lunes, 25 de julio de 2016

Timothy Treadwell y la antropomorfización animal

A menudo noto que uno de los rasgos más frecuentes en muchos animalistas (aparte de la misantropía, claro), es que tienden no sólo a poner las vidas animales al mismo nivel que las humanas (eso es cuestión de cada quien; no lo pienso discutir aquí), sino que actúan como si los animales tuvieran un mismo nivel de conciencia, razonamiento y emociones. Creen que un leopardo hembra que perdone la vida de un mono bebé prueba que los animales sienten compasión; que un cerdo que ha pasado toda su vida en una granja siente deseos de correr feliz en un bosque, como si tuvieran una capacidad telepática impresionante, o como si estuviéramos hablando de Porky. En otras palabras, antropomorfizan a los animales.

Desde el campo científico, la atribución de rasgos y emociones humanas a los animales de estudio es vista tradicionalmente como falta de objetividad. Incluso después de los estudios de Jane Goodall, Dian Fossey y Biruté Galdikas con los grandes simios, que mostraron que algo de empatía con los sujetos de estudio permitía observar con más detalle rasgos importantes del comportamiento de estos animales, como la fabricación de herramientas y las jerarquías sociales, hay cierta aprehensión a dotar de humanidad a los animales. Por supuesto, esto ocurre parcialmente cuando el objeto de estudio es un depredador peligroso; por ejemplo, durante la repoblación del lobo gris en el Parque Nacional Yellowstone, a los investigadores se les prohibió expresamente que dieran nombres humanos a los especímenes de estudio, para que la población rural cercana, que siempre ha tenido una relación conflictiva con los lobos, no creyera que estaban empatizando con ellos.

Más allá de los valores o desventajas que pueda traer la antropomorfización de los animales en un estudio etológico, sí que es negativo cuando una persona del común, que no es científica o tiene poco claros conceptos científicos, decide dotar de rasgos humanos a los animales, puesto que esto nubla su juicio, y a menudo terminan confundiendo sus deseos con los deseos del animal. Es decir, cree que sabe lo que el animal “desea” más, pero en su cabeza sólo está proyectando lo que él cree que el animal debería desear. Confundir nuestras propias emociones con los comportamientos de respuesta de un animal puede ser no sólo nefasto para los animales, sino también en ocasiones para las personas.

Un ejemplo de lo peligrosa que puede ser la excesiva subjetividad es el caso de Timothy Treadwell. Este hombre era un activista ecologista y documentalista amante de los osos. Durante 13 años, estuvo filmando y fotografiando a los osos pardos en el Parque Nacional Katmai, en Alaska. Su pasión por los osos era tal que a menudo tomaba las fotos a una distancia nada prudente de los osos, y de hecho en ocasiones llegaba a tocarlos físicamente, e incluso jugaba con los oseznos. Treadwell, de hecho, llegó a asegurar que ya tenía la confianza y el respeto de los osos del parque, y tenía una relación muy cercana con ellos. Por supuesto, también se sabe que detestaba la vida moderna, y que en ocasiones dejaba claro que detestaba a los seres humanos.


Para el Servicio de Parques Nacionales, las afirmaciones de Treadwell no podían ser más delirantes. A menudo el ambientalista se metía en problemas con ellos por romper diversas reglas, entre ellas la de acosar la vida salvaje, y llegaron a crear la “regla Treadwell”, según la cual ningún visitante de un parque nacional debe permanecer acampando en un mismo sitio durante más de siete días. Los biólogos que conocían el trabajo de Treadwell también lo criticaban duramente, cuestionando su falta de precauciones de seguridad básicas, como rocío de pimienta y vallas eléctricas, y la excesiva cercanía y falta de objetividad que tenía con los osos, puesto que un animal salvaje no es un animal doméstico, y no todos los osos iban a responder con el mismo desconcierto -para los expertos, los osos no estaban acostumbrados ante la familiaridad de Treadwell, y no sabían cómo reaccionar ante ello- ante la presencia de un humano en su territorio. Tarde o temprano habría una ruptura.

