La fijación supremacista con la “traición racial” y la infidelidad
Introducción
No es un secreto que en Estados Unidos y varias naciones europeas, el supremacismo blanco ha crecido en años recientes. Alimentado por eventos históricos como el 9/11, la Guerra Contra el Terror y las crisis de refugiados, esta creencia extremista hermana del neofascismo y el etnonacionalismo se ha propagado bastante, particularmente entre hombres jóvenes alentando el miedo y la discriminación entre la población.
Uno de los discursos más escandalosos, pero a menudo
efectivos, por parte de los supremacistas blancos, es en torno a las relaciones
interraciales, especialmente cuando el miembro blanco de la relación es una
mujer. El rechazo a estas relaciones puede tomar muchas formas, desde el típico
lamento por la soledad de los varones hasta la propagación del pánico moral
acerca del abuso sexual, o el acoso y la señalización de dichas mujeres como
“traidoras a la raza”.
Esta es una de las neurosis sociales más públicas y visibles
por parte del supremacismo blanco, sobre todo en redes sociales. Y vale la pena
analizarla, porque no sólo refleja sus sesgos racistas y discriminación, sino
también temores y frustraciones individuales, así como una relación increíblemente
distorsionada con el sexo y la mujer. Comprender cómo se forma esta visión de
la “traición a la raza” puede ser bastante útil para saber reconocer y combatir
las circunstancias y argumentos que les dan forma.
Entre la misoginia y el “gran reemplazo”
Hay personajes que literalmente van por
ahí importunando a parejas interraciales. La foto la he tenido que censurar yo.
El racismo como expresión individual de prejuicio puede
sobrevivir a que buena parte de su estructura sistémica se haya desmontado, y las
relaciones interraciales son un ejemplo de ello. En Estados Unidos, uno de los
países donde más fácil se visualizan estos problemas, una encuesta de 2021 registró que aproximadamente un 7% de los ciudadanos,
especialmente de tendencia republicana, se oponían fuertemente a que un miembro
de su familia se casara con una persona negra. Y aunque es un porcentaje bajo,
si consideramos que en 1990 era casi del 60%, pensemos que ese 7% podría
extrapolarse a unos 20 millones de personas, casi la mitad de la población
total de un país como Colombia.
Si bien debo mencionar que las relaciones interraciales han
sido un tema de discusión más fuerte en países donde estuvieron prohibidas por
ley, como en Estados Unidos, y que también pueden ser cuestionadas o analizadas
por colorismo (es decir, una discriminación basada en el tono de piel
más que en el solo color) desde comunidades racializadas -ejemplos los
encontramos en Jungle Fever, película de 1991 de Spike Lee, y menos
hábilmente en el episodio “El fin de la inocencia” en The Proud Family:
Louder and Prouder-, la oposición es por mucho más agresiva desde las
visiones supremacistas blancas, incluso en países de origen colonial, como en
Sudamérica. Siempre ha sido molesto ver en redes sociales cómo suben fotos de
personas anónimas en lugares públicos y sin su consentimiento para hacer
inferencias groseras acerca de su vida afectiva, pero el giro ha sido peor, con
cuentas que toman fotos de mujeres blancas con hombres de otras etnias
-principalmente negros- y las acusan en sus redes de ser “traidoras a la raza”,
por juntarse con invasores y potenciales violadores. Al menos desde 2020, se ha denunciado que, desde varios
sitios de la Internet, en particular desde foros neonazis y aceleracionistas,
se ha compartido la información privada en redes (doxxing) de mujeres
blancas en parejas interraciales y sus familias para fomentar campañas de acoso
y violencia, en nombre de la “pureza racial”.
