de un cencerro aunque tengan que resbalar colina abajo, so pena de matarse. Esto ha sido visible para mí en muchos ámbitos, desde las capillas mormonas hasta los movimientos estudiantiles del colegio y la universidad. Cuando entras a una universidad pública eres joven, y muchas veces quieres participar de las ideas universitarias, sentirte parte de la universidad, participando en actos de protesta, sea pacífica o no, y muchas veces porque sientes que eso te da identidad. ¿Cuántos de los marchantes del año pasado entendían realmente la Ley 30 y las razones para reformarla, o el porqué las reformas propuestas por el gobierno eran inconvenientes, o siquiera compartían el ánimo de protesta? El anhelo del compañerismo puede ser nocivo en ocasiones, porque puede conducirnos a grupos que comparten ideas peligrosas contra otras personas. Buscar aceptación de estos grupos puede llevarnos a actos de los que después nos arrepentiremos. Puedo hablar por experiencia propia: no tengo mucho de qué arrepentirme, pero el buscar siempre la aceptación me ha llevado a más de un derrotero en mi vida, y a apoyar cosas que no entendía ni me interesaban, cosas en las que no creía.

Tilín, tilín. Una de las herramientas usadas por los cencerros para atraer a su rebaño a los que desean pertenecer a algo es el discurso efectista. Se parte de causar sensaciones en el oyente, a menudo de culpa, para integrarlos al rebaño. Al igual que el creyente que dice: “Sal de la religión falsa AHORA*”, el estudiante que protesta que grita: “¡Debes apoyarme!” actúa mal. Pero ambas frases pueden ser suficientes para sembrar duda en el espectador, hacerlo sentir incómodo, y vincularlo a sus ideas. ¿Qué les asegura a ambos que tienen la razón? ¿Cómo saber que tu religión es la verdadera? ¿Y qué es eso de deber apoyar? Ninguna causa, sea correcta o incorrecta, debe ser apoyada; es decir, no se cree en una causa por ser un deber. Se puede apoyar una idea, pero no se debe hacerlo. Nada ni nadie lo exige. Yo puedo discernir de una idea, comprender si es buena o mala y en base a ello apoyarla, pero no tengo que hacerlo forzosamente. Se tiene el derecho de apoyar o no un ideal; para ello es nuestra capacidad de raciocinio.

Tilín, tilín. Quiero terminar diciendo que este escrito es sólo un conjunto de puntos de vista que he formado a través de los años, en parte a los consejos de algunas personas, y en parte a mi propio criterio. No espero que todo el que lea esto comparta mi punto de vista. Pero ese es el punto, ¿verdad? Leer una idea, comprenderla, y en base a ella tomar una decisión. Nadie me asegura que yo tenga la razón en todo lo que he dicho.

*En folletos de un movimiento religioso, que no nombraré por respeto a amistades, se invita a abandonar la religión falsa AHORA. Siempre he entendido que las palabras escritas en mayúscula en un texto normal son imperativas, una forma textual de grito, una orden. Eso es una forma de agresión. Lo dejo a su criterio.

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