Entonces ocurrió. La noche del 5 de octubre de 2003, Treadwell y su novia, Annie Huguenard fueron masacrados por un oso pardo en su campamento en Katmai. La tragedia se descubrió cuando el piloto de helicóptero que debía recogerlos al día siguiente encontró los restos desperdigados del campamento, y a un oso merodeando en las cercanías. Tras ser contactadas, las autoridades del parque descubrieron los restos parciales de Treadwell y Huguenard, y abatieron a un oso pardo macho cerca al campamento, y a un juvenil que intentó atacarlos, pero que fue devorado por otros animales del parque antes de poder recuperar su cuerpo. En la necropsia del primer oso se encontraron restos humanos. En casi un siglo de historia del Parque Nacional Katmai, el amante de los osos fue la primera víctima conocida de un ataque de oso.

Tras conocerse la noticia, muchos expertos en osos y autoridades de parques nacionales se sintieron poco o nada sorprendidos por la muerte de Treadwell. Había algo obvio para ellos: era un milagro que el ambientalista no hubiera sido asesinado años atrás, dada la poca seguridad que tomaba para consigo. El cineasta Werner Herzog realizó poco después un documental, Grizzly Man, donde presenta fragmentos de todo el material audiovisual que recolectó Treadwell durante sus años de trabajo, además de realizar entrevistas a diversas personas que lo conocieron. Aunque el material es de una belleza admirable, Herzog consideraba que Treadwell estaba perturbado, mostrando un amor excesivo ante animales que nunca le correspondieron, sino que no sabían cómo reaccionar ante quien no les temía -en un todo, hay cierta tristeza al darse cuenta uno de esto-. Herzog es además, supuestamente,  la única persona que ha escuchado el audio de seis minutos proveniente de una cámara que se recuperó del campamento de Treadwell, y donde se registra el ataque del oso. Claro, seguro algunos habrán escuchado un supuesto audio parcial en videos de Youtube, como el de Dross, pero en ellos se deja claro que Jean Palovak, compañera de trabajo de Treadwell y dueña de la cinta (y quien no la ha escuchado), asegura que dicho fragmento es un fraude, y que el audio real permanece en una bóveda.

Hay mucho para reflexionar de este tétrico episodio. Ciertamente, Treadwell no era un individuo mentalmente estable, pues se mantenía bajo la idea de que podía hacerse entender con los osos, y que estos los respetaban. Mostraba un amor muy excesivo a los osos, pero se preocupaba poco por su propio bienestar, y tristemente tampoco se preocupó por el de su novia Annie, quien no compartía el mismo afecto por los depredadores. En medio de su obstinación, decidió además prolongar su estadía en la zona, una corriente de salmón donde se alimentaban los osos, en una época del año que ya no era segura, pues en otoño los osos se atiborran de comida para soportar el largo sueño de invierno, y son más agresivos de lo usual, ya que la oferta de alimento se reduce. Además, osos de otras zonas del parque, animales que Treadwell no conocía, se estaban desplazando en esa región. En suma, fueron un montón de malas decisiones y situaciones estacionales lo que terminó haciendo a Treadwell el artífice de su propia tragedia. Al fin y al cabo, un oso es un oso: hizo justamente lo que haría un oso al ver una gran fuente de comida en tiempos difíciles.


Proporcionarles rasgos excesivamente humanos a los animales, creer que podemos comprender sus emociones y sentimientos (partiendo de creer que los tengan, claro), es peligroso porque puede afectar tanto a los animales que supuestamente intentamos proteger y salvar como a nosotros mismos. Recordemos el caso de Keiko, la orca protagonista de Liberen a Willy. Vivía en cautiverio desde los dos años, y estaba muy acostumbrada a los humanos, pero a un grupo de ambientalistas mal guiados y admiradores cursis de la película les quedó grande comprender esto. Tras visitar al animal, y observar algunas lesiones en el cuerpo y desgaste dental por morder las paredes del acuario en Reino Aventura (hecho cierto, aunque cabe señalar que Keiko vivía solo, sin compañía de otras orcas, y el acuario ya era pequeño para su talla), enviaron miles de cartas a los dueños del parque, al punto que, irritados, estos decidieron ceder, y tras una corta y supuesta rehabilitación, fue liberado en 2002 en Islandia, donde fue capturado originalmente. Desgraciadamente, Keiko no fue capaz de integrarse a otros grupos de orcas, y se acercaba a las playas con humanos, viviendo al final en una bahía noruega en semi-libertad. 17 meses después de ser liberada como “quería”, Keiko murió a los 27 años, una edad muy corta para una orca en libertad, cuya esperanza de vida es similar a la nuestra. Si sus “admiradores” realmente hubieran estado preocupados por su bienestar, y hubieran estudiado a profundidad su caso, es posible que se hubieran tomado otras medidas que le permitieran haber vivido más tiempo. Pero no fue así: ellos creían saber lo que la orca “quería”, y en su edulcorada concepción ella “quería” estar en libertad.