Las recientes políticas de “libertad de expresión” de Twitter simplemente han sacado de la cloaca a los elementos despreciables de la sociedad detrás de estas campañas. Y ya que hablamos de esta red social, su dueño, Elon Musk, comparte muy a menudo mensajes de cuentas supremacistas que giran en torno a una de las teorías de conspiración que se encuentran detrás de estos prejuicios contra las parejas interraciales: el gran reemplazo. Esta es una teoría de conspiración etnonacionalista y antisemita, nacida hacia finales del siglo XIX por causa de mayores flujos de inmigración, según la cual ciertas élites occidentales, en particular judíos o aquellos de pensamiento comunista, buscan reemplazar a los estadounidenses y europeos blancos con poblaciones no europeas, en particular africanas y asiáticas, por lo cual promueven una mayor inmigración, políticas a favor de aborto y la anticoncepción, una mayor independencia de la mujer y derechos de las minorías sexuales. No es extraño, pues, ver que la teoría del gran reemplazo es compartida, en mayor o menor medida, por distintos grupos que, no obstante, se acercan en pensamiento, desde pastores cristianos hasta autoproclamadas feministas transexcluyentes.
El hecho de que algunas de estas minorías raciales presenten
mayores tasas de natalidad en comparación con la población blanca, combinado
con reportes no siempre precisos acerca de que dicha población caerá por debajo
del 50% en un futuro cercano, ha llevado también a un pánico
demográfico entre personas opuestas a las
relaciones interraciales, supremacistas o no, quienes temen que esa caída en la
población venga también por pérdidas de derechos. Hay una angustia nacionalista
y una sensación de pérdida de identidad, algo de lo que hablé recientemente al
analizar el concepto del conservatismo postmoderno. El cubrimiento simplista de
los medios de comunicación, que tienden a plantear un marco binario de
minoría-mayoría incluso cuando llaman a la calma, han contribuido a esa
incertidumbre y temor racial.
La radicalización de los movimientos supremacistas se ha
visto especialmente marcada por otra figura estereotípica, la del violador inmigrante, uno que presenta al extranjero, al
inmigrante africano o de Medio Oriente, ilegal o no, como un peligro sexual que
amenaza los cuerpos de las mujeres blancas. Esta figura ha sido promovida por
grupos de extrema derecha en varios países europeos, Estados Unidos, e incluso
naciones latinoamericanas como Argentina, quienes callan ante los mayores
porcentajes de abuso sexual de la población nacional mientras magnifican los
casos perpetrados por extranjeros, y reduciendo un problema tan serio a una
cuestión de religión o cultura. De este modo, eliminan todo contexto para
ofrecer una respuesta simple: frenar por completo la inmigración.
Un ejemplo reciente que ilustra el uso de este mito se encuentra en Reino Unido. En junio de este año, el partido ultraderechista Restore UK, de tendencia xenófoba y antiinmigración, publicó de la mano de su fundador, Rupert Lowe, un supuesto reporte de investigación acerca del fenómeno de las “pandillas de violación” o “pandillas de grooming”, grupos delictivos que cazan y abusan sexualmente de mujeres. El reporte hablaba de una escandalosa cifra de 250.000 mujeres blancas víctimas de estas pandillas, y señalaba a la comunidad pakistaní y la inmigración ilegal como las principales fuentes de estos delincuentes, información compartida en Twitter por personajes como Musk.
Más temprano que tarde, las cifras del reporte fueron
cuestionadas y directamente refutadas por diversas fuentes. Si bien se reconoce que hubo varios
arrestos entre 2010 y 2014 de hombres de origen surasiático por abuso sexual, la
estimación de 250.000, que proviene de un discurso de Lord Pearson frente al
Parlamento en 2019, es una extrapolación del número de casos denunciados en la
ciudad de Rotherham al resto del país entre 2000 y 2018, un cálculo ciertamente
dudoso. No sólo eso, sino que tanto las cifras de Pearson como el reporte de
Restore maneja etiquetas inconsistentes acerca del sexo y la raza de las
víctimas y de los perpetradores, así como de los delitos sexuales
cometidos, pues agrupa o excluye casos de explotación sexual infantil,
violaciones no repetidas, conversión forzada al islam, entre otros. Si bien el
número real es difícil de saber, a partir de datos nacionales se puede
construir una cifra -probablemente sobrestimada- de 13.500 víctimas en el mismo
período de tiempo. La organización feminista de caridad Rape Crisis England
& Wales, hablando del reporte de Restore, señaló que los casos de abuso sexual
se dan en un amplio rango de religiones y etnias, por lo que rechazó la
manipulación política del dolor de las víctimas con propósitos de
discriminación y políticas antiinmigración.
