Una Navidad neurodivergente


 Lo sé, he estado muy silencioso durante todo este diciembre. Quería tener al menos tres entradas listas para este mes, pero mis horarios de trabajo y las actividades que he tenido que hacer durante el mes me dejan a menudo con muy poca energía, y no quiero forzar la maquinaria de mi cuerpo ni tomar prestadas cucharas de los días próximos. Y ya que estamos hablando de energía y actividades, creo que una forma de compensarlo es comentar un poco sobre mi experiencia con este período del año, las fiestas decembrinas y el Año Nuevo.

La Navidad y el Año Nuevo implican muchas cosas para millones de personas. Muchas fiestas, luces brillantes, reuniones con familiares, muchísima comida. Por supuesto, por las mismas razones estas fechas pueden ser bastante difíciles para personas neurodivergentes, que deben entonces interactuar constantemente con muchísimas personas y reciben estímulos visuales y auditivos constantes y fuertes. Algunos lo manejan bien, otros no tanto. ¿Yo? Me encuentro como en un punto medio al respecto.

Antes de continuar, reitero que como siempre, esta es mi experiencia personal, la de una persona autista y de atención divergente. No pretendo representar a todos los neurodivergentes, ni siquiera a todos los autistas, sino contar mi propia  situación durante estas fiestas.

Mi relación con la Navidad y el Año Nuevo es de amor y odio. Para empezar, es verdad que los estímulos sensoriales pueden ser bastante fuertes. No tengo muchos problemas con la iluminación, y de hecho me gusta salir a contemplar la decoración de luces en la ciudad. Por otro lado, aunque la música de fin de año también me suele gustar, los escándalos constantes en las calles, sobre todo en el sector donde vivo, sí se pueden hacer bastante insoportables, y más de una vez me resulta casi imposible dormir por estos días. De hecho, dormí muy poco y mal en los tres días alrededor del 24.

El tema de las reuniones siempre ha sido problemático también. Primero porque, obviamente, para mí es agotador reunirme con muchas personas, así que suelo quedar bastante drenado. Este mes he tenido al menos unas cinco o seis interacciones grandes, algunas en ambientes que no son muy cómodos para mí, y como resultado me he sentido a menudo con pocas cucharas para funcionar. Eso sí, también he tenido reuniones personales con amistades que no veía desde hace tiempo, y eso es una recarga importante de ánimo y energía.

Por otro lado, no me gusta mucho lo que suele ocurrir por estos días, donde aparecen parientes y conocidos que no se comunican contigo ni preguntan por ti en todo el año a presentarse con los mejores deseos. No digo que sea hipocresía, porque al fin y al cabo la Navidad es un momento en que la gente quiere sacar y presentar lo mejor de sí mismos. Pero ese tipo de interacciones no me resultan agradables, sobre todo cuando conozco bien cómo se comportan dichas personas el resto del año.

La comida nunca ha sido un problema serio para mí, porque suelo comer casi de todo. Pero como siempre he tenido una relación complicada con mi peso y mi imagen corporal, sí me inquieta el recordar que en estos días se come en abundancia y con frecuencia. Aun así, intento no mortificarme demasiado al recordar que, después de todo, es diciembre, y es válido querer pasarla bien, sobre todo con algo que se puede disfrutar mucho como lo es la comida.

¿Cómo sobrevivo durante estas fechas? Bien, en los eventos de familia, procuro tener mi espacio para despejar mi mente y evitar la sobresaturación. En casa es más fácil, ya que simplemente puedo ir al cuarto y aislarme un poco mientras mi sistema se descarga. Ya en eventos sociales es un poco más difícil lo de hacerse un nicho particular, pero ahí tengo otras estrategias. Usualmente, lo que hago es enfocar mi mente en una experiencia sensorial particular, como lo que estoy comiendo o algo que beba.

A veces termino también improvisando el cómo lidiar con situaciones inesperadas. Hace unas semanas estuve dentro de una discoteca de bailes, y aunque no soy precisamente Fernando Montaño, y tanta gente apretujada me estresa terriblemente, me enfoqué en mover mi cuerpo al ritmo de la música -o más bien a mi propio ritmo-. También sirvió que estaba rodeado de conocidos, y sonaba mucha música noventera y de los 2000, así que eso aligeró el golpe.

No deja de ser importante, por supuesto, dejar días de descanso entre celebración y celebración. ¿Cuántos días? Eso depende tanto de la persona como del nivel de interacciones y estímulos en una fiesta o reunión. En mi caso, por lo general un día o dos son suficientes para recalibrar mis cucharas, por decirlo de algún modo, pero eventos especialmente costosos a nivel de energía y atención pueden requerir más días.

Debo recordarles, por supuesto, que yo soy un AuTDAH de diagnóstico tardío, de modo que vivido la mayor parte de mi vida sin saber que lo era. Por lo tanto, puede que algunas de estas estrategias funcionen bien para mí porque he ido enmascarando inconscientemente mis propios rasgos divergentes. Tampoco son estrategias extraordinarias o muy fuera de lo cotidiano. Pero puede ser también que a algún otro le sean de utilidad, así que vale la pena hablar un poco de ellas.

Este ha sido un año que empezó bastante difícil para mí, pero logró tener un buen cierre. Probablemente vuelva a cierta incertidumbre, pero al menos entro a ella con bastante energía positiva. Espero poder seguir dedicando más tiempo a este blog, porque sigue habiendo muchas cosas de las que hablar. Deseo que todos tengan un feliz Año Nuevo, y un 2026 lleno de muchos éxitos y tranquilidad para ustedes.

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