lunes, 2 de marzo de 2015

Sobre el “arboricidio” en Santa Marta

Desde inicios de año, se viene dando en Santa Marta un trabajo de lo que podría llamarse deforestación, aunque de forma mucho menor a lo que esta palabra implica. La Alcaldía de Santa Marta dio la orden de talar cientos de árboles plantados en medio de las principales avenidas de la ciudad, con motivo de la restauración de los separadores en las calles y la instalación de nuevas luminarias. Aunque el alcalde Carlos Caicedo ha prometido que la pérdida de los árboles será compensada con la plantación de otros 2300, como parte de su plan de desarrollo para la ciudad, gran parte de la población samaria y algunos investigadores científicos han manifestado su disgusto por un proceso que podría desestabilizar el clima de la ciudad, quizás incluso su ecología. Para completar, hace poco se ordenó desde la Gobernación del departamento la restauración de la vía a Minca, lo que implica talar unos 617 árboles más.


El tema ha sido muy polémico, pues de un lado se encuentran las autoridades ambientales distritales y departamentales, junto con la Alcaldía y la Gobernación, las cuales defienden el proyecto como necesario para el desarrollo de Santa Marta, y sostienen que varios de los árboles talados estaban enfermos, y otros empezaban a dañar la infraestructura de las calles. Del otro lado se encuentran ambientalistas, ecólogos y muchas personas del común que se mantienen críticas de la tala, unos por preocupación ambiental, otros por sospechar de corrupción, y otros por un cierto romanticismo tradicional, pues muchos de los árboles talados eran antiguos, y otros demasiado jóvenes como para sufrir enfermedades graves.

Trataré de exponer mi opinión acerca de las preocupaciones y argumentos de cada uno de los lados de esta controversia. El lector al final puede formar su propia conclusión.

Si hay algo en lo que la Alcaldía y el DADMA tienen la razón es que hay mucha desinformación sobre el proyecto de restauración. Especialmente de su parte, puesto que pasó cerca de mes y medio antes de que todos los samarios pudieran enterarse de las razones tras la tala de los árboles. Y ciertamente, cortarlos de anoche no ayuda nada a su postura; antes quedaron con la imagen de cobardes y corruptos que hacían algo ilegal. Es quizás un poco comprensible esta actitud, debido a la férrea oposición de la población, pero no por ello justificable que no pudieran ser capaces de socializar desde el principio lo que buscaba el proyecto.

Por otro lado, que haya personas que critiquen ferozmente el concepto de “desarrollo” a raíz de este suceso es algo que yo no comparto. ¿Se necesitaba instalar un mejor sistema de iluminación en la ciudad? Sí, y no sólo por razones de seguridad para los automovilistas, sino también para la seguridad de los transeúntes, dada la poca visibilidad en zonas de algunas avenidas (visibilidad que en algunos casos también disminuían los propios árboles, cabe aceptar), convertidas en focos de delincuencia. ¿Es necesaria la restauración de la vía hacia Minca? Claro que sí, pues se encuentra ciertamente deteriorada en gran parte, y es incluso pequeña.

En cuanto a la antigüedad y “tradición” que manejan algunos en su rechazo a la tala de árboles, no creo que sea un argumento muy sólido para oponerse. Es por eso que no uso el término de “arboricidio” para referirme a esta polémica: considero que es más emocional que racional, y se necesita ser un poco más objetivo.

Aun así, no todo es color de rosa, y también comprendo que hay otras objeciones al proceso de tala. Es cierto que con tantos árboles talados, el efecto de las brisas y vientos fuertes y los cambios de temperatura serán más acusados en la ciudad. Y la propuesta de “reforestación”, tristemente, no es una solución tan buena como aparenta, puesto que el reemplazo de los árboles en las avenidas no será equitativo. En otras palabras, si por ejemplo se quitaron 250 árboles, serán menos los que se colocarán para compensar; al parecer, los restantes serán reemplazados por los cactus y trinitarias que hemos visto en la Avenida del Libertador, los cuales encendieron aún más la indignación de los samarios (y me cuento entre ellos). Y aunque la cantidad de árboles nuevos en general será mayor, no es lo mismo tener la mayor parte de esos 2300 árboles apiñados en unas cuantas zonas (ni siquiera está del todo claro dónde), y un puñado restante compartiendo la calle con un cactus. La diferencia ecológica con el estado anterior es tremenda.

Es por eso que comprendo y apoyo hasta cierto punto las críticas de profesionales como Brigitte Baptiste y Sandra Vilardy: lo que se ha hecho hasta ahora se ha hecho mal. No es tanto por el trabajo realizado, sino por la forma en que está planteado y se está realizando.

Por último, no son pocos los que ven con cierta desconfianza el hecho de que la administración de Carlos Caicedo presente no sólo este, sino otros proyectos de desarrollo, justo cuando está terminando su mandato. El alegato de que enfrentaba oposición fuerte ya no convence a nadie, y todo ha quedado, a los ojos de muchos, como una fórmula populista para futuras elecciones. Otra cosa que hace pensar a muchos es que se destruyeran y rediseñaran completamente, por ejemplo, los separadores de la Avenida del Libertador, los cuales estaban en un buen estado de conservación en gran parte de su tramo (especialmente los sardineles) y sólo requerían un trabajo menor. Todo este proceso hace sospechar de favores políticos que están siendo pagados con la concesión del proyecto. Nada de esto sería raro en nuestra ciudad famosa por sus niveles de corrupción, por supuesto, pero de momento todo esto son sólo conjeturas.

Aquí culmina este pequeño análisis. Como comenté al principio, el lector sabrá formar sus propias conclusiones. Por mi parte, encuentro todo el proceso un tanto confuso. Soy partícipe de los planes de desarrollo, siempre que se den dentro de una perspectiva sostenible. Y siento que a este proyecto aún le falta de eso, sin mencionar la evidente falta de seguridad y confianza que poseen los gobernantes de la población samaria.

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