Y a pesar del tono condescendiente en el que los
supremacistas y etnonacionalistas plantean sus ideas, viéndose como defensores
de las mujeres, no puede evitarse notar la misoginia detrás de sus ideas.
Rechazan cualquier noción de independencia y discernimiento por parte de la
mujer cuando busca una pareja interracial, por lo que dicen querer protegerlas
de los “violadores inmigrantes”, pero las señalan de “traidoras” y “zorras”,
perpetradoras de un “suicidio racial”, cuando las ven junto a hombres negros.
De hecho, no es extraño que expresen con frecuencia ideas retrógradas acerca
del papel de la mujer en el hogar, negándoles cualquier tipo de agencia. No
quieren “protegerlas” como personas, sino fábricas de bebés blancos. Al mismo
tiempo, este discurso de los “defensores” les ofrece a muchos hombres un
sentido de trascendencia, de que pertenecen a una causa activa en busca de
reformar el mundo, y como un vehículo para descargar agresividad y violencia en
contra de aquellos que percibe como inferiores y ajenos.
Esto se ve bien retratado por la promoción reciente de thrillers de acción con mensajes xenófobos e islamófobos, tales como Citizen Vigilante y la próxima a estrenarse Run Hide Fight: Infidels, donde se presenta al islam como una amenaza para la civilización y los “vientres” de las mujeres de Occidente -lo de los vientres no es cosa mía, es literalmente expresado en el tráiler de la segunda película-, y la ultraviolencia no perdona ni siquiera a mujeres jóvenes, como la infame escena de Citizen Vigilante en la cual Armie Hammer masacra a la familia entera de un violador por culpar a la víctima -y antes de que intente alguien señalar lo obvio: por supuesto que esa acción de la familia es repudiable-. No es casualidad que Run Hide Fight haya sido producida por The Daily Wire, una red de medios ultraconservadores que promueve mensajes xenófobos, homófobos y antifeministas, e ideas abiertamente supremacistas y ultraconservadoras, al punto que no ven problemas en reclutar al actor en desgracia Jonathan Majors -expulsado del UCM por violencia marital-, un hombre negro, como estrella de su panfleto reaccionario que dice ser película.
Finalmente, la teoría del gran reemplazo ha sido también una influencia en no
pocas propuestas de control poblacional. Aunque tales ideas suelen enmarcarse en un contexto de
sobrepoblación, preocupados por la escasez de recursos ante un mundo con cada
vez más humanos, que estas iniciativas sean promovidas en países asiáticos y
del Sur global están vinculadas a la neurosis supremacista del cambio
demográfico y el temor de la pérdida de las “jerarquías legítimas” de la
población blanca. En tal sentido, narrativas actuales como el movimiento de la
nueva eugenesia y los modelos de transición demográfica no responder en primer
lugar a inquietudes acerca de la sobrepoblación humana, sino a la necesidad de
limitar el crecimiento de poblaciones que no son consideradas blancas.
Racismo y fetiches: la teoría IRCP
Esta es de las imágenes más decentes
que pude encontrar de esta afamada página sin hacer tan explícito su contenido.
Por supuesto, atacar al liberalismo y la izquierda por su
postura abierta hacia la inmigración y el multiculturalismo es un favorito de
ultraconservadores y supremacistas blancos, en especial si se mezcla con
insultos hacia su masculinidad. Insultos como “libcuck” -conjunción de las
palabras liberal y cuck, diminutivo de cuckold o cornudo- o
“cucktard” -unión de cuck y retard, que no creo que necesite
traducir- se han vuelto bastante frecuentes en redes contra personas de
tendencias progresistas, como insinuando que estarían dispuestos a que su
pareja los engañe o sea abusada por estos “invasores extranjeros”.