Es muy desafortunado que las acciones de los animalistas antropomorfizantes, que no se detienen realmente a pensar en las necesidades y cuidados de un animal, sino que actúan por pura complacencia personal, conduzcan a la muerte de otros animales, y es estúpido y peligroso cuando además se ponen en riesgo ellos mismos. Estudios nos han mostrado que algunos animales tienen las bases neurológicas para una conciencia, pero eso no es lo mismo que decir que tienen una conciencia propiamente dicha. Sí, podríamos aceptar que hay animales con rasgos de comportamiento que podríamos llamar personalidad: lo vemos por ejemplo con perros y gatos. Sin embargo, si se quiere aplicar la misma idea a los animales salvajes, entonces se podría decir que, tal como con los humanos, las diferentes personalidades entre animales de una misma especie implican que no todos van a reaccionar igual al contacto humano, y en tal caso es mejor evitar esto al máximo.

¿Qué hay de los casos de “compasión animal”? Bien, en algunos casos es parte del constante contacto en cautiverio; en la vida salvaje, puede deberse a períodos hormonales, o cosas semejantes. Si, por ejemplo, una perra acaba de perder su cachorro o su camada, y encuentra un gato pequeño que necesita amamantarse, es posible que termine acogiéndolo, porque en su estado hormonal es receptiva ante esto, y podría no discernir ante la naturaleza de la cría. Estos son casos puntuales, y como tales no pueden esperarse que sean la norma en la vida salvaje. Por cada leopardo que perdone la vida y amamante a un mono bebé, pueden haber otros diez que lo devorarán; por cada león que te abrace en cautiverio, otros veinte en la sabana podrían arrancarte la garganta. Esto no es ponerse dramático, ni decir que los animales son todos violentos o desagradecidos: es indicar que los animales son principalmente criaturas de instinto, guiadas por necesidades fisiológicas básicas y comportamientos establecidos, y si usted es un intruso en su territorio, una molestia o una fuente de alimento que no requiere de mucho esfuerzo, con toda seguridad usted correrá peligro a la primera oportunidad. No se embelese creyendo que todos los animales son como en los Backyardigans, y no les dé esa oportunidad. Si quiere hacer contacto con ellos, sea lo más cuidadoso posible; los mismos expertos en animales, que han pasado décadas junto a ellos, saben que deben tener en cuenta siempre que están tratando con animales salvajes, y siempre hay que ser precavido si alguna vez llegan a atacar.

Es necesario y adecuado que dejemos de idealizar de una forma disneylandesca a los animales. ¿Quiere ayudar a alguno a regresar a su hábitat natural? ¡Fantástico! Asegúrese primero de conocerlo bien, de conocer su historia en cautiverio y si realmente es viable y seguro regresarlo a la vida silvestre. ¿Desea acercarse a un animal en su medio? ¡Maravilloso! Pero tenga también algo de preocupación por su propio bienestar, sea cuidadoso, tenga implementos de seguridad y no se sobrepase con el contacto. Recuerde que no le sirve muerto a la causa de ayudar y defender a los animales, más allá de convertirse en otro controvertido Timothy Treadwell. La mejor forma de respetarlos es dejar de tratarlos como si fueran de nuestra propia especie, comprenderlos como son, y no imaginarlos como quisiera usted que fueran.

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Jaja! César Millán es un caso curioso. La verdad es que su forma de acercarse a los animales no me parece tan profesional, y muchos lo consideran innecesariamente cruel. Sin embargo, él es una de las personas que considera que tratar a los animales como seres humanos es también una forma de maltratarlos. Y siempre deja la advertencia en sus programas de no intentar lo que están viendo.

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