Curiosamente, no es extraño encontrar a supremacistas
blancos en relaciones interraciales, como es el caso del vicepresidente de
EE.UU., J.D. Vance, y su esposa Usha, de origen indio. Algunos, como el pastor nacionalista cristiano
Dale Partridge
(casado con una mujer de origen mexicano), intentan desligarse de las críticas
aduciendo que las relaciones interraciales no son moralmente erróneas, pero sí
deberían evitarse y desalentarse de lo posible, lo cual no le ha evitado
ataques por parte de supremacistas más radicales. Y es que una relación interracial,
sea una amistad o incluso un matrimonio, no significa necesariamente que las
personas se harán menos racistas: un estudio de 2023 por parte de dos
investigadoras en sociología encontró que las personas blancas en tales vínculos tienden
a destacar a su amistad o pareja racializada como una “excepción” en cuanto a
sus propias creencias, evitan discutir temas de raza e inequidad, y tienden a
recibir menos apoyo de sus familias incluso al tener hijos.
Las autoras también notaron que, si bien estos personajes pueden ser abiertos a tener una pareja racializada, a menudo sus criterios de búsqueda en sitios de citas en línea se corresponden con estereotipos raciales. Esto me lleva a señalar la fijación fetichista de la alt-right con la pornografía interracial. Aun cuando desde sus trincheras se popularizó en parte la idea de que, en específico, el porno cornudo interracial es otra táctica del “gran reemplazo” para emascular a los hombres blancos y que naturalicen las relaciones interraciales, la propia alt-right es uno de los grupos demográficos que más han contribuido a la popularidad de este contenido para adultos. De hecho, hasta hace unos años, insultos como mudshark, que se refiere a una persona no negra (usualmente una mujer blanca) que busca romance o sexo con personas negras, eran criterios de búsqueda en sitios como Pornhub o Xvideos. Incluso hay un subgénero de porno interracial, el BNWO -siglas de Black New World Order, o Nuevo Orden Mundial Negro- enfocado en la inversión de la supremacía blanca y el papel dominante del amante negro (hombre o mujer, pero típicamente hombre) durante la relación.
Hay una fijación con la humillación de ver a tu esposa
siendo complacida por un hombre que representa los estereotipos físicos y
sexuales acerca de las personas negras, una ansiedad racial acerca de la
sexualidad y la dominancia que ya había sido denunciada desde hace décadas por
pensadores de la talla de Frantz Fanon. Esto se ve bien encarnado en el estereotipo del Mandingo, un negro joven de portento físico y
sexual, pero de hábitos agresivos, que tomaba venganza contra sus dueños
blancos ultrajando a sus mujeres e hijas. Este tropo fue influyente en varios
de los linchamientos y asesinatos de hombres negros en Estados Unidos hasta las
primeras décadas del siglo XX, acusados de violar a mujeres blancas, a menudo
sin evidencia alguna.
Esta relación del supremacismo blanco con la pornografía y el racismo sexual podría ser vista como un aspecto definitorio importante de la derecha moderna, al punto que hace parte de una teoría que busca explicar sus narrativas políticas a través de sus neurosis psicosexuales. Se trata de la teoría del porno cornudo interracial del todo (o por sus siglas en inglés, teoría IRCP), formulada hace unos pocos meses por Cameron Cummins-Smith, estudiante de economía de la Universidad George Mason, en el portal Liberal Currents. De acuerdo con su propuesta, todo aspecto de la política de las derechas modernas y su presencia en línea, sea el “gran reemplazo”, el pánico trans, el incelismo, la familia nuclear e incluso los aranceles, es reflejada y amplificada por las narrativas de la pornografía, en una red ideológica sostenida por el porno cornudo. Sé que suena traído de los cabellos, pero permitan que explique la teoría.
Cummins-Smith destaca que el porno interracial, en
particular el BNWO, está cargado de simbolismos, terminologías y estilos
narrativos en torno al papel sumiso de hombres y mujeres blancas, generando
contenido por LLM de estilo hentai con mujeres portando mensajes y símbolos del
BNWO, o colocando mensajes que dan un contexto de dominación a material porno
preexistente. Con el BNWO se entrelaza otro grupo de fetiches agrupados dentro
del porno sissy -enfocado en la emasculación o feminización de hombres-, como
las jaulas de castidad o la bimboficación (un fetiche con el uso de rasgos
femeninos exagerados, asociados con el estereotipo de la rubia tonta),
vinculando las ansiedades del racismo sexual con la misoginia y el temor a
comportamientos poco “varoniles” que restan valor sexual al varón. Es un
material que no sólo emascula al varón blanco, sino que le niega cualquier posibilidad
de tener sexo e incluso le permite proyectarse sirviendo sexualmente a hombres
negros.
Todo este ecosistema pornográfico lleva muy a menudo una fuerte carga política en sus narrativas, a menudo sin dejarlo a la imaginación o la implicación. El “arte” generativo en torno al BNWO puede incluir mensajes como Black Lives Matter o símbolos del poder negro en los cuerpos de las mujeres blancas, los mensajes incluidos en porno preexistente recontextualizan las escenas para reflejar las narrativas de hombres agresivos y mujeres indefensas, e incluso se pornifica contenido político previo para reflejar las obsesiones del supremacismo blanco con el “gran reemplazo” y la “traición a la raza”. Se antropomorfizan naciones como las europeas para reflejarlas siendo sometidas y abusadas por los refugiados. Así, de acuerdo con la teoría IRCP, el porno interracial entra en un círculo de retroalimentación con la extrema derecha en Internet: la extrema derecha produce porno que refleje sus prejuicios y ansiedades acerca de la inmigración y la mezcla racial, y este porno a su vez se convierte en la base que justifica sus neurosis.
Por supuesto, la teoría IRCP incluye otras ideas políticas de la derecha, como comentaba al principio. Por ejemplo, la recurrente acusación hacia las personas trans de ser groomers, enfermos mentales y/o fetichistas sexuales toma tanta influencia de la pseudocientífica tipología de Ray Blanchard como del porno sissy, por supuesto, la transición de género también es considerada parte del “gran reemplazo”, pues se trata de hombres y mujeres que se remueven a sí mismos del “mercado sexual” y contribuyen al declive de la natalidad de la población blanca. Las mujeres profesional y económicamente exitosas -y liberales, claro- son vistas como una clase opresora y privilegiada, pero que en el porno BNWO se les retrata aprovechando la universidad para tener sexo con montones de hombres negros como si fuese un “rito de paso”. Bajo la teoría IRCP, la emasculación del hombre blanco ya no es dominio exclusivo del negro; ahora son las mujeres quienes lo promueven e incentivan.
Por ello, la solución que ofrece la derecha es una
masculinidad tóxica y caricaturizada, acentuando las inseguridades y ansiedades
de hombre jóvenes para después ofrecerles la validación de sus impulsos
agresivos y una idea distorsionada de la dominancia y las jerarquías sociales.
Las mujeres sólo aceptarán de nuevo su verdadero lugar si te inflas como Chris
Hemsworth y llenas tu cuenta del banco con varios ceros, de modo que ella no
tenga que ocuparse más de que complacerte en la casa y la cama, en el papel
eternizado del hogar que siempre debió tener. En palabras de Cummins-Smith,
esta masculinidad propuesta “es un estoicismo perverso, en la forma de
rechazar el concepto de la salud mental o la regulación emocional. Es
justificar y facilitar la violencia sexual y doméstica. Y por supuesto está
obsesionada con el tamaño de su propio pene”.
Superando las obsesiones
El artículo acerca de la teoría IRCP ofrece alguna evidencia
para respaldar lo que plantea. Por ejemplo, un estudio de 2009 acerca de suscripciones al porno en
línea encontró que ocho de los diez estados con mayor tasa de suscripción fueron
quienes más votaron por John McCain. En datos más recientes ofrecidos por Pornhub, varios estados
tradicionalmente rojos destacaron en primer lugar por usar palabras de búsqueda
como “cornudo”, “pene pequeño”, “trans” y “negro”. Y la información de sets de
datos como la Big Kink Survey (una encuesta acerca de fetiches sexuales)
indican que las personas que encuentran excitante la infidelidad también
tienden a disfrutar el juego racial, pero si bien aquellos de tendencia más
liberal disfrutan más la infidelidad en cualquier nivel, el juego racial es un
fetiche predominantemente conservador. El artículo también incluye pantallazos
de trinos involucrándose en esta narrativa, frases de comentaristas
conservadores hablando de la supuesta influencia del porno sissy, y el caso de los fetiches bimbo del -futuro ex- esposo de Kristi Noem,
ex secretaria de Seguridad Nacional en EE.UU.
Por otro lado, como señaló en Bluesky Julia Serano, bióloga y activista feminista, la relación entre el porno y la alt-right en línea que describe Cummins-Smith no es necesariamente una de causa y efecto en retroalimentación constante. Serano propone una explicación alternativa: que las elecciones en porno y las decisiones políticas de esta nueva derecha son fuertemente influidas al mismo tiempo por estigmas sociales. Tal como ella ha descrito en su libro Sexed Up: How Society Sexualizes Us, And How We Can Fight Back -del cual hablé el año pasado en el blog-, la sexualización de grupos marginados como mujeres, minorías étnicas y/o sexuales es una herramienta común para deslegitimar sus ideas y causas, puesto que el sexo en sí está muy estigmatizado en nuestra cultura, y “marcar” a un grupo a través del sexo es una forma de repudiarlo y convertirlo en algo peligroso, una amenaza.
La población negra, por ejemplo, es vista como “demasiado
sexual”, ya sea por aspectos culturales o supuesta influencia de su biología,
tal como proponían figuras racistas de la talla de James Watson. Una mujer
negra es vista como “promiscua”, “accesible”; un hombre negro es un “depredador
sexual”, un peligro constante. De manera similar, la población LGBTIQ+ es vista
también como “excesivamente sexual”, y por lo tanto un peligro general; sus
afirmaciones de que se es LGBTIQ+ desde temprana edad son tomadas como señal de
grooming y pederastia, una acusación muy frecuente contra esta minoría,
y que ha cobrado especial fuerza contra la comunidad trans, incluso por parte
de otras minorías sexuales. Es decir, estos grupos “contaminan” a la población
“normal” -generalmente la blanca y de clase media-alta, por supuesto- a través
de su sexualización, por lo que tolerar cosas como las relaciones interraciales
o el matrimonio igualitario y la adopción es arruinar a la sociedad (si no
tienen acceso a Sexed Up, pueden leer visiones generales de este tema en estos dos artículos de Serano en Medium).
Dicha sexualización de estos grupos oprimidos refuerza los prejuicios de la derecha conservadora, pero también alimenta sus fantasías. Puesto que estas minorías son vistas como “seres sexuales”, en su mente están siempre “dispuestas” a tener relaciones con cualquiera. A esto también se suma que la “contaminación” y el estigma funcionan de forma desigual entre géneros: una mujer es “arruinada” en cuanto tiene relaciones con uno de estos “seres sexuales”, pero un hombre puede acceder a muchas parejas sin recibir ni una mácula. De ahí que, en estados republicanos, los criterios de búsqueda más empleados en páginas pornográficas se relacionen con porno interracial, la infidelidad y las mujeres trans.
Aunque la explicación de Serano parece más compleja, es de
hecho mucho más parsimoniosa para comprender las fijaciones con la sexualidad y
la derecha conservadora que una influencia de la cultura pornográfica. Su
elección y fijación con determinados subgéneros y material viene de las mismas
fórmulas mentales prejuiciosas que dan lugar a sus ideas supremacistas y
obsesiones puristas sobre el reemplazo y la “traición racial”, pero no son cuna
de tales ideas de conspiración. En ese sentido, aunque la teoría IRCP puede ser
interesante como ejercicio reflexivo, se queda un tanto corta como análisis
crítico del supremacismo blanco y la “pureza racial”.
Entonces, ¿cómo podemos frenar la influencia de estas ideas
racistas en la población? En 2022, dos investigadores enfocaron su estudio en el contexto de la identidad racial blanca en Estados
Unidos, y cómo estos jóvenes son socializados en una sociedad nominalmente
daltónica al color de piel, negando o rechazando el racismo sistémico, de modo
que no son conscientes de su propia situación favorecida, y las jerarquías
raciales acaban normalizadas. El estudio critica tanto la tendencia de
caracterizar el racismo como un conjunto de prejuicios individuales,
marginando la importancia de las estructuras sistémicas de poder, como la falta
de investigaciones enfocadas en el desarrollo de la identidad racial blanca,
puesto que las herramientas de evaluación típicamente utilizadas para
comprender aspectos del contenido y proceso de la identidad en poblaciones
racializadas son menos efectivas al evaluar a la población blanca y su
comprensión del supremacismo. No están diseñadas para ello.
Comprender cómo la juventud blanca internaliza el
supremacismo blanco y reacciona a este de diferentes formas -aceptándolo o
resistiéndolo- requiere tanto del reconocimiento de las estructuras que
sostienen el racismo sistémico como de investigación específicamente diseñada y
enfocada en evaluar este desarrollo. El estudio sugiere cuatro estrategias para
ello: el uso de modelos diseñados para evaluar contextualmente la condición de
ser blanco, enfocarse en el desarrollo de las perspectivas raciales más allá de
modelos relacionados con la edad, tener en cuenta la forma en que nuestras
propias identidades moldean la forma en que se aborda e investiga acerca de
temas raciales, y mantener un lente consistentemente antirracista a la
construcción de estos trabajos.
Un ejemplo de cómo aplicar este enfoque es considerar los distintos contextos socioeconómicos y el poder político a la hora de confrontar las percepciones victimistas y de incertidumbre racial en la población. Un estudio reciente de 2025 que evaluó la prevalencia de discriminación racial y de género percibida entre hombres blancos entre 2014 y 2023 encontró que casi un 18% de los encuestados manifestaba una mayor percepción de discriminación. Este porcentaje se divide entre dos grupos: una “clase marginada” que percibió discriminación étnica moderada y niveles bajos o moderados de discriminación de género, y una “clase radicalizada” cuyos niveles de discriminación percibida se fueron elevando con el tiempo, de forma alineada con el ascenso de Trump y el surgimiento de movimientos de justicia racial como el MeToo y Black Lives Matter. Curiosamente, la “clase marginada” estaba compuesta principalmente de hombres jóvenes con una situación económica más precaria, mientras que la “radicalizada” se ubicaba en grupos más privilegiados.
Los autores del estudio sugieren que, para enfrentar el
crecimiento de movimientos sociales reaccionarios y políticas radicales de
derecha entre la población, es necesario abordar adecuadamente tanto la
precariedad económica como las ansiedades de identidad y estatus en la
población blanca. Es decir, no podemos poner a todas las personas blancas que
se sienten discriminadas o amenazadas en un mismo saco. Todas son objetivos
para la radicalización de la ultraderecha, pero mientras los “marginados” son
susceptibles porque sienten que los sistemas sociales que imperan en la
actualidad no los favorecen y anhelan cambios profundos, sólo que ubicando su
frustración en los grupos sociales equivocados, los “radicalizados” sienten que
los cambios sociales recientes (derechos de las minorías, trabajo femenino,
propuestas de redistribución de la riqueza, entre otros) amenazan su estatus
social en el futuro cercano. Abordar las inquietudes de la “clase marginada”
requiere entonces un trabajo intenso en contra de las condiciones que los
generan, como la inequidad socioeconómica, la falta de acceso a vivienda y la
influencia excesiva de grupos de gran poder político y económico en la toma de
decisiones, mientras que con la “clase radicalizada” es más difícil, puesto que
es esta clase la que hace parte de dichos grupos poderosos y busca
propagar mensajes radicales.
Por supuesto, este trabajo requiere hacerse en paralelo con
el cuestionamiento y refutación de las estructuras mentales que favorecen la
sexualización y discriminación de aquellas minorías que hacen parte de las
neurosis sexuales del supremacismo blanco. Cada sistema de discriminación
-misoginia, sexismo, racismo, lgbtfobia– tiene sus particularidades, pero las
estructuras que les dan forma -estigma de contaminación, sexualización,
dualidad de marcado/no marcado- son las mismas. Comprender esto es fundamental
para construir estrategias que se sumen a combatir las problemáticas sociales que
son terreno fértil para las ideas supremacistas.
El papel que corresponde desde el activismo en contra del
supremacismo y la extrema derecha requiere entonces ser simplemente más que
aliados denunciando cada caso de discriminación que nos topemos en redes.
Requiere un trabajo más activo, de analizar y desmontar las bases de elementos
como la teoría del “gran reemplazo”, o los estereotipos sexualizados contra las
minorías, así como de revisar y cuestionar con datos narrativas supuestamente
objetivas, como índices de criminalidad sin contexto alguno o el reporte
presentado por Restore. Y por supuesto, reconocer las condiciones subyacentes
detrás de la vulnerabilidad ante estos relatos extremistas no significa dejar
de criticar a quienes los comparten, sean sujetos marginados o magnates
radicalizados.
Conclusiones
He centrado este análisis principalmente en el fenómeno del
supremacismo blanco y la persecución a las relaciones interraciales tal como se
manifiesta en Estados Unidos y países europeos, pero estoy consciente que es un
discurso cada vez más frecuente en países latinoamericanos, importado por
figuras libertarianas y ultraconservadoras como Agustín Laje y Javier Milei.
Esto hace parte de la dinámica de ese sector autoproclamado blanco y
radicalizado, y es integral a la expansión de las nuevas derechas, por lo que,
si quieren un análisis más profundo de tal fenómeno político, pueden consultar mi ensayo reciente acerca del
conservatismo postmoderno.
Es importante señalar también que estas estructuras lógicas
detrás de la discriminación y la segregación son frecuentes, y pueden llegar
incluso a sectores progresistas y de izquierda -piensen por ejemplo en el
rechazo de sectores comunistas e incluso anarquistas a cualquier identidad
sexual más compleja que ser lesbiana o gay-, de modo que estar consciente de
cómo funcionan a nivel general nos permite estar atentos a combatir también
tendencias similares dentro de nuestras propias luchas.
Mientras tanto, seguimos teniendo la responsabilidad de combatir estos discursos absurdos acerca de la “traición racial” y los “invasores” que vienen por nuestras mujeres. No hay heroísmo alguno en creerse el salvador de la raza y la feminidad: sólo prejuicio e ignorancia. Las fantasías etnonacionalistas y ultraviolentas proyectadas desde el supremacismo blanco no deben tener más lugar en nuestra historia que el cubo de la basura, o a lo sumo en los libros como un ejemplo de la podredumbre que puede alcanzar el ser humano cuando se habitúa a rechazar y estigmatizar aquello que siente que amenaza su propia identidad.
Adenda: mientras redactaba esta entrada, el pasado lunes 10 de agosto sufrimos un sismo de magnitud 7.4 en el occidente colombiano que ha causado graves daños en el Chocó, Medellín y el Eje Cafetero, con un saldo hasta el momento de 240 fallecidos y más de mil heridos. En este enlace de El Tiempo pueden encontrar los centros de acopio y donación de sangre e insumos para la ayuda humanitaria, y la Cruz Roja colombiana es la entidad confiable para recibir donaciones monetarias. Así mismo, El Espectador habilitó una página para que las personas que buscan a seres queridos desaparecidos tras el sismo las puedan reportar. Toda ayuda es importante en estos momentos tan difíciles.















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